Interludio primero.
Fragmento novela: Chronicon Naturalis o Libro de lo Natural


Qué es el infierno: La ausencia de amor. Qué es el infierno: La soledad biológica. Qué es el infierno: El dolor de perder a quien tanto amas.
Me persigue una procesión de murmullos, cánticos y rezos susurrantes, una hermandad gótica de la que solo he podido discernir sus capuchas y cilicios, sus cruces y espadas toledanas; intenta la emboscada cuando la niebla salmantina enluta las calles, acecha en cada encrucijada, quiere confundir mi raciocinio, en el muelle agita los catavientos, esos hilos con tapones de corchos ensartados que se anudan en la borda de barlovento y flotan en el vacío para delatar la dirección unívoca del aire y las ánimas que permanecen ocultas entre las lonas arrolladas en las arboladuras de los barcos, esperan sobre los miradores, bajo los entoldados, en las terrazas, entre las sombras del fresno. Son ubicuos, implacables; se adhieren a la piel como un tatuaje, exasperan, dificultan el acto simple de respirar con regularidad.
He terminado extraviado en el barrio virreinal, tras mi última huida frenética. Escalé un muro, una pérgola, un tejado, accedí sin permiso del propietario, a través de una ventana mal encajada, al ámbito de la mansión en penumbra. Progreso entre muebles amortajados, rozo la esfera de un reloj enorme cuyas saetas marcan un tiempo anacrónico, oigo el metrónomo impreciso de la péndola y las oscilaciones de las varillas metálicas que cuelgan desde su estuche de ébano. El silencio me permite oir la voracidad febril del comején, la progresión del cardenillo en el bronce pendular, las picaduras de la herrumbre en una máquina de coser antigua, en los pomos, las cerraduras, los pestillos.
En el salón, oigo el leve tintineo de la bisutería descascarada en esquirlas que caen furtivas, como hojarasca, entre las reliquias expuestas sobre los estantes. Atravieso la proyección de haces oblicuos que entran desde una persiana atorada. Las partículas que flotan en la luz polvorienta no modifican su trayectoria ante la densidad física de mi cuerpo, como si fuera etéreo. Parece un brote psicótico, pero necesito confirmar mi naturaleza orgánica, de modo que comienzo a interactuar con el entorno.
Puedo mover objetos pequeños, cuadros livianos, cortinas, he arrastrado una poltrona, deja caer unos copos de ñandutí, toco el triciclo volcado al fondo de un pasillo angosto, la alabastrita en el jarrón estilizado y sus flores cadavéricas, las tres baldas del esquinero infructuoso; en una mesa grande, con un esfuerzo adicional desplazo un tomo grueso, encuadernado entre dos láminas con gofrados platerescos y badanas embellecidas y una caligrafía geométrica exuberante. Al moverse, va dejando un rastro sobre la pátina mineral, logro llevarlo hasta el límite desde donde cae para estamparse sobre las losas marmóreas y produce entonces un estampido que retumba por el aire inmenso y deshabitado.
El volumen queda abierto al azar y puedo leer, bajo un resplandor de origen incierto, que antaño estuve aquí, traía un ramillete de hortensias y petunias fragantes, para entregarlas como se ofrenda un tributo a una deidad que viste de vapor y tisú. La miré con el instinto del vidriero, anhelando el crisol que funde las almas enamoradas, ví su mirada cándida, las pestañas curvadas en trazos estilizados por el rímel, los labios acarminados tras la sonrisa breve; las mieles retorcidas de sus aladares consiguen que parezca un postre exquisito. No antes ni después, olvido las declaraciones túmidas, las palabras quirúrgicas, quiero, necesito abrazarla, sentir otra vez su calidez en mi pellejo animal pero al primer intento descubro una verdad pasmosa. Jamás volveré a mitigar la sed en el rocío de sus alboradas, pues ahora, como siempre, el alma, aquello que fuimos, carece de materia y, en consecuencia, no es factible corregir el destino terrenal, los errores, tampoco poner fin a los asuntos pendientes o restañar las heridas abiertas por el amor inconcluso.
Otra vez, perdido en la nostalgia, me pregunto cuánto dura el infierno.

Por Javier Padilla