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Fragmento: El Libro de lo Natural

  • La canoa está varada sobre los arenales, envuelta por otras muchas ocurrencias telúricas: dunas, taludes, complejos orográficos, el peñón trasnochado, la hoz de Minamá, junqueras aherrojadas por roquedales, mesetas y altiplanos, incluso pasadizos bordeados por floraciones anárquicas en el tiempo, cuyos pentámeros destilan un néctar irresistible, que encela a los lepidópteros de enormes alas translúcidas y trompas arrolladas en espiral, para atraerlos hacia los manglares complicados por las charcas de brea fangosa y los bramaderos donde habita una criatura equívoca, casi pantera, bella, casi humana, salvaje, que apresa jíbaros, apaches, guatemaltecos; obsesiona camiluchos y hondureños, embriaga a los pehuenches, mediante un lánguido o leve cántico, parecido al aroma floral que señaliza los dominios etéreos de las leyendas.

    Nahui Yupanqui, durante las lucubraciones producidas por una fantasía destrabada, pierde la orientación durante una porción infinitesimal del presente inmediato, entre unas enredaderas tupidas y su pensamiento, capcioso como la táctica del predador guerrillero; apenas después, recupera el mismo instinto pertinaz que le hará encontrar los empíreos fatuos y los muelles de las Europas. Exhala alivio, una vez, de espaldas a la ciénaga espeluznante y conjetura, dos veces seguidas, una apreciación climática. Rememora a los antillanos hispánicos, alzando las manos abiertas y extendiendo los dedos hacia las perturbaciones de una atmosfera sin mesura, ajena a barómetros, planisferios, brújulas, psicrómetros, sextantes, cronógrafos, termómetros, diapasones y básculas y clepsidras, ajena a toda suerte de artefactos cuya finalidad principal o accesoria sea contar, medir, tallar, pesar, ponderar, cuantificar, catalogar; para establecer que el calabobos continuará, incluso, hasta más allá del ocaso, asperjando los terrenos con tanta insistencia como para ensopar el pastizal y remover las tierras y esparcir un tufo a cieno antiguo y a madera podrida. Horas antes de aquel desamparo impropio en un bioma tropical, había escudriñado las alturas, la fragua azufre, malva, ocre, púrpura, que aleaba vetas de azogue, grumos y magma ferruginosos y tobas estratosféricas hasta espesar la aurora tras el dintel del chamizo y transformar la luz en un enigma carmesí.

    El cabro impacientado ante el curso normal de los afluentes del destino, a duras penas consigue apaciguar el ansia por descubrir las primicias del calendario noticiable, susurra un pronóstico de conveniencia sobre los humores que mostrará luego la diosa madrina de la atmósfera, Mama Cusi. El plan de fuga trazado en la conciencia, parece tan meticuloso que ni el huracán anual podría alterarle las fechas marcadas por una voluntad disconforme y genuina, pero bohemia, que ha contado un solo redondel lunar para finalizar la fabricación del cayuco secreto. Así pues, confortado por la piedad hacia sí mismo, había abandonado el calvero de chozos, atravesó un ejido con plantaciones de yucas y ñames, casi a la carrera, como en volandas. Saluda al talludo Milcíades, un colector que lleva días devanándose los sesos para encontrarle utilidad al aro gigante localizado entre los nenúfares del estuario, de procedencia extraña, que un cargador de lustros, durante un mercadeo en Tenochtitlan, planteó llamarlo rueda. El guaraní prosigue la agenda hasta unos alfaques cuyo acceso es intrincado. Más tarde, tras rebasar el último pehuén, seguirá expuesto al cielo sañudo, bajo un celaje mineral cambiante, ónice, lapislázuli, amatista, desde donde chispea sin tregua y, a intervalos, se desploma una tromba de lodo y araucarias atomizadas y copos de vidrio que resultan ser anélidos enroscados y trasparentes y un asombroso fenómeno de aguanieves, extemporáneo, pues ocurre en plena canícula, para anegar hasta las cuitas y los malos pensamientos, mediante una persistencia que llegó a encolerizar al aventurero latino, hastiado o harto de trampear frente a la actualidad diaria. Es torticera, considerando el absurdo de un aguacero taimado. Es inhóspita, según el criterio del hijo acostumbrado al confort del chamizo familiar, que padece la condición de vivir un presente perpetuo, aguachento, con prisas por escapar hacia no sabe dónde, menos aún cómo ni con quién, acumulando esfuerzos baldíos y deseos atrasados, quizás hasta recalar en otra oportunidad sin las tribulaciones del navegante primerizo enfrentado al índice portulano de la quimera, a la vez que desescombra astros errantes y con un ademán sacude su melena ceutí, endurece el semblante atezado, suspira por la estela de promesas lunáticas desperdigadas sobre las mareas mediterráneas y los enamoramientos aún cifrados por el prosista mago colombiano García Márquez...

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  • Beatriz, por un giro insospechado del destino, abandona su rutina como pintora anónima para asumir la vocación de mujer excepcional, en muchos sentidos. Consigue un poder más que humano, pues le permite intervenir en casi todos los asuntos de los hombres y parece no tener límites materiales a sus caprichos, tal vez el haber conseguido una fortuna desmesurada, que ensacha su voluntad hasta el infinito, tiene alguna...

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