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La Maldición de Howard Carter:
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6 cuentos / 1 novela / 310 páginas


Fragmento novela: Nahui (el que navega al mediodía)


Durante el período de instrucción, los conscriptos (internos) practican el compañerismo o la camaradería, comparten valores y penurias, fraternizan, beben atole o pulque, mastican coca y fuman cáñamos y hojas arrolladas de tabacos cubanos. Aprenden a hombrear (aparentan empaque y compostura propios del adulto). A las primeras sesiones lectivas compareció el maestro yumeco de claridades, Jimagua. Diserta como si pintase colores y figuras en movimiento, simplicidad; atento al ritmo, cuida el timbre, las pausas, modula una voz que atempera el ánimo inquieto. Nahui quedó abstraído por la oratoria del rétor letrista, su forma de compasar el discurso, induce a pensar con los sentidos, ayuda a intuir conceptos, permite ver y palpar las ideas, como si su cabeza fuera un lenzuelo (una sábana) donde estampa y borra un sinfín de artefactos y excipientes ilusivos, gente de los cuentos, fenómenos o chacras (o alquerías) y toda suerte de ocurrencias inéditas pero sensoriales. Otro día bajo el umbráculo de framboyán (a resguardo de la solanera), tras imantar el interés del estudiantado, la alocución adquirió un sesgo enrevesado. No entienden al dómine innovador, que verbaliza como acostumbra hacerlo, sin elaboración previa, según discurre y piensa a voces, sobre ballestrinques (anudados) y emoticonos, defiende la conveniencia de modernizar los hábitos, el idioma, la presentación del idioma, corregir la inercia a la pereza, me refiero a unir caracteres en palabras, montar frases y párrafos, etcétera. Las gentes, a cualquier hora, crean y transmiten o reproducen detalles, nadie existe sin emitir o captar información. El último dogma quedó flotando sobre la escorrentía de alumnos que se había agolpado contra la empalizada para presenciar el desespero de un coatí, inmóvil entre las fauces ensangrentadas del ocelote. Nahui, ajeno al espectáculo, permaneció sentado sobre la estera, sumido en sus averiguaciones intelectivas, ha decidido ser orador o parlamentario, dominar la elocuencia, aunque evita considerar de inmediato las dificultades que plantea (su intríngulis). En esa torrentera de sucesos inconexos, el hijo de un metalúrgico y una comadrona, otra vez bajo la lluvia tropical, entresaca al azar cabos sueltos desde su memoria episódica, paseos noctívagos, una cesta con buñuelos de yuca, risas contagiosas, pálpitos, la voz lapidaria (concisa y solemne) del venerable preceptor cuando mencionó la falta de humildad en el corazón avariento, el que mata o muere por negar la evidencia, a propósito de Milcíades, cerrando sus tribulaciones mercantilistas con una sentencia candidata a repetirse en los foros letrados: “La rueda no sirve para la jungla”. El recluta había pasado aquella noche despierto por una imaginaria (con tareas de centinela), al raso, bajo una bóveda celeste sin abalorios ni luces poéticas. Aprovechó el silencio y la quietud del campamento dormido, mastica paloduz (raíces de regaliz), medita, por así decirlo, a falta de la parsimonia o el detenimiento con que reparó en el color de su piel, más pálida que la del resto de nativos y menos resistente a los perjuicios solares, se pregunta si la tonalidad turquesa en su mirada será suficiente para domeñar o cautivar a Maru Duchibela, la mujer hembra asegura que los hombres demonio de las profecías y las entidades del inframundo, los teules, poseen la misma arrogancia en el cristal de los ojos, dando a entender que le impone respeto, pero eso no significa nada, también el Machu Picchu infunde consideración. El aguacil, a solas con sus devaneos, rememora la sonrisa entre ingenua y maliciosa, la pulpa de sus labios de remolacha, el movimiento en las protuberancias dominicales que cimbrean bajo el sayo ceñido. Estuvo a punto de rendirla por completo, pero a última hora lo separó con las dos manos diciendo: “Haz méritos y tendrás la ración entera”. Desde entonces, la exuberante Maru le saluda siempre con la misma expresión misteriosa: "Oole" (no tiene significado porque es inventada). El soldado de guardia, el astillero en los arenales, deja el tema de su indigencia afectiva para más adelante, reflexiona en el sentido accesorio o principal de los sucesos que en sí mismos son triviales, aunque propician las siguientes vicisitudes y estas, a su vez, originan más eventos y un desenlace final, el que se clava y duele como una saeta, mientras los sanadores yerberos no encuentran causa cierta o remedio válido. Ratificó su vocación profunda, quería transportar datos, ser un sabedor, semejante a Pachacuthi o Atahualpa, convertirse en tlacuilo, regentar una casa de códices, rendir pleitesía a la diosa erudita, Xochiquétzal, superar la oposición, cada examen, entrar a la escuela de escribas, aprender, conseguir nombramiento de numerario (fijo en plantilla), abarcar nudos semánticos, linajes, caligrafía experimental y más desempeños: topógrafo, agrimensor, letrado, contable, enseñante. Aquella aspiración había sido un cataclismo doméstico, Ñamandú reprochó al hijo su amaneramiento burgués, aquí no hay sitio para ilusos y vagos, serás un hombre de provecho, ya tuvimos suficiente con tu tercer abuelo, el pobre, con el cuento de notarse un agobio por dentro, un sinvivir, un no sabe qué, dejaba a la parienta repantigada y se ponía a bregar en la cocina, indiferente a los comadreos y el oprobio (la afrenta), defendió que guisar era un arte y por ende un acto neutro y válido para cualquier género creativo. Más allá de las excusas y los ideales igualitarios, ensayó las mezclas, el sabor clásico aderezado con notas sorprendentes e inesperadas, se hizo especialista en confites y postres, lo recuerdan por añadir canela a las natillas y azafrán o pinole (polvo de soconusco) al bizcocho. Dio a conocer la primera tableta crujiente de chocolate sólido, pero el formato no cuajó entre los usuarios, acostumbrados a la versión líquida, entre picante y amarga y levemente dulce y energética del cacao. Ñamandú, a su manera, puso al abuelo como ejemplo del hombre estrambótico, de poca virilidad y menos fortuna, a continuación exhibió su bíceps descomunal, esto lo tienen los machos, no las marimoñas que van por ahí con las uñas pintadas, mentalízate, madruga, sufre, trabaja duro, haz que el comandante se fije en ti. Siguió elevando el tono de la voz mientras sermonea a Nahui, deja claro que las élites comendadoras y la casta edicilia son quienes eligen el curso del mundo y emparejan el orden natural, los demás, sin privilegio, concesión o dispensa, no pueden sustraerse al estigma con el que nacen. El mester de escribanía, tras el licenciamiento, cerró el caso, sin dar explicaciones ni creer que fuera necesario justificar el poderío de la ley, apenas dijo: “Imposible, serás temporero”. Ergo, el liberto irá recibiendo tareas esporádicas, encargos y desempeños comunales, desmarojador (quien arranca las hojas inútiles), buzo cosechero de esponjas marinas, peonías. Solo cuando pasaron suficientes jornadas sin que hiciera nada distinto a anhelar, comer, dormir y laborar, supo que estaba atrapado en una doblez de las circunstancias, como la rueda en una manigual (bosque pantanoso e impenetrable). Desde otra perspectiva, ningún Yupani ha sido un titán memorioso o sesudo, ninguno tuvo facultades preternaturales, una fuerza excepcional o una capacidad abrumadora. Ñumandú, el padre, aunque es un gigante halterófilo (levantador de pesos), tiene unos hábitos, una mentalidad y un proceder rudo que desdicen el refinamiento paciente y la sensibilidad erudita de los transportadores olímpicos. Eréndira, la madre, promueve la vida y la perpetuación de los linajes, pero por su condición de partera y nodriza. Asegura componer la suerte con sus adivinaciones, en el fondo induce a las consultantes a encauzar su energía y sus pensamientos hacia un devenir que, si bien puede acabar como predijo, tiene una causa diferente al don profético. En resumen, el recluta intentó un epílogo para sus destellos filosóficos, darse ánimos, agarrar una certeza, al menos creer que un día promocionará, será persona, casi feliz, en plenitud. Había reflexionado a propósito del gurú Jimagua, reparó en su afán por manipular a los demás, recordó a Maru, al tercer abuelo y su excusalí (delantal pequeño). A la hora del relevo sigue enmarañado en sus disquisiciones, consideraba ese afán por descubrir, atesorar y divulgar verdades absolutas que, curiosamente, nadie más conoce ni sospecha. Gritó al camarada, sin novedad en la jungla, y salió deprisa hacia los barracones, convencido de que allende hay un otro mundo fascinante y vertiginoso, no apto para rezagados y somnolientos. La amplitud del temario impone celeridad, aprender rápido, asumir nuevas habilidades, queda un grande trecho hasta obtener el visado que le convertirá en manumiso (libre). A mitad del semestre lectivo, entró al aula un adivinador presbítero (sacerdotal), tras postergar a un ministro zoroástrico y al oficiante arreglista oArmin Van. Era enjuto, óseo, melenudo, de maneras amplias y mirada ingenua. Hizo una reverencia teatral sin presentarse, clavó tres estacas en el suelo y en el trípode acopló una pizarra grande e irregular, después dibuja a tiza un embrollo de guarismos, arcanos y símbolos raros, más unos trazos conclusivos, mal parecidos a una raspa aumentada. Solo cuando empieza a hablar, adquiere consistencia y peso terrestre, disolviéndose la entelequia que le rodeaba. El sonido de su voz suena afectado, cual una mujer que finge ser varonil, señala los jeroglíficos y anuncia que la cuenta oficial de los lustros en el calendario están confundidos, por sabotaje, anomalías mecánicas de los ábacos, o manipulaciones populistas, o por impericia, o excesiva carga burócrata. Apenas concede una pausa y prosigue, en apariencia, con su teoría rocambolesca (exagerada, inverosímil), o quizá, en una actualidad menos evidente, intentar prender una chispa subversiva. Mechique explica los fundamentos de su terrible descubrimiento, habla sobre la estrellería diáfana, el grafo dibujado por el tránsito del cometa juglar, las idas y venidas de los siete ciclones mañaneros, las siete reventazones del volcán energúmeno, los ocho nodos cabalísticos deducibles a partir de la alineación luciente observada durante los ortos bobos (al ocaso, en la alborada), más otras evidencias, señales, métricas y pronósticos verificados por la comunidad de calculistas aritméticos y astrónomos contadores. Asegura haber encontrado sumas incongruentes y restas hiperbólicas en la contabilidad pública, tachones y raspados, letra pequeña, embolicados, deuda infinita, cargos absurdos, redundancias jocosas; en resumen, un devenir ficticio del almanaque autorizado, pues atraviesan un capítulo histórico posterior al reconocido por los decretos, ulterior a las lunaciones que manejan las generaciones más añosas. La revelación produce un primer estupor entre el alumnado, una oleada de murmullos. Enseguida manda callar y propone un corolario, sin preocuparse ahora por disimular su intención de adoctrinamiento. Como no están auspiciados por el dios dador, Nanahuatzin, quien se parió a sí mismo, los ruegos y ofrecimientos serán elevados al noveno sol regente, Otihuacán, quien mueve los mundos. Pedid que interceda, ataje las calamidades y haga prosperar vuestras cosechas y embarazos. La noticia resbala por cada discente (alumno) de igual modo, deja un sedimento captado con el núcleo del discurso, la conflictividad sin término, el descontento, la excesiva parafernalia de los triunviratos recursivos, la ojeriza entre paisanos, la resignación de los humildes. Los quintos, por edad e instinto, piensan en lo inmediato, quieren graduarse con honor, salir al exterior, agarrar a una mujer hembra, vivir la adultez. Tienen la sensación de estar perdiendose algo bueno, por ende, rehuyen la complicación, meter baza (intervenir en asuntos ajenos), implicarse con los anacronismos de Mechique y la arenga subrepticia que induce a participar, suscribir o alentar una revuelta civil. Mejor dejar las cosas como están, deciden al unísono, saber mucho es tan malo como no saber nada, dicen para sí mismos, sin oir la malla de coincidencias urdida por el espíritu común. El preceptor cierra el preámbulo, meramente tangencial, inserta un silencio estratégico, quizá para permitir que el auditorio discurra, puede que intentase suscitar intriga o anticipar la solemnidad del tema posterior, esta vez coherente con el programa obligatorio. La capacitación exige aleccionar sobre el fuego nuevo, una realdad custodiada por mercenarios y aporreadores, a las afueras del templo relumbrante, frente al adoratorio de las deidades clásicas y las estatuas de barro cocido, donde aherrojan a los entes malignos señalados por la profetisa, una anciana inmemorial que aparenta ser pubescente y es capaz de anticipar el fátum (porvenir) olisqueando a los consultantes. Alrededor del palacio de encantos existe un tráfago continuo de mercado grande. Hay maestros orífices y bisuteros preciosistas, que purifican el mineral, pulen metales, siluetean amuletos. Hay talleres y curtidurías donde empezaron a tratar una suerte de papiro. Echan escoria, cal y cortezas madereras, aplanadas a mazazos, esperan un hervor, el peonaje es llamado al orden, conque deben incorporarse a la cadena de procesamiento: frotan con lija el producto, troceado en rodajas gruesas, advertidos de las consecuencias en forma de regañina o azote si no trabajan rápido y callados y obtienen, al fin, una lisura sin tropiezos en cada una de las obleas con que los sabedores están sustituyendo el modo de producir, almacenar y transmitir la información. El progreso tiene un vórtice, como los ciclones. En la edad sensata, parecen ser los innovadores alcoholeros, considerando la predilección y el fervor que obtienen de los burgomaestres achispados. Antes del favoritismo, supieron ligar hierbas y raíces y frutos, con buen criterio y mejor estómago. Usan enormes calderos, alambiques, redomas y alcallería (vasijas); filtran, destilan, subliman, decantan, cuecen, miden, tiran todo y vuelven a comenzar el sinfín de permutaciones, intercambios y analíticas, hasta obtener una fórmula original y variedades fermentadas de agave, mezcal, licores espirituosos y angosturas; cuyo grado de causticidad, dulzura o amargor y su dureza etílica aderan (tasan) haciendo beber la golosina a los prisioneros esclavos. Adyacente al gorgotear y el burbujeo en el aire aromático que exhalan las bodegas, ubicaron el área científica y de investigación. Ocupa una chinama endeble, fabricada con adobe y tepetate (conglomerado arenoso), entre cuatro estacas esquineras y una cubierta de zarzo (mimbres y juncos tejidos). En el portal, a la intemperie, un manito inventor chasca pedernales, pórfidos; convencido de que, tarde o temprano, una miga incandescente prenderá la fajina (leña ligera). Más allá del ruido y la telaraña de olores, se extiende el distrito residencial, un tridente de avenidas con rotondas y estanques y lacayos ambulantes que asisten a las señoras principales si padecen un sofoco, un vahído, una fricción, cuando pasean bajo el tafetán de las sombrillas. Las parcelas, dispuestas en hilera, tienen jardínes suntuosos, estatuas esculpidas con setos, hontanares helénicos de alabastro y bohíos adosados a las cabañas ministeriales. Desde las terrazas los archimandritas y dignidades contemplan la extensión panorámica, el sortilegio impreso en los sasafrás (árboles lánguidos, árboles perfumados), los acahuales vueltos hacia el artificio solar, las obsidianas alrededor de la hoguera grande y viva del poder que evidencia lo divino inefable (teofanía). Entre los humildes nadie ha conseguido acercarse, pero todos saben que está allí, oyen la cadencia monótona del canto coral de las mamaconas (ancianas castas) y las ménades (celebrantes), alientan al fabuloso animal rusiente (como un metal encendido), cubierto por encrespaduras y venas sinuosas y espigas radiantes, oyen el crepitar, el crujir, como de huesos rotos, el azogue que consume la charamusca y los leños, oyen desde lejos la virulencia de sus eructos, que rocían el aire con una exhalación de minúsculas centellas fugaces. Considerando la veracidad notarial atribuida a un apuntamiento (extracto) rubricado por el oidor titular en la Audiencia de los Confines, en el quinquenio del tecnócrata, Outbe Casi Alcotán, un charro de Vitigudino, con notable pulso y excelente desempeño, encontró un modo eficaz de reproducir el milagro de la ignición. Sintetizó la complejidad formal y el procedimiento técnico en una frase: “Atina a chascar dos piedras sobre la tamuja” (hojarasca). Hasta entonces, habrá un manantial raro de greñas y arroyuelos encendidos y mechones ardientes, devorando la pinaza y las conjeturas, robustecido con hulla y fermentos de un sapropel compacto y mucilaginoso que extraen mediante una minería penosa. El ombligo del mundo atrae a las gentes de la ciénaga, a los continentales, a los habitantes del páramo, a isleños y forasteros ambulativos. Llegan con un cetro rutilado o un báculo de peregrino o un caldero que también usaron como tambor, tras sobrevivir a los últimos embates monzónicos o algún pillaje devastador, convencidos de que el negocio amistoso y la diplomancia prudente generan un beneficio mayor al obtenido por la fuerza. Las consortes se llevan las manos a la cabeza, dejan claro que su situación es crítica, desesperada, y entre lamentaciones ruegan que alguien me haga el favor, por la deidad Jurupari, de avivarme este rescoldo cabezón. El tropel de peticionarios, aduladores, también espías y beatas, desborda el lugar (entre villa y aldea), con tanta frecuencia y tumulto que acabó por trastornar la convivencia tribal y el quehacer ordinario, más aún, la crispación y el descontento convirtieron las riadas humanas en un problema de Estado, que atañe al orden público, por consecuencia directa, intervino una cabeza pensante del director canciller. Amacuro es un hombre retraído, aunque unos polemistas defienden un parecer distinto, puntualizan que desarrolló un talante reflexivo y cauto por o para prevenir la maledicencia. No importa, un dilema grave requiere su atención, necesariamente ecuánime. La cordonería de los nudos biográficos retratan un semblante adusto, unas manos entrelazadas a la espalda, una doncella fenicia que sigue a la silueta pensativa por la hacienda y va difuminando sus huellas, por una creencia supersticiosa y un fervor maternal. El estatúder jurisperito admite esa manera primitiva de confundirle los acechos a la chachalaca de la muerte, y entorpecer las intrigas del estamento terrateniente o la oficialidad avarienta, como si al discurrir paseando dejara un óvalo narrativo de incriminaciones sin rigor probatorio, que deben ser borradas al instante con el mismo empesador despeluchado de raíces silvestres que usan los tejedores para atusar las urdimbres del lienzo. Luego, este sentido exacerbado de la prudencia, incita a los detractores del lexiarca asesor Amacuro a propalar campañas difamatorias, a torcer el equilibrio del talión (pena idéntica al daño causado). Amparados en las muchedumbres, prejuzgan y extienden una legalidad paralela, arbitraria, oportunista, favoreciendo la misma prepotencia severa que intenta corregir. Entretanto, los cuestores de oficio siguen empantanados en la torrentera sin contención ni enmienda de la malicia humana y la firmeza tardía con que publican sus edictos conclusivos, donde por cada litigio sometido surgen cien pendencias con mala pinta, riñas tumultuarias, amojonamientos falsos, cláusulas, dotes, martingalas, hostigamientos, repudio, afrentas y machetazos y bastante saña (ira, enojo, también rencor, crueldad vengativa y deleite al ocasionar el daño). Ajustician a pródigos, tahúres, agoreros delincuentes, brujas, proxenetas, ladrones, adulteras, timadores, chantajistas, gentuza (la peor calaña). Todos cercados por el aura pensativa del oráculo inminente, ajenos al haz de nervios tras el pensador, acostumbrado a la voluntad antojadiza de los régulos comendadores y al trato aséptico con las once emperatrices ilustradas, habituado a las digestiones favorecidas mediante tisanas de anís y eucalipto del caudillo emperador, las que aprovecha para hacerle una visita, departir en tono informal y entre infusiones, deja caer algún asunto espinoso, un indulto, algún aumento presupuestario. Así funciona la política, comenta después a su ordenanza. Amacuro vigila los impulsos de la casta influyente, la que levanta y sostiene imperios, pero cuyo desaliento puede, también, aniquilarlos. Es un analista que sigue las fluctuaciones del estamento humilde, un sabedor avezado en los rudimentos de la plática persuasiva, verbigracia, justifica la lentitud con que transcurren los formalismos, dando a entender la irrelevancia de la voluntad humana en el orden burócrata, las cosas de palacio...van despacio, asevera, entre sarcástico y paternal, e incluso, entrañable, según la sensibilidad femenina. Los días previos a la sentencia, le vieron cogitabundo (muy pensativo), inmerso en su andamiaje conceptual, alambica hechos, detalles accesorios, considera la casuística (los supuestos singulares), atiende la jurisprudencia, el parecer rústico, tamiza el fárrago, usa el cedazo del sentido común y extrae, punto acápite, la savia resolutiva. Así pues, con el veredicto ovillado en una cabuya de bramante, convocó en la plaza consistorial a la población leguleya (quienes no dominan el bisturí jurídico). Esa fecha, rodeado por una escolta ligera de auriñacienses cejijuntos, dirige al vocero sobre el brocal del pozo de los deseos, para que publique a gritos el veredicto. Primero reconvino a las mujeres por azuzar a los esposos, a quienes reprocha su falta de solidaridad (ayuda, defensa, favor). La voz discreta del decurión convertida en torrente mandó callar a los alborotadores que vindicaban el derecho a no sentirse extraños en su propio terruño. Aún no he terminado, pido respeto, pido misericordia con los males ajenos, paciencia con los propios, pues estas turbas molestas de migrantes, hortícolas y pedigüeños tendrán su remate cuando aprendan a buscarse la vida y enardecer la yesca. Era una apreciación objetiva, controvertible o no, repetida en su literalidad en el campamento monástico por un proveedor con pretensiones incendiarias, parco de carnes, voz aguda, mirada oblicua y rostro apergaminado.


FJ Padilla
Carpe Diem - javier @ estrella.ws