Solo para ti.
Fragmento novela: Libro de lo Natural


En el nudo capitalino, durante los esponsales magníficos del emir heredero y la inasible Sherezade, varias doncellas, desilusionadas por las imposturas, lisonjas y promesas sin porvenir hechas por el funcionariado y la oficialidad, tienen decidido abandonar la alcazaba y evadirse hacia las únicas tierras conocidas donde toda mujer puede convertirse en princesa y reinar como ocurre en los cuentos mágicos.
Por ese motivo, con sigilo, casi de puntillas, están siguiendo el trazado menos concurrido hasta una salida accesoria. Atraviesan un taller mal iluminado y las prisas, los nervios o la penumbra o todo a la vez les impide detenerse a remediar el rastro de colores que van dejando por las hilazas que caen desde los sacos y mimbres dispuestos en hilera, unos pigmentos y tintes usados más tarde sobre las grafías y símbolos que aplacan demonios y sirven además para orientar a las almas errátiles.
La recua progresa, parece levitar por entre muros y paredes ornadas, junto a relieves floridos y cábalas astrales y abecedarios ordenados sobre geometrías armoniosas; deja atrás los revestimientos sibaritas, la yesería fulgente, las incrustaciones polícromas en las paredes salpicadas de oropeles y vidrios y gemas orfebres. Durante el estallido feminista, cada mujer camina unida a todas las demás por una reata no tangible pero cuya trabazón marca una sincronía tan rígida que recorren parte del itinerario enclaustradas por la misma métrica equidistante. Allende, muestran un solo mohín desairado, repetido en nueve cutis tras la muselina del velo, como una ristra de azucenas, más una muchacha impasible y otra ensimismada; once prófugas conforme a los burócratas ufanos que relataron la infamia, doce según la leyenda divulgada no poco después por los noticieros ambulantes, mediante pliegos que tendían en un cordel para atraer la curiosidad popular.
Las once o doce temerarias avanzan como una prófuga única. Pisa el tablero del suelo, una ocurrencia ajedrezada mediante losas celestes y níveas; eluden cómodas, arcones, sillería, tinajas, ánforas, medialunas recortadas en estaños laminares y suspendidas por hilos sedales del techo; esquivan gabinetes científicos, instrumentación náutica, enciclopedias apiladas, volúmenes repletos con los mismos razonamientos que los algebristas extranjeros inferirán mucho después, apartan astrolabios, espejos con la virtud de hacer más próximo el porvenir. Saltan por encima de artefactos pensantes y ábacos con pergaminos arrollados donde los geólogos guardan los cálculos de las medidas del globo terráqueo.
Las candidatas atraviesan con pudicia la atmósfera cuajada de hechizos amatorios en las alcobas menores, rozan apenas cada dosel bordado con los suspiros aprendidos de las odaliscas, tibias y a la vez ausentes, entre las colgaduras vaporosas y los tules cortesanos; oyen las risas antiguas que permanecen reverberando entre el olor a sándalo y las vaharadas de los alcanforeros, hacen la señal del adiós a los lechos delicuescentes y las camas imperiales y los tocadores atiborrados de afeites y ung├╝entos para embellecer. Cruzan antecámaras y vestíbulos anchurosos, pasillos bordeados con las dádivas y agasajos de conveniencia entregados por los diplomáticos ilustres y los próceres de antaño. Son panoplias con haces de esgrima, blasones que producen la ilusión óptica del movimiento conformen las espectadoras cambian la perspectiva. Ven, sin tocar, un artilugio grande, quizá una gramola, que al girar su manivela podría esparcir un viento instrumental, atávico, como de flautas lánguidas y armónicas sonoras, entrelazadas por bajo un cantar que hace presentir la certeza patente del último llanero en sus cumbres borrascosas, a quien no le queda nada por conquistar.
Las escudriñadoras apenas se entretienen ante el acuario donde habita cautivo un delfinario bullicioso, no dispensan atención a las bordaduras luminosas y la pasamanería lógica de las urdimbres atusadas para los tapices sensitivos ni reparan en los versos trabados con gubias sobre trípticos de latón abiertos y sujetos por alcayatas y escarpias doradas. Evitan aminorar el paso, ante la armadura medieval con la osamenta y los relicarios del adalid campeador, don Quijote, el desventurado, que según los crédulos, renace cada mediodía de entre los fierros y hojalatas, eternal, ambula, deambula, resuelve pleitos, compone hazañas, embiste ogros, enormes como molinos y al fin siempre marcha, silueteado por la tristura, por cuánto que su amada no le atiende ruegos ni rondallas. Caminan, las doncellas, aprisa, sin una pausa, sin un remilgo, compelidas por el miedo, estresadas, nerviosas, atentas al indicio, al captor agazapado o firme y duro tras un cendal, dos trallas punitivas, tres vergajos lacerantes. En consecuencia directa, improvisan un sistema de comunicación mediante señas, no hablan, no piensan dos veces la misma ocurrencia por temor a delatarse. Corren silenciosas, como las buenas intenciones, tras haber desestimado otras alternativas. Por ejemplo: pararse a restablecer el ritmo ordinario a su respiración.
Al rebasar la halconería, por una coincidencia exasperante, se cruzan con unos músicos cargados de crótalos y timbales que han emergido desde una carpa y a pesar del imprevisto continuan su camino ajenos a las intenciones evasivas de las muchachas. A consecuencia del susto, trémulas y resabiadas, imprimen a sus andares un algo artificioso, tras establecer un pacto tácito, sorprendidas de esa facilidad para la improvisación.
Así, pues, refuerzan la cautela, ante los virotes del entorno variable, insuflan temple a una criatura prodigiosa, capaz de anticipar el humor a los jenízaros, a los machos otomanos. Podrá hacerse invisible a voluntad tras los biombos, ante la ronda del centinela, o enderezar el rumbo tanteando la tibieza de las ascuas mortecinas en los braseros y las lámparas untuosas o mediante el sonido alejado del azogue de las bestias enjauladas. El simbionte hembra se disgrega en una docena de pensamientos convergentes, adivinan la ubicación del siguiente escaque lógico, contiguo, yuxtapuesto, ramificado, paralelo, construido entre vanos humildes, bajo escaleras que se bifurcan, tras postigos cuyas jambas y bisagras y pestillos amortiguan las tribulaciones del poeta errante, quien solitario canta al convite, desmiga cuitas, se pregunta si la puerta del amor permite entrar o acaso se cierra una vez para no dejar salir jamás.
La facción rebelde va ovillando el hilo musical en la rueca de su memoria, casi obsesionada durante el esfuerzo por mantener una coherencia interna, un movimiento sincronizado, un reparto proporcional de oruga articulada. Necesita ir agachándose al pasar por bajo los vitrales de las ventanas a medio abrir y las celosías reservadas y la expectación servicial del cubiculario, humedecida por el vapor de las aguas calientes que salen a propulsión desde el manantial de géiseres sembrados ante los baños termales. Evitan demoras, al quedar expuestas en la amplitud de las salas y antesalas y vestíbulos y recibidores y piezas accesorias sin utilidad práctica, adivinan los ojos de vidrio del ocelote embalsamado en la galería abiótica, donde, a cada paso dado, las espectadoras retroceden una era geológica, en sentido figurado, a través de las especies momificadas a tamaño natural. Caminan entre jirafas, abejas, urogallos, ballenas, linces, lobos, elefantes, focas, pone focas en la inscripción, cocodrilos, bisontes. Hallan un límite impuesto por la arquitectura, ante la primera pareja exhibida sobre la roca del pedestal, preservada por la atmosfera incorruptible de la vitrina hermética, inscrita, discretamente, como homínidos númidas, la madre y el padre de toda generación ulterior, expulsados de una huerta maravillosa, inmunes a la transmutacion química de la muerte por una helada súbita e intensa y universal.
El conato de fuga traspasa cortinajes, pisa zofras, roza los pomos que permiten acceder a otros castillos ilusorios dentro del palacio sin término cuyas habitaciones concretas son más grandes en el mundo físico que en la imaginación, seguidas por un tintinar de aluminios abiertos a su paso en los lienzos constelados y el rumor de las escolopendras sobre los rosetones hechos a buril en las pérgolas y el artesonado del techo, un armazón de maderos como barcas vistas desde abajo, entre lacunarios rellenos con caparazones desecados y piñas grandes lacadas, trigales, ceros y nebulosas y zodiacos, extendidos sobre los pabellones del progreso y remozados con mampostería y esmaltes vistosos.
Despiden a los albañiles medievales y salen a la intemperie, aún quedan largas avenidas y corredores amurallados por setos laberínticos, gatean bajo los dinteles y los arcos festoneados y los diseños mocárabes que conducen al patio principal, por donde arrastran su precaria humanidad, temblorosa, para conjurar toda amenaza o soberbia innecesaria. Al unísono, saludan con un roce a las bestias leoninas cuyas garras soportan la pila bautismal en una fuente cuyas espigas de agua dulce brotan desde unas fauces abiertas sobre el alabastro y las salpicaduras de los heliotropos. El hilo infinito con que el azar teje, borda, prefigura, propone, historia y cose estampas y retablos bajo ondulaciones de sedas y raso y propone lentejuelas para unas babuchas de puntas retorcidas, y engarza abalorios con ópalos y lazos bruñidos, ha terminado desovillado sobre la rueca del destino, tras una puerta grande y dócil y similar a otras adyacentes, hecha con el espejismo ardiente que rodea al alcázar sahariano.
Olenka, reticente a la improvisación, dotada de una capacidad organizativa aún sin cultivar, había girado sobre sí misma, de súbito cambió la dirección tras descubrir que estaban adentrándose hacia los balnearios artificiales. Al romper el orden lineal ha chocado contra el eslabón anterior de la fila, en concreto, Berenice, a quien le sigue casi un tercio del pabellón rebelde, a paso ligero. La procesión detiene su avance compulsivo y se descompone en un puzle caótico de piezas menores, una turba apurada que ninguna cree posible en un intento de fuga serio. Conteniendo las risas, retroceden y seleccionan el ramal adecuado. El nuevo empuje les lleva a franquear una carpintería estilizada por la taracea y las filigranas que brillan bajo la luz solar. Terminan, así, sumidas en el ajetreo de las calles del sultanato. Las muchachas se unen a una cáfila de samaritanos, empero, no logran mimetizarse entre la muchedumbre, pues son bellas, excesivamente, juveniles y magnéticas, de modo que las sílfides griegas, íberas, celtas y arábigas deciden abandonar el cauce ordinario y toman una bifurcación en el camino para adentrarse por los andurriales del misterio y la blasfemia.

Por Javier Padilla