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El caique está reclinado sobre el varadero, cubierto por  una frazada  de  aljófares  y perlas menudas y adioses líquidos, que espurrea el océano en cada uno de sus resuellos de ballena asmática.

A principios del siglo de los días felices, una fundación  gestionada por particulares, con fines divulgativos y patrimonio subvencionado,  rehusó publicar, en su gaceta sobre sociedad y naturaleza, un  artículo rubricado por el investigador americanista, Andrés Smith. Es verdad que hay una cizalladura (deformidad) antipática entre la editorial republicana y un monárquico, aunque  aducen el tono  excesivo y agorero encontrado entre líneas, subrayan una muestra: La temperatura ambiente y sus fluctuaciones bruscas hacen eclosionar a destiempo las huevas de los anfibios, las tintoreras preñadas agonizan sin las aletas que le cortaron los marchantes furtivos,  sobre las costas yacen   sirenas escamosas y engendros con agenesia,  cuyo peso requerirá varios porteadores para su traslado. En resumen, una columna de opinión exagerada y alarmista, que empuja al capital especulativo a contraerse.

El ensayo entró y salió de papeleras, cajones, archivos; sin que nadie le prestase atención o lo destruyera,  recorrió cinco carpetas, tres baúles, algún mamotreto, hasta recalar en un lote  de antiguallas, que el magnate Orlando Gascon puso en circulación mediante una subasta para mitómanos adinerados. La adjudicataria  facilitó una copia literal al comediógrafo Eduardo Amendola, que a su vez tuvo a bien regalar un facsímil a gente del cine y en pocos días el supuesto códice era de dominio público.  

Ed  leyó  la crónica local  narrada en tono literario por los anudadores biógrafos, los trípticos archivados por los sabedores, la afectación y los tres espíritus de Nahui,   el estilo mendaz, su manera ansiosa de buscar compensaciones afectivas mediante el drama. Como pulcro argumentista y dado a recomponer las torceduras de la imaginación,  dictaminó: “Son novelerías”. Empero, parece ignorar a quien necesitó construirse una solución a medida, un batel para escapar del predio de chabolas, albercas y corrales, donde barrunta, por indicios estadísticos, que envejecerá ignorante, con la expresión patibularia del ceño apretado y la sensación de haber perdido la dirección en la torrentera del esfuerzo infructuoso.

En los astilleros,  vadea  un calendario inventado, los duermevelas, la infracción que cometió al salir del convento para barzonear al raso (vagando por ahí),  agobiado por los demonios de su jungla interior, la serenidad paralela al  azogue,   los rumbos contradictorios que el amigo hermano  Irepane y la bella sonriente Maru, suscitan en su cabeza. Con la lógica ineluctable del verbo pluscuamperfecto, ha perdido el rastro del cachorro que perseguía  para desclavarle un coendú (parecido al puerco espín). Aparca el nervio analítico y las ideas recurrentes, conmovido entonces, por la crueldad  del camalotal (a orillas del pantano), donde   la vida se alimenta de vida. Por un impulso espontáneo  hacia causas perdidas de antemano, el novicio emprendió una cruzada redentora y absurda, se propone corregir el orden primitivo, restablecer la misericordia tras el temblor de cada presa liberada  y su regocijo al volar de nuevo hacia una segunda oportunidad.

Rescata a un abejaruco en la despensa del alcaudón,  bordea un río caudaloso e  infestado de machos caimán y  enjambres de insectos luminiscentes, que remueven un aire cuajado de olores y crean la alucinación de aquello que no está presente:  marisco, rosaledas antiguas, frutas rancias.

Un trecho después, observó los fragmentos  a la deriva, parecen  salir de  las profundidades del báratro (una pesadilla, un infierno),  pues  no les encontró nombre ni semejanza con los de su especie, luego, el prefecto oidor apenas entiende la abundante gesticulación del recluta, los ítems recién inventados para el alegato ante el tribunal militar, dice su señoría, fue un abrir y cerrar de ojos !bum!, en esto que llega otro río arrastrándose por encima del cauce primero, me dejó pasmado  como un bumbulín (un renacuajo).   

Anterior a la patraña,  había percibido el aliento pútrido del último huemul andino descuartizado por la fiebre industrial; avista sarcófagos antropomórficos, cacharpas (trastos), follaje caedizo, una siringa (una zampoña, un flautín), pomos y albarelos traslúcidos por cuya sumidad  brotaban penachos de vitriolo y  estelas de serpentinas tóxicas  y un vapor mercurial que quiso coger con las manos sumergidas en la  corriente neolítica. Zascandilea (sin hacer algo de provecho). Oye a lo lejos el viento grave desde un clarín centinela, un cuerno de venado grande muge,  un toque, a la hora en que la morriña confunde a las crisálidas y la luz de berilo colorea el véspero, y lo transforma en un cuento organoléptico (sensitivo). El segundo bramido resbala por  el soto (las riberas arboladas), una pausa, último aviso, el tercer retrueno pone fin a la aventura, se acabó la misión heroica. Llaman a retreta, advierte y aligera al cuartel,  cargado de ideales, agobios y cuitas sin resolver. 

Obviamente, el infractor fue enjuiciado y deberá cumplir un confinamiento septeno en el bajareque (un cubículo),  tan estrecho que   duerme encogido.  El castigo restringe la dieta hasta la privación total, de modo que muchos días lame el rocío a su alcance, sorbe algunas campánulas que descuelgan por entre los mimbres, incluso, apresó un colibrí al vuelo y  lo desmochó de un solo mordisco desesperado.

Desde entonces, gobierna el mechinal,  cercado por varales, guijas y  pellejos que atraen a las moscardas. Piensa, o recuerda haber oído o quizá soñó antes: “El señor de las moscas”. La penalidad, en el fondo, surte un efecto distinto al correctivo, alienta  la misma galbana (esa negligencia) que pretende suplir y castigar. Al término, aparece embrutecido,  orina   a gotas liberianas, sin encogimiento ni recato, contornea  la cintura, indiferente a la expectación, riega  de hastío líquido la deuda carcelaria recién cumplida.

Irepane ha preparado un agasajo de acocotes (calabaza  con aguamiel), sugiere ponerle al día (actualizar sus conocimientos), hace un repaso superficial de las lecciones atrasadas, evita los puntos controvertidos, los más abstractos o metafísicos (difíciles de comprender), repara en los vaticinios bisbiseados por un  provicero que lee la geometría radiante de las piedras preciosas, tratan  sobre el advenimiento   virreinal, vendrán centauros, unas bestias fuertes, de dos cabezas y cuatro patas y torso humano, marineros con  pelos en la cara, que viajan en chalupas enormes y obedecen a un gurú engolado, cuyo ojo extensible le permite acercar los objetos distantes. Traerán la enfermedad de la risa, el sarampión y la viruela, el catecismo, nos traen remedios medicamentosos, saben cegar hemorragias y fortalecer a los tísicos, mentarán a don Camilo, regalan azúcar en terrones, música alegre, coplas  y artilugios vistosos, como alas de murcielago que permiten espantar la flama. En un futuro mediato, llegarán los buitres del Viejo Mundo.

Otro agorero, remata Irepane, intenta  animar  al aborrecido por las estrecheces, incomodidades y carencias del presidio, a continuación explica que el  agrimensor más avezado fija los confines en  el pliegue panorámico  hasta donde alcanza la vista, por ende, el anuncio de ultramar no será distinto a una superstición que cuentan los abuelos a la prole ávida de misterios y espectacularidad. En todo caso,  contradice   las señales  de   las  noctilucas (la fosforescencia de las luciérnagas), que, de vez en cuando, o con una frecuencia esporádica,  salen a propulsión desde el llamazar (la ciénaga), guiando a las ánimas de los  difuntos recientes, y pronostican  el amansamiento de las bestias y la convivencia pacífica entre las tribus.

Nahui tiene tendencia a la dispersión, a dar  muchas vueltas sobre lo mismo. En el desplayado, un manotazo súbito de viento ametralla con arena el rostro del charrúa, le cega un momento, pero funciona como un recordatorio. A su alrededor hay un universo de fuerzas contradictorias, reacciones en cadena, encontronazos, carambolas,  turbulencia, reventazones y constreñimiento. Es conveniente  estar en guardia, a la defensiva,  presentir o anticipar los cambios de tendencia del predador, pues los reflejos retardados, más  en la selva,   auguran una muerte prematura.

Desde mucho antes, tenía pactado consigo mismo una seña realista, hecha a intervalos discretos, para ratificar que no anda por ahí de cuerpo completo, dando estopa y brea desde su imaginación o poniendo tildes estilistas a Maru, sin estar  presente en cubierta,  sino adormilado entre nimboestratos y refracciones, resolviendo con  cuatro brochazos el bautismo de un navío ilusorio, que se esfumó dejándole una sonrisa amarga y un demonio nominativo tal que Rocinante.

No siempre cumple el ritual maniático de confirmación, impuesto para mantener sus demonios a nivel freático (subterráneo), desde que le flechó una marismeña yanomami. Había surgido por entre la claridad  del cocotal, arrogante como  una ensoñación orgánica que transita desde los códices a la fantasía. Lleva sobre   los antebrazos y contra los  pechos pletóricos una badana con acículas y grelos (vegetales envueltos por una lámina de cuero), suficiente para mullir   un tálamo (el lecho) de recién casados. Progresa envuelta por una condición esplendente,  un recato, un  brillo de malicia  inocente, con el huipil (sin mangas, escotada, bien de adornos), un anaco faldero (una tela ceñida desde la cintura hasta los muslos), una diadema que engarza pensamientos y jazmines. El esperador, Nahui,  baraja calificativos, homínida, saludable, majestuosa, Tlali Nantli (Madre Tierra), la que hace recitar poemas, mujer, tangible, hembra terrenal, cejijunta, asilvestrada, terrosa, sólida, otra vez densa, perfumada, etcétera.  

El vocabulista, bajo la sombra alargada  del bucare protector, mira pasar a Maru Duchibela, de súbito, tiene un destello estilista, omite el  protocolo  de  cortesía, la discreción, el análisis sobre las repercusiones negativas, la norma vigente acerca del acoso, el posible efecto distanciador, aun sin malas intenciones, soltó a bocajarro una sugerencia, piropo, alabanza, consejo, delito tipificado, o comoquiera que llamen al acto de dirigirse a una moza  para espetarle: “Recórtate los pelos de las axilas, diosa, serás  arrebatadora”. La hermosura cariacontecida (apenas turbada por la impertinencia del admirador) no  detiene los andares resueltos,  clava una mirada de conmiseración,  sonríe, transpira pura sicalipsis (encanto), entresaca el ápice de la lengua sin despegar los labios y  en ese instante piensa: voy a tener suerte, pero exclama:  ¡Gugol!

Analizando con más escrúpulo y a la defensiva el pretérito encordelado en su memoria, tira  del ramal de los sucesos antiguos y regresa, en sentido imaginario,   al sombreado estilista frente a las plantaciones. Acaba de poner la mano como parasol, para distinguir por la vereda a Irepani, el amigo hermano, causante, a medias, de su mala fama. Tenerlo cerca había sido una expectativa rutinaria, después evolucionó; sucesivamente fue deseo, anhelo, necesidad, inquietud febril, ansia creciente, hoy es desesperanza, otro motivo de ignominia (deshonor).

En la fase vehemente, quiere salir del mundo a punto de colapsar, le estorba, necesita meterse dentro  del otro cuerpo con Irepani, como un hombre que también es mujer y anciano y niño y animal y azalea. Sonríe y calla, está petrificado, tiene ganas de llorar y reír y correr por la pampa hacia la eternidad donde dormitan los soles lunáticos, todo a la vez, apelotonado en su cabeza.

La acuarela del paisaje se destiñe, excepto el llanero cazador que está llegando, envuelto por  un relumbre (una luz) de colores nítidos. Está vivo y anda rápido y siempre habla sobre temas importantes. El americano tiene la piel sudorosa, los ojos caoba y la tez irradiada desde una sonrisa saludable. Ha estado en una batida de caza menor.  Trae   una  pica apoyada en el hombro, con una sarta de ánades y zarapitos que todavían agonizan. Oye el chistido del amigo hermano y reacciona, muestra el tendedero con  una actitud de suficiencia, sin deshacer la expresión ufana o rozagante (complacido, satisfecho), no modera la acritud con los aprendices que le acompañan. 

Sorpresivamente, arroja una pieza al espectador. Está trucada y se deformará por la fuerza del agarre, activando un mecanismo burdo hecho con resortes y el tegumento estomacal de un carnero, mal cerrado con pespuntes tras insuflarle tequila. La trayectoria se curva hasta finalizar en un estallido de plumas como estaba previsto,  suelta los taponamientos y la presión libera un surtidor de  chorros hilarantes, que se agotan enseguida y dejan al pavipollo despeluchado dando giros sobre unas manos atónitas.

Las carcajadas y rechiflas de Irepani  atraen a los curiosos, al aperador (el encargado), a tejedoras de mimbre, cesteras y pedreros, a las muchachas  que cogen naranjas en las huertas. Nadie sabe qué ha ocurrido pero la risa se contagia  de unos a otros, miran al muchacho pringoso, goteando lamparones de melaza y licor; aprovecharon la algarabía para tomarse un receso, llenaron el ambiente de ruido, interjecciones, onomatopeyas, voces sin malicia, empero,  desde otra perspectiva, por debajo del limo circunstancial de trivialidades, el brazo hercúleo del destino había empezado a martillear fuerte, sobre el yunque donde forja destierros y soledad.

El clan  inculca a sus jóvenes una norma básica para la convivencia, que obliga a resolver las fricciones y conflictos entre vecinos mediante una solución pactada y amistosa. Quebrantar este mandato  acarrea una respuesta punitiva ejemplarizante, pero exonera los supuestos agresivos con causa en  la defensa legítima, el miedo invencible,  o la rudeza al negociar de igual a igual, como calificaron la pelea posterior entre Nahui e Irepane.

Ambos permanecen juntos, mientras la algarada se dispersa y el tropel de lugareños vuelve a la rutina. Poco después todos volverán, atraídos por el vocinglero y los crujidos de las ramas partiéndose,   bajo el forcejeo  y la densidad orgánica de dos arahuacos grandes que pelean entre sí, a la  hora en que el aire huele a hogueras y tierra mojada en los bancales.

Entre los testigos oculares, unos describen la expresión enloquecida de Irepani, parece a punto de ahogarse con los espumarajos de su propia rabia, intenta inflingir un daño severo al contrincante. Otros deducen que Nahui anda con gusarapos en las tripas y algunos consideraron culpable a Cthulhu, un duende de mala sangre que promueve discordias y animosidad.

Durante la reyerta, se repartieron puñetazos como panes, un golpe en la quijada derribó a Nahui, mientras cae hacia atrás el tiempo continuo se desglosa en una ristra de instantes únicos, donde nace y muere y enmedio vive, en parte, su herimiento, el ramo, la pleitesía, los ornatos repetidos en la estela de lirios y borrajas del relleno y la orquídea difícil, cuya floración tarda una centuria en completarse.  

Solo cuando siente el trompazo contra el suelo, olvida las declaraciones túmidas de lealtad y amor. Encaja el noqueo, se pone en pie, endurecido, arroja las flores esperpénticas y  con el dorso de la mano seca la sangre que resbala en hilachas  desde su nariz. Está dispuesto a utilizar la fuerza extrema. Irepane había aprovechado el lapso para agarrar un arma ofensiva, experimental, una macana tan larga como un brazo, rematada en un bulbo del tamaño de una guanábana (una chirimoya).  Tiene un borde filoso y otro  guarnecido mediante   púas y colmillos, por ende, permite la contundencia, hacer estallar el cráneo, desbaratar las costillas, hendir, punzar, desollar, entristecer. Nahui, instintivamente adopta una postura defensiva, aprieta los puños, flexiona los brazos, el izquierdo protege órganos vitales, corazón, cuello; la diestra recibe los primeros tajos, que le recuerdan   el provecho de espabilarse o terminará despanzurrado como los conejos.

Antaño, en la escuela internado Calmecac, fueron adiestrados para el combate libre, de proximidad, cuerpo a cuerpo, uno contra uno, uno frente a un enemigo armipotente, aprendieron a repeler emboscadas,  asaltar un fortín, tender celadas, construir camuflajes, refugios,  depredar, medir el alcance letal de cada arma. Las peleas a muerte son chulerías de machos, piensan al unísono, justo cuando un machetazo deja varias puyas clavadas en el antebrazo del salvadoreño, que retrocede ante los rasponazos de la macana. Entretanto, la noticia salta de boca en boca, atraviesa el poblado, impele a los aldeaniegos a dejar las cabañas, emergen de  los patios, postergan el adoratorio, los quehaceres, las charlas, contienen al ganado en sus apriscos,  traban a medias el cinturón de los taparrabos guangos (holgados), olvidan el amuleto contra la suerte ceniza, el potaje sobre la lumbre, los remilgos, el olor a hembra ajena, el tatuaje a medio pintarrajear en la espalda;  no andan, corren imantados por la coalescencia de la alarma social. Forman una riada de  azagayas vibrantes y garrotes pacificadores que al fin confluye en torno a los rivales,  con tal suerte que  un brazo providencial  detiene el garrote  en el aire, a punto de estrellarse contra la cabeza gacha del luchador inerme.

A medianoche seguían aglutinándose corrillos, la gente va y viene, polemistas, incrédulas, pregoneros; curiosean, enjuician, transmiten su parecer, repiten a otros la misma pregunta retórica que farfullaba Irepani:  “¿Declararse como si yo fuera un floripondio?”.

Desde esa fecha, el motivo de la riña sirvió para descuerar al hijo de la nodriza Eréndira y  el tal Ñamandú, un gigante membrudo que participa en las cumbres confederadas protegiendo a los pretores. Evitó conocer los detalles humillantes del caso, pues no acepta ni  entiende  que un hombre macho de la saga haya pretendido  liarse (cohabitar)  con otro varón, más le apena que no muriese apaleado. 

El forzudo sirve al monarca landgrave y al estamento superior en sus compromisos fuera del territorio, encabeza el dispositivo de protección, a dos palmos del líder, descorazona a terroristas y sicarios,  frustra magnicidios.  Durante el último atentado, había escuchado un siseo, un silbido, un rehilar, puso su mole delante del mandatario, por instinto, sin pensar que  el avispero de jáculos y flechas terminará  clavado  en su carne. A pesar de la gravedad, sobrevivió a esas y otras heridas, recibió elogios, condecoraciones, ascensos y prebendas, por su lealtad abnegada.

Merced a sus influencias, por su intercesión, obtuvo un trato permisivo (privanza) hacia Nahui, aunque jamás transcendió a la opinión pública. La gendarmería secreta archivó el expediente que justificaba la conveniencia de liquidar con discreción al conflictivo. Más allá de la pena capital, la recomendación prohibe a los ediles merinos reprenderlo con exceso, penar su absentismo, las ausencias de cualquier duración,  las rabietas impropias,  la hostilidad que manifiesta por no caer bien a casi nadie. Mas por indicación expresa del custodio, tampoco hay que darle alas, el valimiento pasará inadvertido, necesita trabajar, sobre todo, hacerse un hombre decente, sin florituras de escribidor, y que cumpla sus obligaciones comunitarias.

La primera vez que acompañó a la cuadrilla cosechera, había visto la aurora relumbrar y extender  la claridad paulatina  sobre  la ensenada del mar,  contó algas laminarias y cirrostratos, vio excursiones pávidas (tímidas) de jaibas (cangrejos americanos), aglomeraciones de zamburiñas (similares a vieiras) arrojadas por las corrientes. Llegaron al sembradío cubierto por una argamasa de celulosa, hecha jirones, grumos o mazacotes, y revuelta con excipiente y esponjas  que rezuman color   por la disolución de los tintes. Los exegetas afirman que  detrás hay  una inteligencia dominante.

Los mensajes, en su devenir,  acarrean mítulos (moluscos) y sargazos, circunnavegan empujados por la atmósfera, vienen, en sumersión o cabalgando sobre las trombas y el oleaje, saltan el malecón, encallan por los fondeaderos, en las marismas, por el puerto, como enigmas sucesivos, una cosecha que el infamado Nahui agavilla,  después levanta el brazo sobre el peonaje, agita  el testigo,  cual bandera apoteósica, para atraer  la atención del capataz en la cadena de producción.

Con frecuencia, el vendimiador cumple el horario, trabaja duro por el bien común, llena con un esfuerzo extra los huecos ocasionales en la plantilla, obedece las  órdenes, acata la división jerárquica, incluso, se muestra respetuoso y cordial. A esos intervalos de buena correspondencia  les suceden los momentos en que no está presente, solo ven los párpados abstraídos, la expresión antipática, los ademanes de autómata.

En ocasiones tiene un pronto explosivo, pierde el mutismo y discute con acritud, ofendido por algún comentario inocente sobre su dicción peculiar o su pelo de hulla. Con aspavientos, deja al interlocutor con las disculpas a medio pronunciar, abandona el coto y se apresura hacia los manglares, llevándose a cuestas el lastre del rencor y las ideas fijas, cada vez más aislado en sus tribulaciones, mastica hojas de acónito, recoge un haz de petunias y coriandros, nota  la presión sanguínea en las sienes, los latidos siguen el compás irregular de un corazón indómito. Por somatización (un desajuste mental transmuta a orgánico), el escenario se decolora en un gradiente grisáceo, un blanquizal cebreado donde no encuentra la manera de encauzar su ira,  la ideación incongruente y tumultuosa. El engarce adyacente reduce la entropía (incertidumbre) a una ocurrencia y musita como si estuviera inventando las palabras en el momento de pronunciarlas: “La Monarca Concordia reinará”. A esas alturas de su evolución, no sabe cuál  será ni quién o qué reinará a quienes o dónde ni durante cuánto o hasta cuándo habrá discordia entre las tribus.

Respira aprisa, con la espalda apoyada contra el tronco del añoso pehuén, evita ser devorado por abstracciones que no entiende. Está perdido  en su ciénaga interior. Antes de los ocho años tuvo que descuartizar un antílope, lo hizo. Al cumplir once, el hito consistió en acuchillar a un esclavo, hecho. Aunque a los catorce había rehusado la última prueba de fiereza  y evitó punzar con un estilete el corazón de un prisionero enemigo. Su virilidad quedó en duda. Pero respeta esa manera de ver la cosas, vocea sus pensamientos,  soy Nahui, un hombre macho, grita, soy Yupani, una mujer hembra, Eréndira dentro de Ñamandú, prisionero en un cuerpo, apresado por las circunstancias, una tripleta de espíritus reacios a dejarse someter, reprimir o controlar.

Ezcocano Tzul, en la época aditiva, fabricó un  sistema con el que  implementar la técnica abstracta y el armazón conceptual ideados por Jimagua. La información estatal, inventarios, censos, crónicas, esquemas dinásticos, tuvieron repercusión escrita. Un tríptico de los primeros que entrego el amanuense, aparece lustros después replicado por xerografía en la revista divulgativa de ciencias y humanidades, Muy-Tucumán. A propósito de los ritos iniciáticos, da noticia de un hijo tardo en madurar, a quien trataron con refriegas de esparto y decocciones de mechoacán (purgante). Contrasta el caracter servicial y participativo del anterior  hombre varón con el temperamento irritante y los cambios de humor que padece en avalancha durante  la adultez.

Objetivamente, evita las interacciones sociales, elude compromisos y vínculos  afectivos, discute con frecuencia, por cualquier nimiedad, luego, es áspero al trato normal, díscolo a los requerimientos y encomiendas, olvidadizo, de amigable y dicharachero (el que prodiga ocurrencias agudas, jocosas o pertinentes) pasa a ser definido como un menestral serio (antes funcionario imperial, hoy proletario), envuelto por un aura taciturna, tras la mueca por sonrisa, los ademanes somnolientos y la mirada que parece venir desde otro lugar, como  un mero espectador que contempla su propio devenir  a distancia.

La suerte está echada, había pensado al enlazar el dictamen del escriba altilocuente y el rechazo violento de Irepane. En conclusión, nunca progresará en un poblacho que se alimenta con la expectativa en un futuro incierto, que apuesta sobre seguro y a ciegas por ganancia máxima y mejor rédito, despídete uno a uno de todos los deseos y pretensiones puestos a remojo en el charco de lo cotidiano, adiós a experimentar, crecer,    adquirir, amar, ser amado, ver mundo, esa vastedad, aprender los rudimentos del ábaco, desentrañar los acertijos trabados en las cuentas líricas del lino y el tucumá (fibra textil). 

Otro desencantamiento en curso. La mudanza interior es abrupta, drástica, repentina;  suscitó más curiosidad y críticas vecinales, incluso, dio pábulo a la mención satírica. La hija del  canoero, Xoniquetzal, la que está al caer, tuvo la ocurrencia de ponerle un mote y en pocos días muchos le nombran el Eclipsado  Rosicler, por sus ensimismamientos y su inclinación a contemplar los amaneceres y las puestas de sol y las ilusiones ópticas verificadas en la cáscara celeste.

Sus deudos cercanos, apenas  entienden la poca gana de hacer del adolescente que lentifica, elude o aplaza las tareas  habituales, el deber cívico, la ayuda  requerida  y los emplazamientos impuestos por la comunidad. Oyeron que malgasta los recursos del erario, persigue  escolopendras y abejarucos,  confecciona  álbumes pintarrajeados o pasa las horas espumando el oleaje desde los acantilados. Un novilunio (el satélite intermedia entre el Sol y la Tierra) llegaron a temer que el pupilo estuviese  aojado o maldito, al encontrarle en el adelfal (sobre ojaranzos o balandres,  entre arbustos venenosos y flores estivales),  con el porte simiesco y la expresión pálida de resucitado, les mira sin verlos,  a intervalos se agazapa, acumula empuje y en un estado de simplicidad  propiciado por la narcosis, el sonambulismo o la mescalina, salta con una trayectoria vertical hacia ninguna parte 4. 

Guari Huancayo y otras  vecinas, pero especialmente Guari Huancayo,  murmuran  de manera frecuente,  con la buena planta que tenía y nos sale  haragán, critican, dicen fíjate, algunas madrugadas    lleva tanto retraso con la alfalfa que  los bueyes pierden la mansedumbre  y embisten a los  vaqueros  más engreídos o menos cautos. En ese ambiente reaccionario (conservador), la ancianidad confunde los desplantes con la rémora negligente. Otra parte del  pueblo lo considera  un holgazán y el censo juvenil, por mayoría, relaciona las salidas estrambóticas con la ingesta de ciertas plantas modificadoras de la conciencia. 

El comportamiento de Nahui, visto por  la población civil, se justifica en toda clase de estímulos arbitrarios, el calor, la  disposición astral o el florecimiento del almez. Cualquier minucia, un resplandor, un monte nuboso, una cantuta anómala que nace del centro de otra sobreflor, un tono, una tonalidad, el mundo encerrado en una gota cristalina, todo, por resumen, concede dispensa, o sirve como justa causa, o fundamenta la licencia de abandonar cualquier tarea a medio hacer, ajeno al sentido práctico y al ordeño en las ubres henchidas, que  al moverse el animal,  delatan el abandono soltando chorros enmarañados de leche humeante.

Entre otras faltas,  ha estado dilapidando las provisiones de nécoras, bígaros y percebes, por el camino solitario de regreso al pueblo, pues aprovecha para afinar su vocación de floricultor, siempre propenso a los ramilletes vistosos, o  se embelesa con su rostro reflejado en el estanque y al final no logra recordar  dónde  arrumbó el marisco.

La alarma social removida por el asunto, llegó a turbar las sobremesas y las pláticas de la jefatura, Toro Mandante, el del puño cerrado sobre la mano abierta, convocó la asamblea disciplinaria de los tres sabedores añejos y el fiscal poderhabiente (en nombre de la justicia pública) y los siete vocales insaculados (por sorteo). Debaten la etiología médica y los remedios menos costosos para corregir el humor  y enderezar la conducta  de quien mal o bien llaman el Eclipsado Rosicler, dicho esto sin pretensión de vilipendiar.

Las versiones sobre la patología del seminola se sucederán como   las cuentas en un rosario interminable. Primero, prevalece la creencia de la posesión, ergo, interviene el chamán terapeuta, investido de prestigio y facultades para ahuyentar a cualquier criatura perversa que se haya metido en camisa de once varas. Elabora un bebistrajo providencial, cuyos ingredientes son conocidos  por tres depositarios  únicos que no deben coincidir en la misma localización geográfica.

A medianoche, el arreglo herbal  muestra sus efectos secundarios, trasladan de urgencia al dispensario a un paciente con náuseas y retortijones, para atajar el inconveniente y darle un enfoque distinto. Aplican una refriega  con estropajo y bayas, de tal dureza que extienden un rastro de eritemas y peladuras sobre la anatomía del interno.

La clase doctoral, refractaria al derrotismo, prueba otro método, un ritual clásico, alternativo a las  terapias lentas pero seguras traídas por la modernidad. Los practicantes danzan,  alrededor de una fogata, entre cantos ceremoniáticos, prenden ramas   y las  agitan ante el hastío del poseso. Empero, el tamarindo y las plegarias tampoco sirven para tratar los nervios del azteca, medio ahogado por los malos humos.

En esos días complicados por la decepción, un comité de mujeres ancianas solicita un remedio todavía más severo, conocido de antiguo como la panacea a todas las   perturbaciones y ramalazos del hombre macho recién emancipado. Por consecuencia directa, lo retienen en una mazmorra, hecha con cañas entreveradas, y poco lucimiento y tantas rendijas que parece idéntico a la intemperie.

El reo apenas repara en el inconveniente de la privacidad, ni considera vejatorio verse sin calzones o atavíos, pues está intrigado ante la presencia de dos mujeres hembra, pubescentes, cuya desnudez desprende un hálito que se pega al pellejo de los varones en celo y les  hace perder el sosiego. Conforme al criterio académico,  tienen senos afrutados, labios bermellones y una menstruación almibarada similar a la melaza que  gotea desde los frutos abiertos del carao.

A diario, Nahui cohabita en un tormento de tibieza, flanqueado por  aquellas gemelas desabridas. Reclaman atenciones, sobre un lecho acolchado con broza y hojas grandes de miraguano,  se abrazan a cada lado del hombre e impiden que pueda incorporarse, mediante una llave maestra de piernas enroscadas y tozudez femenina, mientras restriegan, sin intención, la salmuera de sus humores íntimos por los muslos  lampiños y las nalgas del paciente, cuya naturaleza saludable termina reaccionando a las caricias. El animal aturdido de una virilidad equívoca despierta, pero por enojo decide  pertrecharla  tras un cinturón de  castidad  improvisado con cambures criollos (o plantas musáceas). 

La fecha finalizadora del encierro iluminó al enfermo recluso con la mirada fija en la techumbre, el ceño severo y las manos entrelazadas sobre el abdomen. A su lado hay dos crisálidas amables aún sin desflorar, abrazadas en su aurora de rocíos acendrados, con una expresión cándida, sonríen, se cuchichean confidencias al oído, juntan   las mejillas  y  al moverse calculan el efecto afrodisiaco del roce aparente entre sus labios y ríen, diseminando  un reclamo para el cortejo y el galanteo primitivo.

El célibe es un caso clínico incurable. Los supuestos de agonía, decrepitud o insania persistente se despenan mediante los usos arcaicos  y la prueba del ostracismo. Por ende,  permiten a la naturaleza corregir sus desatinos y regenerarse,  lo llevan hasta un claro limítrofe del humedal, tumbado sobre un chinchorro o una hamaca funeraria,  con una ración exigua de pudú y poca agua. Nadie sabrá que los frotamientos suplicantes de las ninfas han impregnado al primate con un hálito  imperceptible para la sensibilidad común, pero capaz de ahuyentar al yaguaraté (el depredador por antonomasia), a los carroñeros, incluso al clan Shuar y su molesta costumbre de reducir la cabeza  del enemigo y conservarla  a modo de trofeo.

El apestado  sobrevive por causas hormonales, asediado por los tábanos  y bregando contra las sanguijuelas que se sueldan a su espalda mientras dormita. Cada mañana, explora  la espesura. Va dejando muescas  en las cortezas de los guayos y las jojobas, migajas de trementina, para poder ir y venir, como le dijo Atahualpa que hacen los protagonistas en los cuentos infantiles.

La arboleda es tan densa que  encierra el ambiente en una burbuja y a primera hora el ambiente retenido es gélido y entra a los pulmones  como un hato de mordiscos. El bosque selvático  urde trampas, extiende un musgo resbaladizo que  dificulta el equilibrio y la bipedación, asperja una película dormitiva,  aturde con un polen narcótico, domina  la inflorescencia, el reino vegetal, la iluminación, ergo, parece otro animal, enorme y hambriento.

El expedicionario recuerda la rumorología asociada a ese lugar, los relatos de miedo que le contaron sus mayores,  quienes antes oyeron a los suyos  hablar sobre las ánimas perdidas en un bucle del camino a ultratumba. No pertenecen a este mundo ni al otro, están condenadas a repetir la última tesitura por la que infringieron el mandamiento de los dioses, una y otra vez, aprovechan los interludios para capturar terrícolas solitarios y ponerlos en su lugar. Los espejismos son reconocibles por su  voz cavernosa, horripilante y su olor a humedad cerrada.

A esa hora, el boscaje rezuma vida silvestre y el calor está volviéndose pesado, con tal suerte, el escenario es cualquier cosa menos tenebroso. El caminante considera pertinente aplazar las historias de fantasmas, salvo mejor parecer de los implicados. Acaba de tropezar con un calavernario confuso, son esqueletos humanos encajados en  fósiles  animales, que, a su vez, parecen unidos a las fauces de otros predadores mastodónticos, una pirámide alimentaria recursiva provocada por   erupciones  súbitas  de calor. 

No antes ni después, la verticalidad perfecta en  el cénit solar indica  que empezó a transcurrir el mediodía verdadero, justo entonces, el augurio marcado por las calaveras está a punto de cumplirse. El homínido afronta una fluctuación intemperante del clima, cuya ventolera le sumerge  bajo un estanque de vidrios molidos, sin aliento intenta aspirar otra bocanada fluida, resbala en su propio sudor. El enemigo le zarandea, le cruje con calambres, golpea su cabeza, promueve una sed insoportable.  La marioneta avanza hacia no sabe dónde, se tambalea, a duras penas encuentra la cantimplora en el morral, libera el burujo que tampona el calabacín y bebe a la desesperada. La onda ardiente va dejando tras de sí un secarral pajizo, aunque casi al instante la naturaleza renace, vuelve a herbecer y verdear, ante la  mirada  de las musarañas pávidas y el alboroto de los micos encaramados en los árboles.

En la bullanga posterior, el buzo recupera el orden acompasado en el movimiento de sus  pulmones y prosigue la exploración o la fuga, más desenvuelto y optimista, cuando reconoce su sentido previsor al cargar con una ración de agua. Soy un suertudo, piensa, mientras cumple condena en la cárcel abierta del mundo, aún pendiente de revisión.

Antes de llegar hasta los nopales (parecidos a las chumberas) que ve a los lejos, nota el mutismo repentino de las cotorras, silencio, unas ramas crujen al partirse, nada se mueve en la fronda, hay duendes, cuadrúpedos, un peligro no específico se acerca, un engendro agazapado sale del anonimato, ataca por la espalda con un trancazo rotundo que fulmina a la presa, Nahui cae engullido por la inconsciencia.

Despierta a continuación en otro lugar, no puede incorporarse. A ver qué pasa aquí, una tribu con mala reputación y peores intenciones le tiene atado con sogas a una altar de sacrificios. Los oferentes  danzan, bajo tinturas y chaquiras (abalorios), siguen el son frenético del retumbo de los timbales. El reo infinito ha entendido, por su adiestramiento en Calmecac,  que si permanece quieto, la vivisección será menos dolorosa.

El prelado oficiante, ebrio de cariaco y misticismo, alza la daga litúrgica y la mantiene en vilo, a punto  de consumar la ofrenda. A nivel químico, a causa de la fisiología, tal vez por complejos freudianos, traumas soterrados, un éxtasis aclarativo, quizá un remordimiento, una enajenación, una malhadada (una suerte mezquina), por una reacción nerviosa se detiene, baja el bisturí, mira a las alturas con una expresividad paranoica y termina clavando el metal serpentino en su propio pecho. El desenlace y sus repercusiones induce a la muchedumbre a  disgregarse, corren hacia todas partes en una estampida violenta, evacuan a las personalidades de la tribuna presidencial. Entre la confusión, nadie repara en la carnaza. Ha logrado zafarse de las ataduras, golpea a un cancerbero y escapa como una exhalación hacia el fondo marítimo.

 

Solo cuando acaba  la recolección del caucho y la siembra en los conucos (huertas de yuca), por el agotamiento del destierro, una comisión judicial y sus guachimanes (esbirros) llegan hasta los suburbios, para comprobar los efectos de la sentencia ejecutada por el caudal de la noosfera (seres inteligentes y su bioma distintivo).  Nahui está donde lo dejaron, contando musarañas, luego el sentido es absolutorio e  implica reingresar al ajusticiado hasta el centro de la polémica.     

Por razones que el público no entendió con claridad, los centuviros publicaron un bando con su indulto y la obligación comunitaria de aceptarlo en convivencia. Aparte, si los cazadores salen a traer manduca,  Nahui está obligado a  permanecer con las mujeres, trenzar tallos de rafias, entretener a los parvularios y desplumar faisanes para el sancocho del almuerzo. 

Como novedad reseñable, estaba en marcha una ampliación del vademécum sufragado por el erario, con una terapéutica  que permite, según los prospectos, conjurar a los espíritus   pusilánimes (intolerantes a las desgracias) o malignos, asentados en los enfermos y los marginados.

El maestro de encantamientos, Mazatlán, apodado el Pedro, había traído desde los valles de Nono y Panolis  cierta terapia mal parecida a una liturgia, trajo un antidotario que contiene intrincadas formulaciones, más los ingredientes exóticos o la descripción de aquellos otros accesibles en la comarca, otrosí, cargó con  la parafernalia adicional para la puesta a punto de la curación.

El paciente primo, entró rezongando al sanatorio. Era una cabaña con pretensiones modernistas, techada a conciencia, observando una simetría exacta en las terminaciones de los juncos entrelazados, purificaron la argamasa para evitarle  burbujas o grumos, además los ramajes carecen de flecos sueltos o acrescencias inoportunas.

El ámbito huele a capicatí y otras plantas aromáticas, usadas por la farmacopea de la época. Hay una hamaca caribeña, de henequén, como una piragua, que está colgada   a  los travesaños por dos sogas recias y  tiene la misma funcionalidad que un divan, junto a unos  taburetes macizos, obtenidos al pedacear un tronco, también hay una mesa o un altar o un laboratorio, lleno de cachivaches e instrumental raro y lozas de yerbero, más dos incensarios.

La sesión o el exorcismo, o la profilaxis, con arreglo a un observador objetivo, duró poco, aunque desde la percepción del paciente, fue sempiterno. En el lapso, aguantó con una falsa indiferencia la sensación  de  estar a punto de caerse mientras lo enredaba la letanía del oficiante curador, los cánticos profanos bajo los sones del atabal y el tímpano místico.

Casi se alegra al tener que incorporarse para tomar  un bebedizo de peyote y ayahuasca, en sinergia con otros ingredientes alopáticos indicados por las artes médicas divergentes. Otra vez tumbado, saboreó el amargor, la somnolencia creciente, tuvo náuseas, vomitó,   el sopor se hizo irresistible, durmió.

El tiempo es relativo, pero siempre dura una docena de intervalos desiguales, considerando la clepsidra empotrada en el templo mayor, cuyo diseño completo, mano de obra y materiales aparte, fue  obsequiado a un rey peregrino  por  el sultán astrónomo, Abu el Hassan. Por dentro es un tinglado de poleas y sogas y émbolos y ruedas dentadas, desde la fachada son  doce ventanas con dinteles abovedados (como herraduras hacia abajo), de las que emerge un artilugio que derrama agua sobre un   cuenco grande, al llenarse libera una boya y esta deja caer un contrapeso macizo, como resultado una baqueta tañe y un badajo golpea los bronces resonantes de la enorme campana tubular con las señales horarias.

Según esta medida de referencia, despertó casi media vasija después. El meigo curador le ofrece un trago de calaguasca (menos fuerte que la absenta). Apenas entonces, a propósito del único efecto secundario  constatable, reprochó: “Tengo plomo líquido en la cabeza”.

Sin males mayores, el acaecimiento de los sucesos retomó su ritmo ordinario,  respiran la lógica rancia de unas costumbres depositadas en los portadores de recuerdos. El druida consejero aspira un polen atávico  y libera sus influencias para obtener consejo de los difuntos, sobre las vicisitudes astronómicas o los ciclos agrícolas, así, no necesitan desmantelar el poblado para perseguir las estaciones fértiles; aprendieron a plantar semillas y recolectar, domestican a las bestias en corrales, saben mantenerlas  vivas y aprovechar sus frutos biológicos. La convivencia sigue ordenada en torno a la lumbre, que previene  calamidades  e indica a los emisarios  dónde  enviar su mensajería abstrusa. Frente al santuario, la pira permanece custodiada bajo una maraña de cerbatanas invisibles y por guardias obsesionados en probar sus    garrochas en  el ladrón  y  desfigurarle el rostro a garrotazos; previenen plagios, evitan latrocinios y durante los recesos de la siesta tropical,   practican el  lanzamiento de las boleadoras contra los   antílopes extraviados que merodean por el patio enorme, diseñado para contener las avalanchas de los peregrinos.

El ilustre comendador Tonino Burraco, a tenor de las actas registradas en la Audiencia de los Confines, desmenuza un episodio de índole militar, a propósito de las encomiendas, los nativos, los proyectos bélicos y el tributo adecuado que conviene desembolsar al gobernador coloquial.

Una parte trata sobre un avistamiento de vándalos y salteadores movidos por las mareas hacia el límite fronterizo custodiado por la guardia costera. El vigía divisó el destacamento de nadadores y soldados buzo, hace mugir un hueso craneal desecado, una nota  profunda, alarmante, mantenida a pulmón, hasta espabilar al contingente en reserva, que advierte la urgencia y la gravedad de la situación, pues nadie, ni siquiera los mashcopiro o los sapanahuas, logran confundir a los sagaces atalayeros.

Toro Mandante y sus oficiales, en pie, trazan las líneas maestras de la  defensa, organiza una falange de respuesta anfibia, pero a mitad del conclave desechan  la estrategia, para considerar un informe recién entregado por los oteadores. Han escudriñado una soldadesca caótica, solo vimos brazos y piernas y cabezas en marañas, vimos los cuerpos desmembrados  saliendo de las aguas, señoría comandante, los engendros se arrastran por el desplayado, removiendo cangrejos y ceibas y esponjas, y por extraño que parezca, finalizan el asalto  amontonandose  unos sobre otros. Están varados,  al arbitrio del oleaje, mecidos por la estulticia.

Centurias más tarde, un narrador urbano, parado sobre la  acera  en un barrio comercial, frente al escaparate de una sastrería, atinó a encontrar una relación entre los promontorios flotantes y una turba  de  maniquíes, extemporáneos para esa época del bronce.

Hasta entonces, nadie sabe a ciencia cierta qué clase de monstruosidad o amorfia o disparate está arribando sin los permisos diplomáticos bien visados y puestos en orden. El comandante vaivoda estira del hilo juicioso y devana  un segundo plan  táctico. Avallada un frente de contención, en primera línea, a ras del suelo, aquí y aquí  una línea de cerbatanas aprestadas con dardos venenosos,  detrás  una batería trémula que reuna a los honderos más hábiles y a retaguardia dispone una formación cuyos guerreros mantienen la mirada tensa y fija en la distancia, blanden un tomahawk o sujetan un chuzo, con la mano crispada y atentos a la voz cortante del caudillo,   ansiosos por repeler la acometida de unos bárbaros que  parecen dormidos o muertos o poseídos y  tienen la expresión alelada y promueven la anarquía, con los cuerpos agarrotados  y  las extremidades rígidas. Unos parecen o son mujeres hembra y otros tienen o parecen tener los cabellos largos y brillantes como hebras preciosas  que  fulgen o refulgen  bajo la luz iridiscente del alba. 

La incursión entra en punto muerto. Ante la pasividad hostil del contrincante, una patrulla  ejecuta un reconocimiento de proximidad. El oficial, desde la distancia, certifica a gritos que  son diferentes a las momias y los cadáveres, no parecen ni lo uno ni lo otro,  pero sí  tienen un aire hierático de estatuas o espantapájaros. Fríos al tacto y resbaladizos, poseen una dureza impropia en las gentes de la ciénaga. Sugiere que   posiblemente fueron convocados   mediante  oficios tenebrosos, y elucida, al fin, que el asunto  rebasa   la jurisdicción castrense y procede, por consecuencia, someterla a la consideración del hechicero druida o el mago regente.

Aquella clase de sucesos, entre surrealistas, novelescos y ordinarios, iban aplazando la conclusión del proyecto secreto y alteraban la monotonía productiva de Nahui, convertido en carnaza para la gula efectista del rumor, que versiona, superpone y contradice múltiples creencias  sucesivas,  se complementan o añaden un matiz inusitado o una mentira palmaria, hasta que el siguiente bulo desmiente toda dolencia, deformidad o atildamiento  en el gurí, o lo transforma en un depravado, un llanero  contemplativo o  un heraldo maligno, con cabeza humana y pezuñas de animal peludo.

Toro Mandante,  suele convocar reuniones o asambleas a  todas horas,  solicita dureza con los  hijos  díscolos, intratables  o desagradecidos, son un ejemplo pernicioso para la comunidad, asevera en tono apodíctico (no admite contradicción). El nagual   curador,  ensaya recetas y elixires nausebundos  que espantarán la sarna de la afectación, tisanas depurativas contra el hipo redundante y la  cacofonía, emplastos para corregir la imprecisión y encauzar la líbido torcida hacia las aimaras en edad de merecer.

Entretanto, quien aloja como mínimo a tres espíritus, es incapaz de resignarse, cede a la evasión, elude compromisos y normalidad y tutorías, ve   las estaciones transcurrir, aislado, ocioso, contempla  el océano destrizarse contra los acantilados. Esporádicamente, encuentra y recoge baratijas, objetos originales, fruslerías,  miniaturas hechas con bambú, casas de hojalata, pequeñas sombrillas fabricadas en papel montado sobre una armadura de mondadientes, que adornaron los cócteles  con el reborde de colores  azucarados,  durante una fiesta ibicenca auspiciada por París Milton.

El estilismo  funciona  como un aliviadero ocasional a sus tribulaciones, se entretiene  meditando, sin excesivo rigor, sobre la manera con que hermosear la desnudez rendida de Maru Duchibela. Por ejemplo, teñir y depilar sus cejas, peinados espectaculares, una manicura de fantasía con minúsculos zafiros adheridos  a las uñas, tatuajes delebles, bezotes (adornos en el labio inferior), arandelas en la nariz, maquillajes invisibles,  etcétera. 

En el fondo, intenta eludir el estigma del sufrimiento al que cree estar predestinado, se plantea con dureza si alguna vez las diosas hiladoras pueden errar y permitir a los espíritus confundirse en un solo cuerpo terrenal. Inquiere, desde la intuición, acerca del hacedor supremo, de quien no encuentra noticia cierta ni concordia determinante, o al menos un indicio que permita ubicar el paradero del obrador de todo aquello evidente y natural, los artificios, lo invisible, la cohesión inteligente. Debe ser fuerte, más fuerte que todas las tribus confabuladas, más que los batanes y las montañas estruendosas. Empero, buscar un dios único no parece tarea fácil, ni siquiera conoce qué aspecto tendrá. 

En el corolario a sus disquisiciones, decide completar pronto el cayuco, fugarse lejos, encontrar las Europas,  los reinos asiáticos del refinamiento, las regiones  del progreso mentadas por Marco Polo, hallar la Hispania citerior y Hieracómpolis; desde allí, entrevistarse con el dios verdadero será un asunto trivial.

A pesar del acicate impaciente, los retrasos se suceden enlazados, haciendo del embarque una posibilidad remota. Por la época de celo  del avetoro y su insistente reclamo acústicoNahui atraviesa las playas, mientras proyecta travesías exitosas y declaraciones casamenteras irresistibles, de súbito, encuentra bajo la lumbre sangrienta del semilunio, la faz de una anomalía disruptiva (produce una ruptura brusca). Aguza los sentidos como intentando despertar otra vez sobre las arenas, escudriña el moridero de cristales flácidos  como medusas engurruñidas y traslucientes. 

Apenas entonces, regresa acelerado a la cabaña, se esfuerza  por  describir la escena a sus tutores, intenta ser creíble, evita las florituras, añadir adjetivación y  apreciaciones subjetivas y pese al reparo inicial, logró el propósito básico de la comunicación veraz. La madre, devota, atribuye la cosecha a Izmucane, una diosa espléndida que quizás regaló aquella cornucopia magnífica en respuesta a la pleitesía y el fervor.

Eréndira y Ñamandú, compelidos por el hijo, no consiguen morder la muestra y menos aún deglutir una porción del supuesto alimento. Deciden, pues, cocer la morralla, prenden un fogón y colocan una  cazuela que empezó a borbotear enseguida, bajo una humareda cuyo olor fue atrayendo a la vecindad. 

El acto familiar progresó hasta transformarse en un acontecimiento multitudinario. Vinieron, incluso, pobladores de alquerías distantes, convencidos por sus informantes y espías de que los kiowa tienen la sarten cogida por el mango y  están cocinando una ambrosía prodigiosa, capaz de replicarse sin partipación humana, y en consecuencia, manejan el arreglo a las hambrunas causadas por los destrozos del huracán recurrente. 

Al primer hervor, los cocineros extraen del  caldero  una piltrafa chorreante, preguntan si hay voluntarios para catar aquella sopa y  Xoniquetzal, cándida,  por su afán de protagonismo, sale de entre la expectación agolpada, exclama que  ella misma probará un trozo y al cogerlo se quema, pero disimula por comedimiento, prosigue e intenta morder y masticar y digerir una ración, aunque  desiste, humillada, con una expresión de alivio y un mohín final. 

En ese punto del acontecimiento, el tufo que desprende el puchero, de consistencia pastosa y tonalidades sucias, se ha vuelto mordiente, casi nausebundo, y desalienta nuevas experiencias culinarias. Así, pues, resignados, guardan las futuras ambrosías bajo cobertizos y sombrajos,  para permitirles madurar, sin saber que la cosecha es plástico vulgar, pasado por agua, misterioso e incongruente, y continuará asolando los mares hasta mucho más tarde de que se extinga el último clan industrial sobre el planeta. Esto no es comestible, pensó Nahui, tras agarrar un pedazo de gelatina y echarla al morral para llevarla consigo al exilio.

Otra jornada, en su taller clandestino, sin oportunidad a la complacencia,  examina el perímetro en busca de especies hostiles, después enfoca la mirada en el bote. Escueto de eslora,  pero no tanto que impida extender en la cubierta a dos   caimanes recios. Hay sitio suficiente.  Abrió una geoda desde donde bregar y otra menor  para  víveres, aparejos y una valija profusa, píldoras curativas, fajos de pergaminos unidos  con varias lazadas fáciles.  Entre ambos habitáculos media un palo mayor, largo y grueso, como el cuello de una alpaca, pero sin cohesión estética  ni desempeño práctico, solo justificado por un  ramalazo  febril de creatividad.

Con la lógica moldeada por el acervo, había enlazado  el poderío eólico, el aprovechamiento sensato y la generosidad del genio macizo  Wiracocha, uno rubicundo, algodonoso,  cabellos ensortijados, piel esplendente. Al obtener su dispensa, hincha los carrillos y sopla a favor,   desde popa, para propiciar la navegación fluida hacia los puertos de la sociedad culta. 

Por tal idea motriz entreverada con muchas otras en una cabeza rebosante de calandrias, andolinas y charranes (pájaros), el astillero tenía decidido  cinchar, replantearse el diseño completo   de la embarcación,  considera  las capas de funcionalidad, ornamentación, aerodinámica, carenado, dar  anchura, profundidad, empuje,  clavar acá y acullá una triada, aquí una mesana, robustecer el armazón, airear la quilla, extender una botavara imponente. 

Las circunstancias, el enojo, la fatiga, o todo a la vez, precipitan el resultado inverso,  pues acomete un arreglo superficial, obstinado y sin desafallecer, escandalla el varadero donde nadie  tantea ni manipula el yute, los espartos o la rafia,  ni teje las lonas ni zurce o recose los toldos de  las velas cangreja.

Durante el camino de regreso, el silfo resabiado, Koconochtle, por tedio, o inquina, chasca los dedos y enciende una centella con un trallazo que retumba y   distorsiona la placidez del paisaje.

Los  rabilargos, pintados  al fondo del cromo  primigenio,  inician un vuelo explosivo con otras aves cuyos plumajes intensos van dejando una estela subjetiva  por  sobre las   arboledas.

La reacción en cadena  excita a los pelícanos que salen espantados, con sus grandes astiles a medio desinflar y transmiten la alarma a otros biotipos. Son urogallos, agamíes y dodos, están predestinados a  convertirse  en muestras, o reliquias o personajes encerrados en cofres o  ediciones novelescas o cromos expuestos tras la vitrina manufacturera  de las especies extintas. Un pedregal de caimanes abandona  el  sopor en los cantiles,  se yerguen sobre sus patas traseras y  enfilan hacia la espesura dando trancos por el barro endurecido, espantan   a los iguanodontes, a las tuátaras, ensordecidas con la bullaranga de micos, zarigüeyas y  tapires  y la respiración áspera del puma.

Durante  la estampida, los  animales   azogan, chascan, convierten la jungla en un rebaño, una manada apabullante,  una bestia  instintiva que gruñe y vibra, relincha, cloquea, ulula, grazna, muge, barrita, chilla y brama,   gañe, berrea, aulla y  ruge de vitalidad, sin dobles significados.

 


 

N.B.           

 

4 ↑ Supone que si salta con el suficiente empuje alcanzará el trampantojo que cubre el cascarón celeste. Conforme al guion propuesto por la leyenda, son almas esperadoras y amaron como si    hubieran sido o fueron en verdad   persona, o al menos sufrieron como persona los  cilicios del amor o la sed. Conforme a la  leyenda corregida por el cuento, su cintilar avisa del romance inminente. Son ideas estilizadas, sílfides tibias, fascinantes orondas, divos perfectos,  escuálidas de embeleso,  hados normales,  duendes luminosas, ectoplasmas de acuarelas,  decididas sí o sí a  encandilar, flechar, dormir, cantar, fúlgido verso, cuita perfumada,  velos de alas rotas, el soneto ama tu sonrisa figurada.

Otro iluso que serena la mirada, nomina entelequias, migas, semilleros constelados, anhela una playa como la de antes,  que hoy se refleja alzada, y si atardece,  alborea, y cuando el amor todo lo puede, el final no está escrito, porque cada trecho y ausencia son llenados precisamente con el acto mismo de vivir, aunque sea entre citas aplazadas y bajo luminarias inalcanzables.

El poema, arpergiado por la música, canta. Las vecinas murmuran.

5 ↑ Someter el entusiasmo, no confiarse a la buena estrella cuando vas delante, por encima, y ninguno te rechista; a pesar de las reclamaciones de paternidad. Dicho con lenguaje llano, vivir, sobrevivir, sortear la miseria es como torear, pero con un capote hecho de camelias y gladiolos, un instante fraccionado en la eternidad basta para que nada vuelva a ser igual y enmudezcan los vítores. Considera al corajudo diestro Ciclón de Jerez, sobrio, resabiado y magisterial, y a pesar de todo,  un morlaco, entre otros muchos que mueren por su propia soberbia, le agobió  un ojo, impidiéndole porfiar hasta el remate de tú a tú.