Solo para ti
Fragmento novela: Libro de lo Natural


La canoa está varada hacia babor en los arenales, bajo un estambre de salpicaduras relucientes arrojadas a la playa por las entrañas del mar. A esa hora la luz adensa y colorea la materia, como si solo entonces empezara a existir por vez primera, con la puesta en marcha del mecanismo laborioso de la vida: verdemar, ocre, argénteo, caoba, célico, purpúreo, caolín. Una mixtura intensa y nítida que suscita en el ánimo un sosiego contemplativo. Surgen, así, cañaverales, dunas, una altiplanicie sobre la ciénaga inmensa, la malla fluvial, ramificada en corredores estrechos cuyas floraciones anárquicas exudan un néctar letal para los lepidópteros gigantes, de alas traslúcidas y trompas arrolladas en espiral, que revolotean fulgurantes, dejando un rastro de sí mismos desde los bramaderos y las charcas sin fondo del manglar, donde habita una criatura fabulosa, casi pantera, bella, casi humana, no resistible, no gobernable, intemporal. Hechiza a jíbaros, kiowas, guatemaltecos; obsesiona a castellanos y hondureños, embriaga a los pehuenches con un lánguido o leve cántico, similar al aderezo vocal con que las sirénidas sustentan el halo de su propia leyenda.
Entre las breñas del folclore, Nahui zanja el pensamiento errático, hostigado por una horma de azaleas y amacayos silvestres y alquimilas que están formando una mampara dura y envolvente alrededor del hombre muchacho, enladrillan un jardín colgante cuyas raíces crecieron hasta perder la ligazón con el suelo. Evolutivamente, han refinado una estrategia gregaria, emboscan a potenciales enemigos herbívoros, a todo rumiante, omnívoro, mamífero, humano o animal, excitadas por las moléculas odoríferas del especímen, atónito ante los enjambres de campánulas y corolas, bulbos y brácteas y peciolos que bullen, vibran, espesan remolinos sobre el nativo cuya respiración se traba con los ayocotes del polen y apenas progresa, necesita abrir una trocha a puñetazos entre el limo urticante, con los pulmones ansiosos por dar otro sorbo a un sequedal de vidrios molidos, resuella, percibe el rumor salvaje de la vegetación en un distanciamiento paulatino, queda embotado, sin presentimientos, a punto de sucumbir a la sordidez de una muerte entre verticilos. El taíno arremete contra las flores acorazadas, se tambalea y cae al suelo en un vahído, aunque por inercia logra atravesar el cerco y se zambulle en la claridad del aire amazónico, más valioso y más puro al inhalarlo a borbotones medicinales.
En un porvenir, cifrado aún entre los vuelos del alcaraván vidente, el Museo de Historia Natural(1) publicará un extenso herbario, cuya realización genera abundantes notas, tan meticulosas que ahorran el esfuerzo de repasar índices y hojear muestrarios, en busca del aroma referencial, la textura silueteada o las tonalidades precisas; entre múltiples ejemplos adheridos al hule, en gruesos volúmenes, conforme a criterios ordenadores y convenios para categorizar cada taxon, los pedazos de hongos, cortezas arbóreas, cáscaras y follaje y semillas y, en una adenda tardía, liofilizan un biotipo muy agresivo, de singular rareza, que se adaptó al hábitat aéreo.
El testimonio académico, objetivamente, confiere una veracidad retrospectiva al percance, considerado, primero, una patraña propia de Nahui. Los anudadores burócratas, propensos a enredar todo cuanto sea noticiable, dejaron una constancia notarial, pero distorsionan sin remordimientos el registro, refieren a un desvariado que vio gigantes donde solo habían remolinos de hojarasca y broza.
No poco después, durante una de tantas confiscaciones en nombre del emperador bizantino invasor, los militares trasatlánticos, al revisar cada depósito y almacén colindante al teocali y el zigurat, hallaron unos manojos de esparto, unidos con una trabazón curiosa. El brigada al mando, recién ascendido, alza la cabuya astrosa e inquiere: A ver si alguien me aclara para qué o cómo usan este enredo los indios. La interprete políglota, Mariel Tzul, siempre escueta, dictaminó: Llámense quipu, en quechua, para la escribanía. Tras un suspiro teatral, deja traslucir una honda preocupación y añade: ¿Cuándo me pagarán las mensualidades atrasadas?
En los años rupestres, el caudal informativo relevante, la contabilidad pública, el censo, las efemérides y la mensajería trillada, son gestionados por una élite especialista funcionarial. Hábil y minuciosa, maneja cuerdas simples y lianas y tallos sin farfolla, que trenzan o atan, con intencionalidad semántica, a una soga vertebral, según un código arcano, basado en nudos y colores unívocos y longitudes irregulares. El tratamiento de los datos y su parafernalia material atraviesa una actualidad de cambios oficiales y renovación total, como otras muchas cuestiones históricas, ante el ímpetu modernizador del último arconte, que ordenó un implemento más versátil y dúctil, técnicamente sencillo de aprender por sus vástagos, basado, con preferencia, en pequeños dibujos e iconos representativos del estado anímico y las cosas tangibles o imaginarias.
Nahui, tras salir indemne del ataque florido, recupera el orden acompasado en su respiración y el sentido cardinal, corrige el instinto, para poder subsistir entero hasta el siguiente varapalo. Exhala alivio, una vez, de espaldas a la marisma. Conjetura, dos veces, una apreciación, errada, sobre el clima. Rememora a los pasados vaticinadores y sus brazos extendidos tras las manos abiertas, apuntando a la perturbación sutil y los cambios en la consistencia y el peso de una entelequia sin mesura, ajena a barómetros, planisferios, brújulas, cronógrafos, sextantes, termómetros, diapasones y básculas y clepsidras; ajena a toda suerte de artefactos cuya finalidad principal o accesoria sea cuantificar, medir, tallar, pesar, ponderar y establecer que el calabobos prosigue hasta más allá del ocaso, asperjando los suelos con tanta insistencia como para remover las tierras arables y esparcir un tufo a cieno antiguo y maderas podridas. Las horas previas al desamparo que le atravesará el ánimo como una vira traicionera, el primogénito de ñamandú Yupani, del gremio herrero, y Eréndira, la partera, abandona la chinama con las energías renovadas por el acto simple de dormir. Aparta un tendal de pescados grandes y abiertos en mitades simétricas, que la vecina, Xilabela, suele poner a desecar por todas partes. Camina unos pasos y se detiene a explorar el rededor, inhala una bocanada fragante del nuevo día, cuajada de acertijos y retos. El mapuche otea la fragua encapotada, azufre, turquí, las vetas de estaño derretido y las aleaciones del celaje mercurial, cobrizo, jaspeado y cambiante entre el magma endrino que alumbra la certeza de una tormenta dura y hace descender a Nahui hasta el suelo cotidiano. Indeciso, todavía, recorre con la vista el límite selvático, escucha el latido difuso de la ciénaga, los ronroneos ásperos del yaguareté, la brisa misteriosa que murmura entre los ramajes; nota la hedentina removida en los corrales por los aleteos del ñacurutú y el gallo pendenciero; olisca las minúsculas volutas exhaladas por los tizones del ocote en las fogatas decrépitas, el azmicle mamífero, el polen de las campánulas domésticas y el flujo entreverado por la escoria y la tierra húmeda en los bancales y la urgencia del amor troceado en ascuas de impaciencia. Susurra, entonces, un pronóstico favorable sobre el talante benigno que debe mostrar luego la diosa madrina de los imposibles y las tormentas, Mama Pachácutec.
Apenas después, vuelve a inhalar con fuerza un clima imaginario, a través de la luz cenicienta. A continuación, movido por un deseo perfeccionista, en parte, más por la inercia acomodaticia del hábito, revisa mentalmente el cargamento y las pautas de una evasión que está preparando en la clandestinidad, desde mucho antes de comenzar la recolección del caucho y la siembra en los conucos. Por necesidad, adquirió un talante pensativo que algunos consideran simple lunatismo; en realidad reflexiona continuamente, se esfuerza en prever la fatalidad, las contingencias, los errores y los cálculos precipitados. Conjetura, escarba en la memoria, pues debe domeñar la impiedad del entorno oceánica, los debacles como el tifón o el volcán Popocatépetl; allende, es crucial no confiarse y bajar la guardia ante los recelos y molestias de su propia tribu. Entre los herbazales, evalua la cuenta que ha tallado a cuchillo sobre el tronco de una ceiba orientadora; esculpió un círculo y ocho florituras alrededor, ocho surcos en los puntos cardinales, ocho álveos cincelados con parsimonia ornamental, irradiados desde el trazo anular de un sol legítimo. Traduce el sumatorio de los gajos simétricos, dos repeticiones hendidas a pedernal, dos caparazones delineados para controlar el remanente de las lunaciones que aún faltan hasta el embarque sobre su curiara artesana.
Al clarear la jornada, confortado por el automatismo de la rutina, había abandonado el calvero abierto entre la espesura. Atravesó un campizal, un plantío de ñames, otro de yucas y chile, tres ejidos, casi a la carrera, como en volandas. Saluda al talludo Milcíades, un promotor que lleva días devanándose los sesos para encontrar utilidad lucrativa a un enorme aro sacado de entre las taropés del estuario. Al final, durante un mercadeo en Tecnochtitlan decidirá llamarlo rueda.
El guaraní no se detiene, no adiciona charla banal, embullado por su propio empuje previsor, aunque firme y atento a la curiosidad vecinal, pues le obliga a mantener la coherencia y normalizar el argumento con que justifica sus frecuentes ausencias. Ha seguido un trayecto sin variación a los alfaques, inventará argucias similares para ilustrar su pesca espuria, ha trazado rutas por dimensiones abstractas, por tierra, incluso, volando como un albatros, mediante dos adminículos atados a los brazos. La falta de aparejos o la impericia, pocas veces, le llevan a lucubrar soluciones alternativas, claramente imposibles o delirantes. Entretanto, despedazó y construyó siete veces la misma chalupa, repasada con tantos lijados, omisiones, añadidos y mejoras que parece una nave futurista sacada de un cromo del adoratorio, donde había observado juncos orientales, un críter chileno, urcas españolas, faluchos, naos, galeras y un esquife. Para la prueba definitiva, podrá a remojo la balsa, será cuarteada bajo la ardentía estival, padecerá el estropicio de un rebaño de pezuñas y las ensambladuras sin calafatear harán imposible la navegación. Por esas inconveniencias, el plan en agraz está atascado entre las arenas, parece condenado a un presente sin progreso, cavila andando el hacedor carpintero y pone una mano en su pecho, para sujetarse el alboroto de un corazón zaherido por la duda y los desplantes del soberbio Irepane Tonatiuh.
Rebasa el último pehuén y enfila hacia la fragosidad por el desfiladero, ajeno al panorama anubado, que, a rachas, deja caer una masa atronadora de raudales primigenios y protozoos y esporas mezcladas con barro y anélidos y medusas embrionarias, durante un fenómeno extraño, que ha convertido el bioma en un pastizal y anega hasta los rincones más escarpados del espíritu. La persistencia del aguanieves, la hambruna, el ansia, o todo a la vez, hacen perder los estribos al guatemalteco, simplemente harto o hastiado de trampear contra los retardos y las veleidades diarias. Hoy le parecen una maldición, un juego cruel con que los dioses contrarian la misma sensatez. Por ejemplo, esa llovizna pertinaz, abrumadora, que empapa la normalidad, conforme a quien se habituó al confort y las facilidades del ámbito doméstico, se ha convertido en un modo soterrado de aguacero, similar a un absurdo, idéntico al delirio, un pasatiempo lúdico para celícolas, una malandanza, un albor recursivo, el preludio o la ira, un tembladal que emboza los sentidos, confunde el flujo sensitivo y los ensueños y la recordación, por un repente visceral del yucateco. Debo irme lejos, murmura o piensa a voces o entresaca de la imaginación. Empero, carece del utillaje y la práctica y el artificio locomotriz con que emigrar al instante, tampoco sabe dónde están las Europas o hasta cuándo esperar ni cuál será el augurio favorable o la ocasión propicia, aún menos, cómo ordenar la cabuyería de avatares que la suerte enreda e hila continuamente por entre los cañamazos del destino. El constructor de chalupas desafía las limitaciones impuestas por su cualidad humana, cita a los poderes incognoscibles, torea a las fuerzas telúricas, para infundir ánimos a su ego y atajar, así, las malas ideas y confirmarse, en resumen, aquellos propósitos hacia los que pugna su espíritu geminado, pregona a nadie: Encontraré el rumbo.
Descalzo, semidesnudo, analfabeto, sin experiencia náutica, refrenda, a solas, el índice portulano de la quimera, enfurruñado, desescombra los astros regoldados por el ombligo del mundo desde la altiplanicie donde los años dejan de ser una carga para los hombres. Sacude su melena mojada, con un movimiento brusco de la cabeza, demuda, endurece el semblante y escucha, o recuerda haber escuchado, distante, el acuario del mar dormido, su resuello de patriarca grande, el tintineo de las sepiolas sonoras y los hipocampos preñados al levitar por sobre los dominios hialinos del fucal y las madréporas que crecen hasta la cornisa tectónica y, en ese borde tenebroso, detienen su avance ubérrimo, para formar colgaduras, retorcimientos, racimos, y figuras arbóreas que se descuelgan sobre la quincalla y los romances cantados y la atmósfera polvorienta de un antiguo galeón hundido.
Nahui emerge del aguazal legendario, abandona el boscaje de los misterios sabáticos y recompone el semillero de hojas borroneadas por los enamoramientos líricos del prosista mago colombiano, escribidor de unos emblemas que tardará años en descifrar.
La víspera, había aprovechado un novilunio para profanar, sin permiso de nadie, el recinto del palacio sacro, un edificio inspirado en las ilustraciones que guardan tras los sagrarios. Tiene apariencia de pirámide, un pórtico orbicular y un ardid de puertas falsas y una columnata donde se enroscan las yedras en maraña, disputándole el espacio a las fumaradas narcóticas que serpentean desde los calderos colgantes, para esparcir una miscelánea de olores entreverados: vainilla, opio, trementina, corota medicinal; como un tegumento que impregna la piel del intruso, dejándole un estigma delator. Ha repasado el peristilo en busca del único acceso al vestíbulo principal, oye un graznido tétrico y piensa: un olopopo sobre el ahuehuete. Solo cuando concluye la exploración y llega al límite del soportal sin haber resuelto el problema, vuelve hacia atrás y emprende el mismo itinerario en sentido inverso. Investiga con parsimonia, se detiene en todos y cada uno de los treinta y tres portones engañosos, resopla, hasta que regresa al primer dintel, empuja el tablazón, con los dos brazos estirados y una rodilla flexionada y la cabeza gacha; sin consecuencias inmediatas, perservera, vence, inspira un leve crujido al leviatán y murmura: No es un mundo para débiles. El lema surte efecto, enardece su ánimo y golpea con la frente el nogal duro, oye el aldabonazo seco del retumbo, embiste de rabia, como el uro cornupeta hasta que los brazos se pierden en el chirrido de los pernios que giran lúgubres y producen la ventolera de una lechuza grande con sus alas ruidosas y el exabrupto del alferez al mando que ordena a los trogloditas revisar el perímetro.
Nahui deja la ménsula, rebasa el soportal, cruza el portón entreabierto, entra al ámbito de fondo marino donde los visitantes pierden la certidumbre del tiempo y los remordimientos se materializan sobre el resplandor de las candelas, persiguen al intruso por el reborde del hemiciclo granítico que emplean los transportadores para dirimir los intereses comunitarios. En los recovecos, descubre el espanto de los sarcófagos verticales y las salamandras quiméricas y los escarabajos ciegos que aparecen fulgurantes entre las vendas arrolladas de las momias faraónicas, dispuestas en hilada. Para orientarse, ultima una composición del lugar, recompone la fachada, la majestuosa escalera piramidal, de cuatro lados y cuatro escalinatas, más grande y laberíntica por dentro que por fuera, el frontispicio cargado con lacas y vidrios naturales y plumas tornasoladas de aves paradisiacas y colmillos hiperbóreos de mastodontes que nunca existieron en los trópicos. Esboza una instantánea del enclave, incluye a la soldadesca, que restringe la circulación a quienes no sean escriba interprete, un maestre sabedor, una sibila, un augur, el curador, las oficiantes, o no dispongan de salvoconducto expreso del caudillo; ergo, franquean la entrada a determinados personajes y gremios.
En el retén, poco antes, había llegado un relevo, un temblor sísmico, un estrepito de guardias membrudos y bastos, entran y salen del foro. Los trogloditas sustituyen a los pitecántropos, gruñen, portan el arma reglamentaria al hombro, un tronco membrillero con forma de muslo aviario. Nahui aprovechó el trasiego, moviéndose entre los claroscuros, sigiloso, mimético, rebasa aledaños, elude celadores persistentes, aguanta la respiración, agazapado para ofrecer la menor evidencia ocular, ante la novena sibila emperatriz lectora. Está cerca, llega, levita, suspira, sobre una alfombra solemne que los eunucos van desliando a su paso y esparcen cálices de tulipanes iridiscentes y dádivas y pétalos arrancados a las galabarderas y los pelargonios. Flota en un halo mesiánico, melodioso, lánguido, almacigado; bajo el palio de glasé, envuelta por una comitiva ordinaria, hieródulos, fámulas, recitadores y custodios zoomorfos, tras los arpegios exhalados por un instrumento exótico, una herradura grande con un sartal tensado de hilos sedales que un doncel artífice hace vibrar mediante la yema de los dedos. Solo cuando escucha distante el boato musical, enfila por un corredor idéntico a otros muchos, preguntándose cómo ha podido llegar hasta esa situación de hondo desamparo.
Luego pugna contra el abatimiento y encuentra una pléyade hembra de sacerdotisas vestales, cercadas por turíbulos y antorcheros humeantes que alumbran un ilapso o un arrobamiento múltiple, encuentra a un hierofante inmerso en el oficio de inventar o descubrir y esmerar las nociones recónditas entre la alhajera fortificada, repleta aún de misterios irresistibles para la curiosidad temeraria del intruso. Tras una sucesión de cámaras hipóstilas, cada vez confusas y restringidas a la luz natural, tropieza con un amasijo de hebras e hilos, marcados por los nudos del pasado, oye voces espectrales retumbar en su cabeza, aparta promontorios apilados sin un criterio definido, fardos que se desbaratan al mover una materia cuya fabricación resulta imposible para los conocimientos técnicos de las generaciones anteriores, revestida por la pátina del prestigio preternatural y el valor utilitario, conforme a los sabedores hermeneutas y los maestros gramáticos, pues es el modo con que los heraldos espirituales comunican a la humanidad sus mensajes cifrados, terrenales, sublimes, mágicos, excelsos, pintados, hendidos, escritos, estarcidos y dibujados o compuestos mediante protuberancias, relieves, incisiones, trazos o florituras, en un idioma ajeno a la población humilde y lenguaraz de Tlatelolco, Icahuate y Guachichil.
Los jeroglíficos y cómics y cartillas se acumulan por los pasadizos y las habitaciones y los sótanos. Son páginas sueltas, cartulinas bastas, cartón corrugado, cartoné, códices desguañangados, misivas que perdieron su hálito romántico, cartas plomadas, cédulas condales, guías e informes, bulas, trípticos, dípticos, pragmáticas y albaranes y folletos y encomiendas irritantes. Químicamente, es papel, calco, lija, moneda, higiénico, de vitela, verjurado, absorbente, térmico, de estaño. Ha navegado desde el hechizo, toma tierra en cada avalancha, o aluvión, o escorrentía, y, a su tiempo, las manos analfabetas recogen, sin fervor, cada emblema e infolio, los tesauros y libretas que después atiborran el cenáculo y la bóveda de análisis donde está Nahui.
Todos los clanes disperdigados por el continente, desde los principios de la pesadez del tiempo, son rivales acérrimos, encadenan batallas, refriegas y escaramuzas, sin conceder una oportunidad a la clemencia o el armisticio. Articulan, históricamente, una sola gran guerra universal, como apuntó el mariscal de campo, Andrew Tercero Smith, que llenaba el ocio diseñando filigranas con palillos. Anotó en su diario personal que la lidia interminable, como una plaga endémica o una fiebre epidemial, supera la lógica del producto cartesiano, porque cada ejército puede escindirse y luchar contra sí mismo, en las mal llamadas peleas civiles. Los mazatecos aplastan a los andinos, éstos a los cipayos, que, antes, hicieron capitular a navajos y cupeños. El pábilo belicoso prende por cualquier pretexto: espejos y esmeraldas, heredad, sabiduría, por codicia, mujeres hembra, prontuarios de hechicería, siervos y, sobre todas las cosas, para obtener el dominio del fuego primigenio, cuyo encendido nadie conoce a ciencia cierta. Es invulnerable a los vendavales cuando lo atizan con un acíbar oscuro y pegajoso, extraído bajo los pozos que descubre la prospección.
Las llamas y su manejo controlado cambiaron la manera en que los clanes subsisten. Al suprimir la ingesta de carne cruda, han favorecido las digestiones y el buen humor; mediante la alquimia de la combustión, hallaron el modo de fabricar herramientas resistentes, anzuelos, hastiales palatinos, aretes y avíos cortantes o incisivos, azagayas y machetes capaces de atravesar cráneos y escudos. El arconte conquistador de la antorcha del poder, Ochpantizli Cuatro Pico de Azor, embriagado por el logro, decretó el advenimiento del almanaque sensato, durante un discurso ante la muchedumbre, que remató con el mismo énfasis trascendental: Pues ya no somos animales. El faraón ilustrado, conmovido por la pira deslumbrante, ordenó edificar el sanctasantórum, una pirámide imposible cuya albañilería hará devanarse los sesos a las generaciones venideras y encumbrar al baluarte promotor de la modernidad y el bienestar del pueblo.
Por esos antecedentes, una sombra había traspasado la cerca disuasoria, atravesó los nidos de púas, violó el preámbulo que conduce al dédalo de corredores y habitáculos litúrgicos, esquiva momias, trampas y conjuros que maldicen al profanador, halló las aguas míticas atribuidas a la tercera emperatriz maga como remedio para conservar intacta la lozanía del cuerpo y diáfano el pensamiento y apacible el carácter. Apenas se entretuvo con los efluvios tibios que ascendían desde los manantiales de las termas, evitó recrearse observando a las ninfas y efebos que adiestran en el refinamiento amatorio, no vió las jaulas y los quirófanos especializados en prácticas de hibridación entre especies. La incursión llega hasta el límite del ramal, tantea, agarra un manojo de mensajes tan endurecidos que al caer suenan y se despedazan como los barros horneados. En un momento y lugar diferentes, Efraín Malaspina, alguien capaz de interpretar el idiolecto del lémur (2) , traspasará a cuartillas los contenidos impresos y obtiene, por resultado, una redacción pulcra, legible y sorpresiva.
Nahui, suspicaz, bajo la llovizna, revisa el curricán con que ató los cuadernos robados, cuyos interiores trashoja, convencido de rozar con la yema de los dedos una cáfila que alinea diminutos cadáveres, hormigas o jejenes, planos a la fuerza, quizá lágrimas eneolíticas derramadas por la diosa Hatuey, que cayeron sobre las extirpes. Solo cuando acomoda el atado debajo del balandro, en el mismo claro donde laboró todos los días, entre el follaje selvático y la desembocadura del río navegable, cede a la furia y prorrumpe en un arrebato, despotrica, enronquece, zarandea unos árboles menudos, intenta arrancarlos, lanza una diatriba contra no sabe bien qué o quién, pero claramente responsable de su malestar. Expele un batiburrillo soez, cerrado a la comprensión, farfulla incoherencias que no entiende, todos los fuegos, el fuego, pantaleón y las visitadoras, el beso de la mujer araña, la región más transparente; trastabilla sin pausa ni contención, va desgranando la mazorca de sus adversidades, ciertas o imaginarias, hasta que únicamente le queda en la mano crispada una coronta, con virtudes orientadoras, que le guiará por el desvarío hasta el reino civilizado cuyos habitantes aprenden a leer la estrellería siendo apenas benjamines. Nada más desfogarse, enjugó la frente ceñuda usando el reverso de la mano abierta, toca el flequillo lacio que suele recortar a capricho, con el borde filoso del caparazón de un armadillo. En los intervalos ociosos, se entretiene acicalando el contorno y los aladares a su melena azabache, los mechones tintados y las guedejas retorcidas en hilvanes que entrechocan con los gestos y tintinean apenas, anunciando el ornato de las caracolas mínimas y los zarcillos mágicos regurgitados por la bestia decrépita de la gruta volcánica y cogidos, después, en los recesos, para distraer el tedio y calmar las ínfulas orfebres, ebanistas, eborarias, rutilantes, tejedoras y estilistas; durante un lapso sin demonios donde no ocurre nada distinto a colectar resinas maleables, fulguritas y semillas ebúrneas del corojo panameño. A continuación o en un momento propicio, con herramientas toscas, elabora, recorta, bruñe y consigue formas originales o conocidas, aretes, poliedros, gotas esmeriladas que adiciona a los aljófares, engarzadas entre limaduras óseas de dinoterios y osteolitos y minúsculas plumas de colores que cayeron bajo los ponederos de las aves tropicales y han terminado por infinitos azares en la melena de Nahui Yupani.
Un cóndor aparece en el confín, quizá un águila o el urubú tétrico. Desciende en picado desde los avernos del cielo aborigen, obedece al hambre, al brillo de los oropeles que subyugan su instinto cazador, para trazar un vuelo ofensivo, balístico, raudo hacia la carnaza perpleja, cuya reacción es biótica, hormonal, no aprendida. El homínido pondera y dirime alternativas, infiere desenlaces, circunstancias factibles, ante un elenco limitado de posibilidades: morir, luchar, huir.
Durante la tesitura, acuciado por la urgencia, ha oído por vez primera una voz gravosa -su conciencia reflexiva- tan enfática que busca en derredor a un enemigo material. Fisiológicamente, cada reacción intensa, quizá por genética, edad o temperamento, deja al mapuche melancólico, perdido entre seres y cosas absurdos, muy diferentes al vigor planteado por las piedras brillantes y las evidencias de los caramujos, cuyo rastro permite desandar la senda equivocada. Fatigado, concluye el debate íntimo, asume una directriz o un lema ordinario, válido y universal: Vive, sobrevive, protege tu existencia, protege la vida. El coraje de sus ancestros aflora, fueron guerreros, vencedores, conquistaron imperios; un algo bulle por su torrente sanguíneo, improvisa una estrategia, sin armamento, sin camaradas. La vida diaria exige una praxis. El pensamiento crea acción, por consiguiente, el instinto relampaguea, mueve y estira los brazos al frente y hace restallar una sola palmada, sin retumbos sobrenaturales ni zarandajas místicas, fuerte, tajante, resolutiva, capaz de amedrentar al buitre saxátil del desánimo.
Recién, una peligrosa sensación de supremacía le transporta a la edad en que había cumplido la condición legal para emanciparse. Divaga sobre hechos pasados y presentes. El rigor normativo lleva a los quintos a una enorme cabaña cuartel, donde alistarse y participar en una ceremonia iniciática, más otra de clausura y un adiestramiento heterogéneo, que mezcla el cariz cívico, lo militar, el trasunto religioso y formativo y la dimensión mística y reveladora. Considera el programa de aprendizaje en su totalidad y deduce que no fue preparado para repeler el ataque de las bestias, aunque asimiló el nivel teorético y la técnica útil, como el resto de cadetes, iniciados sin especialidad ni oficio concreto. Para obtener el visado verde y la total capacidad jurídica, aprenden idénticas generalidades, la mecánica del apareamiento, el valor dado a la familia, el origen de los clanes, una materia troncal extensa, manipular el curare, hacer mortífero el roce del dardo, el abatí analgésico, cómo elaborar charape o manipular el tósigo, métodos de combate entre adversarios trabados que al golpear usan cualquier parte de la anatomía, excepto la pierna amarrada con lianas a un tronco.
Las asignaturas, ordenadas por la ancianidad rectora, permiten adoctrinar, instruir y aculturar. Siembran una mentalidad de respeto a la ley, a los mayores, al arconte, insuflan la savia del odio hacia el enemigo y nutren el espíritu para conseguir una actitud responsable que ayude a sopesar, con templanza, los actos propios y sus consecuencias.
Las sucesivas victorias militares del general vaivoda, Ochpantizli Cuatro Pico de Azor, han ido añadiendo estratos al bagaje del conocimiento, porque rematan el saqueo, la invasión o las campañas de represalia, y respetan, después, el orden establecido en las aldeas conquistadas; más aún, absorben las costumbres foráneas, el acervo tecnológico, los ritos matrimoniales o funerarios, incluso el modo de copular, durante una transición que altera la rutina social en los vencedores y deja intacta la cultura de los vencidos, completando, así, una paradoja histórica.
La escuela, monasterio, cuartel y laboratorio, Calmécac, filtra al alumnado según sus aptitudes. Unos aprenderán procedimientos rituales, curación gestual y preservación del fuego, los novicios. Otros, reciben entrenamiento específico que endurece el carácter y aumenta la tolerancia al dolor intenso: son los cadetes. Una minoría, favorecida por influencias familiares, aprenden a mandar, simplemente. En el internado, los conscriptos practican el compañerismo o la camaradería, comparten valores y penurias, fraternizan, beben atole o pulque, mastican coca y fuman cáñamos y hojas arrolladas de tabacos cubanos. Aprenden a hombrear (3) .
A las primeras sesiones lectivas comparece el mago etrusco de claridades, Jimagua. Habla como si pintase, exhala colores y formas simples e imprime a la voz una entonación que atempera el ánimo turbulento. Nahui descubre una vocación sin porvenir, abstraído en la elocuencia con que el sabedor ordena y distribuye las palabras, para inducirle a comprender las cosas inmateriales y percibir aquellas otras lejanas en el espacio. Seré orador, se propone, sin entrar en detalles.
Otro día, bajo el umbráculo de framboyán, tras imantar el interés del estudiantado, la alocución adquiere opacidad, pues casi nadie logra entender al dómine gramático, que piensa a voces, habla sobre nudos e ideogramas. Defiende la conveniencia de modernizar todo, las costumbres, el idioma, la representación del idioma, dar un significado pleno y único a los símbolos que unidos formen palabras y éstas oraciones. Los hombres y mujeres, a todas horas, deben comunicarse y, por tanto, necesitan una herramienta y un método sencillo y fluido de entendimiento, más intuitivo que los jeroglíficos, menos parsimonioso que las tablas cumplimentadas con punzones, menos enrevesado que las miniaturas artesanales.
Fuera del aula, el desespero del coatí atrapado por unas fauces hambrientas dejó en suspenso la cátedra informal y en consecuencia la última proposición pasó inadvertida por la escorrentía de alumnos agolpados contra la tapia, excepto Nahui, sentado sobre la estera del sagú, se pregunta cómo la escritura refinada moverá los engranajes de la civilización y concluye: Seré vocabulista, aunque evita profundizar en la cuestión.
El hijo de un metalúrgico y una comadrona tantea entre aquellos rescoldos, como luciérnagas que alumbran un instante, ansioso, hipnótico, sorpresivo, lapidario; un hito inaprensible y fugaz en la torrentera de acontecimientos, una locución rescatada desde el olvido por sus connotaciones moralizantes, pues menciona la falta de humildad en el corazón avariento, que mata o muere por negar la evidencia. El venerable había resuelto, antes, las tribulaciones mercantilistas de Milcíades, con una afirmación candidata a repetirse en las asambleas letradas: La rueda no vale para la jungla. En consecuencia, cumplió la imaginaria esa noche rumiando el sentido profundo del adagio, hasta darse cuenta de que el amor nunca progresa ni germina en la mentalidad hosca.
El temario es amplio e impone celeridad, un ritmo sin circunloquios, suficiente para abarcar los múltiples problemas abstractos y la profusión de incognitas aún pendientes de exposición.
Una vez en el semestre lectivo, tras postergar a un ministro espiritual y a los ecuatorianos y sin permiso del oficiante oArmin van, un astrólogo enjuto y melenudo, de maneras amplias, sin presentarse, clava tres estacas en el suelo y apoya una pizarra grande e irregular. A continuación, dibuja a tiza unos garabatos y disuelve la entelequia inquietante que envuelve su presencia. Habla con afectación, como una mujer que intentase parecer varonil, señala el grafo, asegura que el almanaque autorizado está confundido, por error u omisión. Mediante la estrellería y los cálculos basados en los tránsitos del ciclón Beyoncé, las efusiones del volcán y los novilunios, y las cábalas verificadas por otros contadores y magos aritméticos, ha unido evidencias fragmentarias que apuntalan su tesis o acaso esconden una chispa subversiva. Resume un desajuste en la contabilidad de las estaciones y un devenir ilusorio del tiempo, por cuanto que atraviesan una era posterior a la reconocida por los decretos, posterior a las lunaciones que todavía manejan las generaciones más añosas. Propone un corolario, sin ocultar su intención doctrinaria. No están auspiciados por el intendente dador de buenaventuras, siendo oportuno elevar los ruegos y plegarias y hacer promesa al regente Otihuacán, el Supremo, para que interceda y ataje el mal fario.
Los discentes toman nota, la conflictividad, el descontento popular, los triunviratos recursivos, los pobres cada vez más ignorantes y satisfechos del rol asignado, la enemistad entre paisanos. Empero, en plena efervescencia hormonal, hambrientos de femineidad, deseosos de graduarse con honor, evitan impresionarse con anacronismos, dialécticas, elipsis e inducción subliminal a permitir, alentar o suscribir una rebelión civil. Mejor dejar las cosas como están, deciden al unísono, saber mucho es tan malo como no saber nada, dicen para sus adentros, sin percatarse del estambre de coincidencias urdido por el espíritu común.
El preceptor cierra un preámbulo, meramente tangencial, dilata un silencio estratégico, o crea intriga o confiere solemnidad al asunto obligatorio, esta vez coherente con el programa oficial.
La capacitación exige aleccionar sobre el poder del fuego nuevo, una realdad custodiada por mercenarios y aporreadores, a las afueras del templo helénico, frente al adoratorio de las deidades mundanas y las estatuas de barro cocido donde aherrojan a los genios malignos detectados por la profetisa que aparenta ser una ninfa pubescente y es capaz de anticipar el fatum olisqueando a los consultantes.
En los dominios del palacio de encantamientos, hay talleres regidos por maestros orífices y especialistas manuales en la espagírica, que labran piedras y minerales, pulen metal, siluetean amuletos; junto al callejón de las curtidurías donde tratan el papiro. Echan cal en un agua purificada, añaden cortezas del jonote que aplanaron mediante guijas, esperan un hervor, más tarde, el parvulario es llamado al orden, para rematar la cadena de procesamiento: frotan las gruesas rodajas con cáscaras rugosas, advertidos de las consecuencias en forma de regañina o azote si no trabajan rápido y en silencio y obtienen, al fin, una lisura sin tropiezos en cada una de las obleas con que los sabedores están sustituyendo el modo de producir, almacenar y transmitir la información escrita.
El progreso tiene un vórtice, como las trombas de agua. En la edad sensata, son los prácticos innovadores alcoholeros, pues parecen mover el clan, dada la predilección y los favores desmedidos que obtienen de los burgomaestres achispados. Antes del favoritismo, han sabido mezclar, con buen estómago y mejor tino, hierbas y raíces y frutos; usan enormes calderos para destilar un sinfín de permutaciones y variedades fermentadas de agave, mezcal, licores espirituosos y angosturas, cuyo grado de causticidad, dulzura o amargor y su nivel etílico evaluan haciendo beber la golosina a los prisioneros esclavos. Adyacente al gorgoteo en el aire aromático de las bodegas, ubicaron el área de investigación. Ocupa una chinama endeble, sujeta por cuatro estacas esquineras y cuatro paredes con adobe y una cubierta de zarzo y juncos. Al raso, un manito inventor chasca pedernales, cuarzos, pórfidos, convencido de que, tarde o temprano, una miga incandescente prenderá en el haz de fajina.
Más allá de la polución acústica, se extiende el distrito suntuoso de los bohíos ministeriales, desde donde los archimandritas y dignidades contemplan el redondel empedrado con obsidianas y sortilegios protectores, que acota la hoguera grande y viva del poder natural.
Entre los humildes, nadie ha conseguido acercarse, pero saben que está allí, oyen la cadencia monótona del canto coral de las mamaconas y las ménades pitonisas alrededor del enorme animal asmático, rusiente, cubierto de encrespaduras y filamentos, oyen el crepitar, los crujidos lastimosos en la leña, la virulencia de sus eructos, que espolvorean un asterismo radiante cuajado de espigas fugaces. Hasta el quinquenio del tecnócrata, Outube, no descubrirán la manera de reproducir el milagro. Hasta entonces, hay un solo hontanar de greñas candentes y tizones y favilas, que devora la pinaza y desafía el entendimiento, alimentado con hulla y fermentos de un sapropel compacto y gelatinoso, extraído mediante una minería penosa.
El horno prodigioso y su halo llameante atraen a los moradores de predios e islas remotos. Llegan con un cetro trémulo o un cayado o un caldero que también usaron como tambor, tras los últimos embates monzónicos o algún pillaje devastador, convencidos de que el negocio amistoso y la diplomacia generan un beneficio mayor al obtenido por la fuerza; se llevan las manos a la cabeza, dejan claro que su situación es crítica, desesperada, y entre lamentaciones ruegan que alguien me haga el favor, por la deidad Jurupari, de avivarme este rescoldo cabezón.
El tropel de peticionarios, aduladores, espías y devotos, desborda la alquería con tanta frecuencia que trastorna la convivencia ordinaria y el equilibrio tribal, hasta considerarse un problema de estado, cuya resolución, necesariamente ecuánime, situó en una encrucijada al pretor archimandrita, Amacuro, lugarteniente del arconte. Es un hombre retraído, aunque otros polemistas defienden un criterio diferente, puntualizan que desarrolló un talante reflexivo y cauto, por o para prevenir la maledicencia.
La cordonería de los nudos biográficos retratan un semblante adusto, unas manos entrelazadas a la espalda, una doncella fenicia que sigue por la finca a la silueta pensativa, va difuminando sus huellas, por una creencia supersticiosa y un fervor maternal. El tribuno, entretanto, admite el método para confundir los acechos a la chachalaca de la muerte traicionera y entorpecer las confabulaciones del estamento terrateniente, la oficialidad plenipotenciaria o la clase funcionarial, como si al discurrir paseando dejara un óvalo narrativo de incriminaciones sin rigor probatorio, que deben ser borradas al instante con el mismo empesador despeluchado de raíces silvestres que usan los tejedores para atusar las urdimbres del lienzo. Luego, este sentido exacerbado de la prudencia induce a los detractores del lexiarca sabedor Amacuro a propalar campañas difamatorias, a torcer el equilibrio del talión. Amparados en las muchedumbres, extienden sus sentencias paralelas, una legalidad ejecutiva, forzosa, apremiante, que favorece un caciquismo más severo al atribuido a los cuestores burgomaestres, en el torrente sin mesura ni enmienda de la malicia humana y la firmeza tardía con que nacen muchos edictos relacionados con discordias, machetazos, amojonamientos fraudulentos, dotes falsas, cláusulas disparatadas, esposos libertinos, tahúres, martingalas, hostigamientos, repudios y afrentas y saña. Todos cercados por el aura pensativa del oráculo inminente, ajenos al haz de nervios tras el pensador acostumbrado a la veleidad de los regentes y al trato aséptico con las diecisiete emperatrices insaciables, habituado a la digestión favorecida mediante tisanas de anís y eucalipto del dios caudillo emperador. Un magistrado fiscal atento a los impulsos de la casta que levanta imperios pero cuyas fluctuaciones pueden, también, aniquilarlos; un sabedor avezado en los rudimentos de la plática y la oratoria persuasiva, verbigracia, justifica la lentitud con que transcurren los asuntos formales dando a entender la irrelevancia de la voluntad humana en el orden burócrata: Las cosas de palacio...van despacio, asevera, entre sarcástico, formalista e incluso entrañable, según la sensibilidad femenina.
En los preludios a la sentencia, le vieron cogitabundo, inmerso en su parafernalia conceptual, alambica hechos, detalles accesorios, considera la casuística, atiende la jurisprudencia, el parecer popular, tamiza el fárrago, usa el cedazo del sentido común y extrae, así, la savia resolutiva. Con el veredicto enmarañado en una cabuya de bramante, se hace asequible a la población, parapetado entre la escolta de auriñacienses cejijuntos y guturales, dirige a un vocero encaramado sobre el brocal del pozo.
Esa fecha, reconvino a las mujeres por azuzar a los maridos, disolvió la turbamulta ruidosa que vindica el derecho a no sentirse extraña en la propia tierra. Pidió respeto, solidaridad con los males ajenos y paciencia con los propios, pues esos enjambres molestos de migrantes, hortícolas y pedigüeños tendrán su remate cuando aprendan a buscarse la vida y chascar el cuarzo y enardecer la yesca. Era una apreciación judicial, controvertible o no, repetida en su literalidad en el campamento monástico por un proveedor con pretensiones incendiarias, parco de carnes, mirada oblicua y rostro apergaminado.
Nahui, junto a la barcaza, vadea aquel tempus inventado, los duermevelas, el reglamento que infringió una tarde para barzonear al raso, fuera del convento, agobiado por la fauna de su jungla interior y los estímulos contradictorios, la serenidad simultánea al azogue que el amigo hermano, Irepane, suscita en su cabeza. Solo cuando pierde el rastro al ocelote cachorro que ha perseguido, entretanto, para desclavarle un coendú del lomo, aparca el nervio analítico y las ideas recurrentes, conmovido, de súbito, por la crueldad del ecosistema y el ciclo de la vida que se alimenta de vida. El novicio, durante un impulso espontáneo hacia las causas perdidas de antemano, emprende una campaña absurda, una cruzada redentora, para corregir el orden primitivo, donde no existe la compunción o la caridad, pero sí el dolor factorial y el pálpito tibio de cada abejaruco y cada presa rescatada en las despensas punzantes del alcaudón.
Había cruzado las orillas del río caudaloso, ardiente, infestado de machos caimán y didelfos ventrudos y enjambres erráticos de insectos luminiscentes, que pululan por el esenciero de olores estancados, recalcitrantes, fugaces, caóticos, lineales, yuxtapuestos, sucesivos, paralelos; a ráfagas, en procesión, trenzados en ramales, para producir la alucinación de aquello que no está presente: marisco, orquídeas, fruta podrida. El caminante no se detiene ante los retazos flotantes a la deriva, que parecen haber emergido desde el fondo de un báratro, pues carecen de nombre propio y consistencia descriptible, luego, nadie prestó atención al relato oral y la abundante gesticulación usada por el recluta para hacerse entender. Había visto un basural en la torrentera, contuvo el aliento al paso de la cadaverina emanada desde los cuartos traseros del último elefante amazónico devorado por la fiebre industrial, vio recipientes y albarelos abiertos por cuyas bocas sobresalen mechones de vitriolo que azula los derrelictos y abandona un reguero de serpentinas mefíticas y estelas de sulfatos y un vapor mercurial que quiso asir con las manos sumergidas en la corriente neolítica. Zascandilea. Oye el bramido del centinela que sopla a través de un cuerno enroscado, pulido, riguroso, una vez, a la hora en que la morriña y los anhelos se confunden y las crisálidas imposibles elevan vuelo, una plegaria de adioses cenicientos, dos mugidos reverberan por el soto, tres retruenos ponen fin al arrebato sin porvenir. Llaman a retreta, advierte, y como un junco destensado, regresa a sus obligaciones regladas, cargado de ideales, agobios y cuitas sin resolver.
Por la ausencia, es sometido a un juicio rápido y castigado al confinamiento en un bajareque, tan estrecho que le obliga a dormitar en cuclillas, privado de dieta, lame el rocío sobre las hierbas forrajeras, alcanza a sorber algunas campánulas que descuelgan por entre los mimbres, incluso, apresó un colibrí al vuelo y obcecado por el hambre, desmochó el alimento vivo con un solo mordisco cavernario.
Desde entonces, gobierna en el mechinal, cercado por varales, guijas y pellejos que atraen a las moscas, piensa, o recuerda haber oído o soñado anteriormente: "Fui, soy, o seré, el heraldo invencible para quienes nacen predestinados al sufrimiento". La penalidad está consiguiendo un efecto contrario, pues alienta la misma desidia y dispersión mental que está intentando corregir o castigar.
Al término del encierro septeno, embrutecido, le encontraron orinando a chorros liberianos, sin sujeción, contornea la cintura ajeno al sometimiento y los eventuales desaciertos en la puntería, regando de adioses primitivos la deuda carcelaria recién cumplida. Irepane ha preparado un agasajo de acocotes y accede a ponerle al día, y hace un repaso abreviado sobre las enseñanzas perdidas, aunque elude las martingalas abstractas o metafísicas, comenta la plática agorera, los vaticinios bisbiseados por una doncella arúspice con piel de alabrastro. Resume el advenimiento virreinal, los marineros con rostros peludos y cuchillos largos que parten las garrotas. Viajan en chalupas grandes como aldeas y obedecen a un gurú engolado cuyo ojo extensible le permite acercar los objetos distantes. Traerán la enfermedad de la risa, el sarampión y la viruela, el catecismo, nos traen remedios vulnearios, saben cegar hemorragias y fortalecer a los tísicos, mentarán a Camilo José Cela, regalan miel, música alegre, coplas españolas, caballos y artilugios vistosos, como alas de murcielago, con que espantar la flama.
No importa, pensó, el aborrecido por las estrecheces, incomodidades y carencias del calabozo, infiere que el agrimensor más avezado fija los límites terrenales en el pliegue panorámico hasta donde alcanza la vista, por ende, el anuncio de ultramar no será distinto a una superstición colectiva, allende, contradice las señales fosforescentes de las noctilucas, que, de vez en cuando, o con una frecuencia esporádica, salen a propulsión por el llamazar y pronostican el amansamiento de las bestias y la feracidad en los cultivos y la convivencia pacífica entre las tribus.
En los arenales, el charrúa cerró los párpados, por un acto reflejo ante una ráfaga jaspeada de polen o arenisca, un avatar no anticipado ni presentido, que agrava su mentalidad a la defensiva y su endeble manejo de la frustración, consciente de que la cabeza retardada ayuda a morir deprisa en la jungla; diciéndose la misma amonestación que se había hecho una vez en el cacaotal, antes de vislumbrar a la marismeña yanomami. Surgió por entre la claridad, arrogante como una deidad rupestre transitando el mediodía. Sobre los antebrazos y contra los pechos pletóricos porta una badana con acículas y grelos, en cantidad suficiente para mullir un tálamo todavía sin candidato. Anda envuelta por un halo esplendente de inocencia y una falda floreada y un peculiar cerco de beldad, homínida, saludable, mayestática, más aún, deífica, tangible, terrenal, cejijunta, asilvestrada, terrosa, sólida, otra vez densa, olorosa, ajardinada, marfileña. El observador, sin pensar que añade más ponzoña al venablo del oprobio, casi asalta a la mucama, bajo la sombra alargada del bucare protector. Al observar a Maru Duchicela, un pensamiento relampagueó tras su frente cubierta por un flequillo recto, omite el saludo de cortesía y le espeta un consejo que resultó sorpresivo hasta para él mismo, dijo: Recorta los pelos de las axilas y serás arrebatadora. La hermosura cariacontecida no detiene los andares resueltos, clava una mirada de conmiseración, sonríe pura sicalipsis, exhala naturalidad, entresaca el ápice de la lengua sin despegar los labios y en ese instante piensa: Voy a tener suerte, pero exclama: ¡Gugol!

(1) El botánico Héctor Weberbauer y la agróloga Raquel Wallace.
(2) La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza alerta del peligro de extinción inminente que amenaza a estos mamíferos.
(3) El regimiento abandona el sentido civil de la realidad, sin detectar las cerbatanas camufladas. Primer mandato, no piensen tanto, sientan, respiren, compartan aire, el aire trópico, olviden a padre, no son futbolistas, olviden a madre, no son pitusos, empiecen a pisar el suelo, porque cuando acabe con usías desearan haber nacido con la mismidad de Once Hierro y la ligereza del pensamiento. Un día, en algún momento, significa hoy, ahora, la mayor distancia que recorrerán empieza dentro de vuecencias, no he venido a dar arengas incendiarias, apenas un recordatorio, no practiquen la promiscuidad, sean un hombre no más, por tanto, con derecho a siete -y solo siete- esposas. Aquí viene el recordatorio, huevones, voy a echarles tanto estiércol encima que les hará aguzar el oído, para que el gran jefe no deba repetir dos veces cada orden. Pisar -es imperativo- la tierra, no sé su parecer, pero es áspera al tacto, templada, patriótica, sempervirente, huele a mujer, a buena mujer, podrá estar asilvestrada, reseca, en barbecho, con inundaciones; no importa, es el único terruño que les soportará, como buena esposa, hasta el final de sus desordenadas vidas. Aguantará a cada uno de los herederos de mala sangre que prolongue la estirpe. La cuestión es simple. Segundo mandato, trabaja duro y ganarás trofeos, hazlo en equipo y conquistarás el mundo.



A principios del siglo vehemente, una gacetilla dominical de la Sociedad Geográfica rehusa publicar un artículo rubricado por sir Andrew Tercero Smith. En el fondo, hay una cizalladura antipática entre republicanos y un monárquico, pero aducen el tono excesivo y el cariz agorero soterrado entre líneas, subrayan, a modo de ejemplo: Las temperaturas bruscas inducen a las huevas de los anfibios a eclosionar prematuramente, con agenesia, los pangolies sucumben a los marchantes furtivos y por las costas yacen sirenas escamosas y engendros que requieren varios porteadores para su traslado. En resumen, una reseña burda, que acabó traspapelada entre antologías, planisferios y lotes de antiguedades sacados a subasta y adquiridos por un mitómano adinerado. Lee el episodio de la emboscada floral y otras ocurrencias descritas por Nahui a los biógrafos locales, y, en consecuencia, transcritas, con la misma exageración desmesurada, que insufla viveza e intensidad al testimonio, conmueve o impresiona y asimismo porque los recuerdos ovillados se me aturullan justo en la barriga, donde están todos mis espíritus, Plinio, como un empacho. La retórica mendaz de Nahui o su manera ansiosa de buscar compensaciones afectivas mediante el drama, recibe, por el buen samaritano cuidador, pulcro calígrafo y avezado en recomponer las torceduras de la salud y los quebrantos del ánimo, un diagnóstico turbador: Son figuraciones.
Objetivamente, el menesteroso había necesitado construir una solución a medida, un batel para escapar del predio de chabolas, albercas y corrales, soliviantado por el reparto gremial y la tarea impuesta como recolector sin vocación ni porvenir. Barrunta, por indicios estadísticos, que envejecerá pobre e ignorante, con la expresión patibularia y el ceño apretado y la sensación de haber perdido el rumbo en la torrentera del esfuerzo estéril.
La primera vez que acompañó a la cuadrilla cosechera, había visto la aurora relumbrar, la claridad paulatina sobre los arrecifes, contó laminarias, pisó líquenes, fue salpicado por las excursiones pávidas de equinodermos que bregan en una pleamar cuyo sentido arroja aglomeraciones de zamburiñas y cangrejos y mezcla los residuos orgánicos con la celulosa apelmazada, desunida, hecha jirones, grumos o mazacotes, revuelta con excipiente y esponjas vivas que rezuman colores, por disolución de las ilustraciones y los ornatos historiados, en un maremagno sin final ni principio, sin nombre ni autor que invande los cotos de las marismas. Abreviando, conforme a los exegetas y ordenantes: una antología de mensajes valiosos, promovida por una voluntad célica.
Cualquier vigía experto consigue otearlos en su devenir, trashuman apiñados como ganado, dispersos, cubiertos de mítulos y sargazos, circunnavegan, vienen, flotan, empujados por la corriente, en sumersión o cabalgando sobre las trombas, los tifones, el oleaje, saltan al malecón, a la bahía, encallan por los fondeaderos, en el salitre, como relojes que miden una época anticuada y futurista a la vez, alimentan los enigmas sucesivos, la inflorescencia aplanada sobre un detritus avariento, donde un infamado agavilla las porciones del refinamiento, levanta el brazo sobre el peonaje, agita el testigo, como si fuese una bandera apoteósica, atrae la atención del faraute en la cadena de producción hasta inducirle a recoger el hojaldre empapado.
Esporádicamente, Nahui cumple el horario marcado por el trabajo comunal, participa, rellena con un esfuerzo extra los huecos en la plantilla, obedece los mandatos, se muestra respetuoso, incluso, cordial, acata la división jerárquica. Empero, estos intervalos de buena correspondencia son poco frecuentes y suele mostrar una expresión dura, molesta, beligerante, tiene reacciones explosivas, discute sin motivo, pierde la compostura, reacciona con acritud, toma por ofensa los actos y aseveraciones corrientes sobre su persona, o su dicción peculiar, o el pelo de hulla; con aspavientos, deja al interlocutor con la disculpas en la boca, abandona el puesto y sale ligero hacia los manglares, llevando a cuestas el lastre del rencor, cada vez más solo con sus obsesiones y su vacío existencial, más enclaustrado en sí mismo, mastica las hojas de la frustración, machuca a pisotones una parcela de cánnabis medicinal, nota la presión sanguínea agolpada en las sienes que late al compás irregular de un corazón indómito.
Por somatización, percibe el escenario como un blanquizal cebreado con tonalidades grisáceas. La ira mal encauzada enciende ideas tumultuosas, poliedros conceptuales, incluso, entropías: Una Borbón reinará. A esas alturas de su desarrollo educativo, no sabe qué será ni quién o qué reinará qué o a quienes o dónde ni durante cuánto o hasta cuándo durará la discordia entre tribus o cuál es la longevidad expresada en novilunios y cuántas alboradas suma la longevidad del baobab.
Respira intentando alejar las ráfagas clarividentes, extraviado fuzgamente en la ciénaga de sí mismo, analiza su biología y evita ser devorado por las abstracciones. Piensa a voces, soy Nahui, un hombre macho, soy Yupani, una mujer hembra, Eréndira dentro de ñamandú, prisionero en un cuerpo prisionero de las circunstancias.
Con la lógica ineluctable del verbo pretérito, tira del ronzal de los sucesos fortuitos y regresa, en sentido figurado, al contexto radiante frente a las plantaciones frutales y la ideación estilista. Había puesto la mano a modo de parasol para divisar, entre los cocales, a Irepani, el amigo hermano, cuya mera cercanía suscita una tolvanera tibia y corpuscular en su organismo, quiere salir del mundo a punto de colapsar, le estorba para meterse dentro del otro cuerpo con Irepani, como un hombre que también es mujer y anciano y niño y animal y azalea. Sonrie y calla, se queda petrificado, tiene ganas de llorar y hablar y correr hacia la eternidad simulada por el arte, todo a la vez, todo acromático, excepto el llanero que llega embebido en una cerco primaveral de colores nítidos y está vivo y anda rápido y habla fuerte. El americano tiene la piel parda y sudorosa, los ojos caoba y la tez cincelada desde una sonrisa saludable y apoteósica. Ha estado en una batida de caza menor. Apoyada en el hombro, trae una pica donde insertó los ánades, urutaús y zarapitos capturados. Oye el chistido y reacciona, muestra el tendedero con una actitud de suficiencia, sin deshacer las maneras rozagantes y la expresión ufana, tampoco modera la acritud violenta hacia las aves muertas. Sorpresivamente, arroja una pieza al amigo. Está trucada, se deformará por la fuerza del agarre, activando un mecanismo burdo de artificios y cañas tirantes y tequila imbuido en un tegumento hermético y a punto de romperse; de modo que al atrapar el obsequio en parábola, la sorpresa se torna estupor durante el estallido de plumas y el surtidor instantáneo del aguardiente que sale a presión por el coladero de orificios, hasta que se agota y solo queda un pavipollo despeluchado dando giros sobre unas manos atónitas. Las carcajadas y rechiflas de Irepani atraen a los curiosos, menestrales, tejedoras de mimbre, a las muchachas que cosechan en las plantaciones próximas. La algarabía inundó el ambiente de interjecciones, onomatopeyas y voces sin malicia, pero en un plano ideal, por debajo del limo de circunstancias triviales, el brazo rudo del destino ha empezado a martillear, más fuerte, sobre el yunque que forja destierros y soledumbres.
La tribu inculca a sus moradores jóvenes una norma tácita que incluye la conveniencia de resolver los conflictos vecinales usando, preferentemente, la solución amistosa, quebrantar la norma consuetudinaria acarrea una respuesta punitiva ejemplarizante, a excepción de la legítima defensa simultánea, el supuesto basado en la necesidad o el miedo y otros considerados meras negociaciones subidas de tono como la pelea posterior entre Nahui e Irepane. Permanecen juntos, en el mismo lugar, tras descomponerse la algarada entre los vericuetos del quehacer cotidiano, pero regresan al momento, atraídos por la confusión y el vocinglero y los chasquidos de las ramas partidas bajo el forcejeo y la densidad orgánica de dos arahuacos grandes que están enzarzados en un combate marcial. Otros vecinos salen al raso, aligeran hacia el tumulto, a la hora en que el aire huele a salazones y encurtidos y hierba forrajera. Entre los testigos oculares que declararon, hay quienes aseguran que Irepani tenía la mirada de ascuas encendidas y el gesto enloquecido y estaba a punto de ahogarse con los espumarajos de su propia rabia: claramente su intención era ocasionar un daño corporal severo. Otros deducen que Nahui anda con gusarapos en las tripas y unos pocos consideraron culpable a Cthulhu, un espíritu de mala sangre que promueve discordias y malentendidos.
En el transcurso de la reyerta, Nahui al caer de espaldas por un puñetazo en la quijada, va desglosando el ramo que tenía preparado con esmero, esparce una estela de lirios y borrajas y orquídeas cuya florescencia tarda una centuria en completarse, hasta que el trompazo contra el suelo le hace desestimar un segundo intento por transmitir su laboriosa declaración de amor. Encaja el noqueo y se pone en pie, endurecido y esperpéntico con el manojo de tallos marchitos y el surco sangriento bajo la nariz, dispuesto a utilizar la fuerza extrema contra Irepane. Había aprovechado el lapso para asir un arma ofensiva, experimental, una macana tan larga como un brazo, rematada en un bulbo del tamaño de una guanábana y provista con un borde filoso y otro guarnecido mediante uñas y colmillos punzantes de caimán. Nahui ha olvidado las florituras. Instintivamente adopta una actitud defensiva, aprieta los puños, flexiona los brazos, el izquierdo protege órganos vitales, corazón, cuello; la diestra recibe los primeros tajos, que le recuerdan la conveniencia de espabilarse o sangrar hasta desfallecer.
Antaño, en la escuela internado Calmecac, habían sido adiestrados para el combate de proximidad y la estrategia militar del asalto. Las peleas a vida o muerte son cosas de hombres, piensan al unísono, justo cuando un machetazo abandona varias puyas clavadas en el antebrazo del salvadoreño,que empieza a retroceder para evitar, así, los rasponazos de la macana en su rostro.
Entretanto, los lugareños saltan desde las cabañas, emergen de los sesteadores, han postergado el adoratorio, los trajines, pausan las charlas, contienen al ganado en sus apriscos, agarran el cinturón de los taparrabos guangos, el amuleto indefectible, la parafernalia resolutiva, sin remilgos por el olor a hembra ajena o el tatuaje a medio pintarrajear en la espalda, corren imantados por la coalescencia de la alarma social, hasta que una riada de azagayas vibrantes y garrotes pacificadores confluye en torno a los rivales y un brazo providencial obstruye el movimiento del garrote en su trayectoria hacia la cabeza gacha del hombre reclinado sobre una rodilla. A medianoche seguían formándose corrillos, polemistas, incrédulas, pregoneros; los aldeaniegos van y vienen, curiosean, se transmiten unos a otros la misma pregunta retórica que farfullaba Irepani: ¿Vivir juntos?¿En un chozo?
Desde entonces, el motivo de la riña servirá para descuerar al hijo de la comadrona Eréndira y de ñamandú, un gigante membrudo que participa en las cumbres confederadas protegiendo a los pretores y evitó durante años conocer los detalles humillantes, pues no acepta ni puede digerir que un hombre macho de la saga haya pretendido cohabitar con otro varón y le apena, además, que no muriese apaleado. En plena vorágine de murmuraciones, era más sencillo para Nahui resignarse que adaptar el comportamiento y el caracter al modelo de existencia previsto durante las zozobras prematuras del insomnio: sin mezquindad, pleno, sin censuras, prolífico, sin límite; espoleado, en parte, por los relatos del polifacético itinerante Pachacutith o el longevo transportador consejero, Atahualpa.
Nahui, con el ánimo inquieto, pierde brevemente la evidencia cromática, quiere dejar todo, el idealismo, los paraísos verdecidos en las nervaduras ficticias del huairuro, el infierno dentro de la realidad, correr, encontrar flores impregnadas con el hálito que desprende Irepane, gritarle que morirán, que los recuerdos son dardos, hincha los carrillos para dar cabida a los manojos del toloache y los floripondios engullidos con avidez, una cura de inconsciencia con que calmar el anhelo por convertirse en un druida omnisciente, o un incansable magister zahorí, o en el jugador de pelota más arrollador, rápido y certero de las cinco ligas, el campeonato confederado, las dos liguillas históricas y el duelo de titanes. Ha comprendido el problema, en su totalidad, pero solo cuando intenta ahorrarse la melancolía, consigue un efecto contrario, lacerante, obsesivo, mira lo que fuimos, lo que perdimos y sobre todas las cosas, recuerda aquello que nunca volveremos a ser, mi amor increado.
Recién licenciado, la serie desordenada de adversidades converge hacia un compás desalentador, al conocer el dictamen del escriba altilocuente que rechazó su ofrecimiento como discípulo en los menesteres eruditos de la cultura gráfica. Desde entonces, intuye que no progresará en aquel poblacho, menos aún, vivir libre, ser civilizado, experimentar y crecer, incluso, entrevistarse con las deidades, más todavía, adquirir carisma y don de gentes, aprender a leer y escribir, amar, ser amado, descubrir mundo, esa vastedad, los rudimentos del ábaco, desentrañar los jeroglíficos trabados en las cuentas líricas del lino y el tucumá.
Ezcocano Tzul, de la tribu Culhua, habia ideado un artilugio liviano, práctico, novedoso, superior a las tortas de barro cocido y a las obleas desunidas y los enredos anudados, con un funcionamiento simple, pues se abre como los biombos, desdoblando tres frunces hasta formar una página cosida a las demás por el espartero, donde los escribientes lapizan sucesos y encomiendas faraónicas o borrajean análisis, estadísticas y sondeos de población, para anticipar atentados y maquinaciones contra el orden, sofocar el germen disidente y amonestar a los vecinos conflictivos.
El artefacto, nominado tríptico, según el facsímil publicado centurias después por Muy-Tucumán, una revista especializada en antropología, contrasta el caracter servicial y participativo del anterior hombre varón con el temperamento agrio y los cambios de humor que padece en avalancha durante la adultez. Objetivamente, evita las interacciones sociales, los vínculos afectivos; retraído y huraño, discute con frecuencia, por cualquier nimiedad, luego, es áspero en el trato, díscolo a los requerimientos, olvidadizo; de juerguista y charlatán pasa a ser definido como un menestral taciturno, envuelto en una entelequia triste, tras una sonrisa forzada y una mirada somnolienta, como un mero espectador que contempla su propio devenir desde la distancia.
La mudanza interior es abrupta, drástica, repentina; suscitó la curiosidad vecinal y las críticas, incluso, satíricas. La hija del canoero, Xilabela, desde la pelea entre Nahui y su amigo hermano, tuvo la ocurrencia de ponerle un mote y a sus espaldas era mentado como Eclipse, por sus ensimismamientos y su inclinación a contemplar los amaneceres y las puestas de sol y las ilusiones ópticas generadas en la cáscara celeste. Sus deudos cercanos, apenas entienden la galbana del adolescente que lentifica, elude o aplaza las tareas habituales, el deber cívico, la ayuda desinteresada y las obligaciones impuestas por la convivencia comunitaria. ñamandú y Eréndira, oyeron que malgasta los recursos del erario, persigue escolopendras y abejarucos, confecciona albums inútiles o pasa las horas espumando el oleaje desde los acantilados. Llegaron a temer que el pupilo estuviese aojado o maldecido, la noche que le hallaron con el porte simiesco y los ojos de resucitado y el semblante palidecido por el desvelo. En el adelfal, les miró sin verles, a intervalos se agazapa, acumula empuje y en un estado de idiotez propiciado por las pócimas amargas del peyote, salta con una trayectoria vertical, hacia ninguna parte (4) .
Guari Huancayo y otras vecinas, pero especialmente, Guari Huancayo, murmuran de manera persistente, a diario, con la buena planta que tenía y nos salió haragán, critican, dicen fíjate, algunas madrugadas lleva tanto retraso con la recogida de alfalfa que los bueyes almizcleros pierden la mansedumbre y embisten a los vaqueros menos cautos. En ese ambiente proceloso, la ancianidad confunde los desplantes díscolos con la rémora negligente. Otra parte del clan, considera que es un holgazán y el censo juvenil, por mayoría, relaciona las rarezas con la ingesta de ciertas raíces modificadoras de la conciencia.
El comportamiento de Nahui, por tanto, se justifica en toda clase de estímulos arbitrarios, el calor, la disposición astral o el florecimiento del almez. Cualquier minucia consigue que prive a los rumiantes del forraje, sin malicia ni sentido práctico, permite que las reses se queden sin ordeñar y al anochecer los movimientos espontáneos del animal zarandean las ubres henchidas que sueltan chorros enmarañados de leche humeante.
Entre otras faltas, al regresar en solitario al terruño, ha estado dilapidando las provisiones de cámbaros, pues aprovecha las circunstancias para ensayar su vocación de floricultor y componer ramilletes vistosos o se ensimisma con su rostro reflejado en el estanque y al final no logra recordar dónde arrumbó el marisco.
En la tribu, por la gravedad del asunto y la alarma social, Toro Mandante convocó la asamblea disciplinaria de los tres sabedores añejos y el fiscal poderhabiente y los siete vocales insaculados. Debaten la etiología cierta y los remedios factibles para corregir el humor irascible y enderezar la conducta asocial y el despotismo del bien o mal llamado Eclipse Rosicler, dicho esto sin pretensión de vilipendiar.
Las versiones sobre la patología del seminola se sucederán como las estaciones anuales. Primero, prevalece la creencia de la posesión. En consecuencia, interviene el chamán brujo, investido de prestigio y habilidad para ahuyentar a los entes perversos. Elabora un bebistrajo espeso y parecido a la bilis, cuyos ingredientes son conocidos únicamente por dos depositarios, que no deben coincidir en el mismo lugar. A medianoche, el arreglo herbal demuestra su ineficacia y trasladan, de urgencia, al paciente, aún con náuseas y retortijones, hasta el dispensario, para someterlo a un nuevo tratamiento. Aplican unas vigorosas refriegas con bayas y semillas cuya dureza llena de eritemas y peladuras la anatomía del recluso. Como resultado de la decepción, proponen ensayar alternativas a la terapéutica vigente y convienen, así, un ritual obsoleto. Los practicantes danzan, entre cantos ceremoniáticos, alrededor de una fogata, prenden ramas que agitan ante la mirada fija del poseso. Empero, los intentos del tamarindo no enderezan la degeneración ni consiguen restañar el desvarío del azteca, medio ahogado por los malos humos.
En esos días complicados por la ignorancia, un comité de mujeres ancianas pretende un remedio aún más antiguo, presentado como la panacea a todas las dolencias corporales y las pertubarciones extrañas del hombre macho. La propuesta es aceptada, retienen a Nahui en una mazmorra, con paredes de cañas entreveradas y argamasa, sin taparrabos ni atavíos, intrigado por la compañía de dos mujeres hembras pubescentes, cuya desnudez desprende un hálito que se pega al pellejo de los varones en celo y les hace perder el sosiego del sueño. Cohabita en un tormento tibio, flanqueado por aquellas gemelas desabridas. Objetivamente, tienen senos afrutados, labios bermellones y una menstruación almibarada similar a la melaza que gotea desde los frutos abiertos del carao. A diario, reclaman atenciones, reclinadas en un lecho acolchado, sobre broza y hojas grandes de miraguano; se abrazan a cada lado del enfermo e impiden que pueda incorporarse, mediante una llave maestra de piernas enroscadas y tozudez femenina, mientras restriegan, sin intención, la salmuera de sus humores íntimos por los muslos lampiños y las nalgas del mancebo, cuya naturaleza saludable termina reaccionando a la provocación y las caricias. El animal aturdido de una virilidad equívoca despierta, pero el desaborido Nahui decide pertrecharlo tras un cinturón de castidad improvisado con plataneros.
La jornada final del encierro amanece. El prisionero está mirando fijamente la techumbre, tiene el ceño fruncido, las manos entrelazadas sobre el abdomen; a su lado hay dos ninfálidas amables aún sin desflorar, abrazadas en su aurora de rocíos acendrados, con una expresión cándida, sonríen, se cuchichean confidencias al oído juntando las mejillas y al moverse calculan el efecto afrodisiaco del roce aparente entre sus labios y ríen, dejando esparcir por la intemperie un reclamo para el cortejo y la cópula. El célibe es un caso clínico insoluble. Los supuestos de agonía, decrepitud o insania persistente se despenan mediante los usos arcaicos y la prueba del ostracismo. En consecuencia, permiten a la naturaleza regenerarse y corregir sus desatinos, llevan al endemoniado a un claro limítrofe del humedal, tumbado sobre un chinchorro o una hamaca funeraria, con una ración exigua de ñandú y poca agua. Nunca sabrán que los frotamientos suplicantes de las ninfas han impregnado al primate con un hálito imperceptible para la sensibilidad común, pero capaz de ahuyentar al yaguaraté, a los carroñeros, incluso al clan Shuar y su molesta costumbre de reducir la cabeza del enemigo y conservarla a modo de trofeo. El apestado sobrevivirá, por causas hormonales, asediado por los tábanos y bregando contra las sanguijuelas que se sueldan a su espalda mientras dormita. Cada mañana, explora la espesura. Va dejando muescas por las cortezas de las jojobas milenarias, para poder ir y venir, como le dijo Atahualpa que hacen los protagonistas en los cuentos infantiles .
La arboleda es tan densa que encierra el cenagal en una burbuja y a primeras horas el aire álgido encharca los pulmones con un hato de mordiscos menudos. El paraje urde enredos, hace brotar musgo que dificulta el equilibrio y ralentiza la bipedación, asperja una savia embriagadora, atomiza un polen aturdidor; por ende, es otro animal, grande y hambriento, domina las asechanzas, la vegetación, los guijarros, la cubierta del infierno. El ajusticiado recuerda haber escuchado a sus mayores narrar el relato del miedo, oído a otros parientes anteriores, ese lugar donde las ánimas turbias expían errores, trabadas en el sinvivir de quienes no pertenecen a este mundo, repiten la tesitura del último hecho terrenal, pero aprovechan los interludios para inquietar a los terrícolas con su voz horripilante y su olor amoniacal.
Nahui, abandona la trama admonitoria, pues ha tropezado con un osario macabro, un augurio de esqueletos humanos, encajados en fósiles animales, sujetos, a su vez, por las fauces de otros predadores mastodónticos, una pirámide alimentaria recursiva provocada por una erupcion súbita de calor. Durante el cénit solar, la conjetura señalada está a punto de cumplirse; afronta una fluctuación intemperante que consume sus humores y le deshidrata. Tambaleándose, liberó el burujo de barro cocido que tampona la cantimplora hecha con un calabacín ahuecado y bebe con desesperación mientras el sudor gotea desde su piel y va formando un charco en la tierra, ante la mirada de las musarañas pávidas y el alboroto de los micos encaramados en los cocoteros. Una bullanga repentina le aturde, un croar, un gruñir, el zumbido de las culebras voladoras, ve pájaros mordientes y cacalotes famélicos, las ramas crujen y se parten, las cotorras charlan en su dialecto antropoide. Oye duendes entre la maleza, por doquier, se aproximan, siente un golpe a traición y queda a oscuras en la inconsciencia. Despierta. Ha sido capturado por una tribu de oferentes. A su alrededor unos cuerpos frenéticos danzan, bajo tinturas y abalorios. Está sobre la mesa de sacrificios, mira al oficiante gurú transfigurado por la ceremonia. Tiene entendido que si permanece quieto, la vivisección es menos dolorosa. El prelado, ebrio de cariaco, alza la daga, pero justo antes de consumar la ofrenda, se detiene, baja el puñal, mira en derredor, con ojos alucinados, y a continuación se clava el cuchillo corvo en su propio pecho. Entre la confusión, Nahui consigue perderse por los palmerales y escapar a un desenlace trágico, para proseguir su azarosa existencia de proscrito.
Solo cuando acaban las cosechas del sorgo y el patatal, los guachimanes le devuelven al centro de la polémica. El cacicazgo ordena un conciliábulo para dilucidar su estatus. Será indultado y deciden aceptarlo en la convivencia. Si los cazadores salen a traer manduca, Nahui está obligado a permanecer con las mujeres, trenzar tallos de rafias, entretener a los parvularios y desplumar faisanes para el sancocho del almuerzo.
El acaecimiento de las cosas, por entonces, retoma su ritmo ordinario, respiran la lógica rancia de unas costumbres depositadas en los portadores de recuerdos y el druida hechicero, que aspira unos tabacos untuosos, previamente hervidos, y libera sus influencias para obtener consejo de los difuntos, sobre las vicisitudes del porvenir astronómico o el ciclo agrícola, pues, así, no necesitan desmantelar el poblado y perseguir las estaciones fértiles. Los indígenas han aprendido a plantar semillas, a recolectar higos, batatas y maíz; domestican a las bestias en corrales, saben mantenerlas vivas y aprovechar sus frutos biológicos.
La convivencia sigue ordenada en torno a la lumbre, que previene calamidades e indica a los emisarios dónde enviar su mensajería abstrusa. Frente al santuario, la pira permanece custodiada bajo una maraña de cerbatanas invisibles, por guardias obsesionados en probar sus garrochas en el ladrón y desfigurarle el rostro a garrotazos; previenen plagios, evitan latrocinios y durante los recesos de la siesta tropical, practican el lanzamiento de las boleadoras contra los antílopes extraviados que merodean por el patio enorme, diseñado para contener las avalanchas de los peregrinos.
En los días previos al embarque, el secreto para obtener la alquimia del fuego fue desentrañado, se extendió por el continente y los clanes tuvieron que idear nuevas justificaciones para la guerra eterna. Los totonicapenses usan carbón, funden malaquita, estaño, en hoyos, sobre cedazos de barro, transforman los minerales y consiguen bronce metalúrgico, útil para fabricar un progreso más resistente. Las mejoras en el desempeño colectivo llegan encadenadas. Aprenden unos de otros. Utilizan la fuerza animal, mejoran los métodos para el regadío, descifran los astros con soltura y depuran calendarios precisos para centrar las temporadas del barbecho, la siembra y la recolección.
El dominio mostrado con la materia y los elementos enardecen al poderoso Amacuro. Toro Mandante declama desde el centro del poblado, explica que los gobernantes deben favorecer las libertades civiles, aunque no especifica cuándo ni cómo ni qué son tales derechos. Pactó alianzas con otras prefecturas y promueve la ruta fluvial del comercio, mediante una campaña de subvenciones para construir atracaderos en las márgenes del río grande.
Unos anales presentados en un congreso de ciencias telúricas y conflictos bélicos, incluidos en el lote documental que pasó tres rondas de una subasta a distancia sin mejor postor, fueron adjudicado por unas pesetas a un documentalista evangélico. Tratan, en parte, sobre un avistamiento de vándalos y salteadores movidos por las mareas hacia el límite fronterizo custodiado por la guardia costera. Un vigía divisó el destacamento de nadadores y soldados buzo. Hace mugir el hueso craneal desecado del venado, una nota grave, sonora, profunda, mantenida a pulmón, hasta espabilar al contingente en reserva que advierte la urgencia de la situación, pues nadie, ni siquiera los mashcopiro o los sapanahuas, logran confundir a los sagaces atalayeros.
Toro Mandante y sus oficiales, en pie, trazan las líneas maestras de la defensa, organiza una falange de respuesta anfibia, pero a mitad del conclave desechan la estrategia, para considerar un informe recién entregado por los oteadores. Han escudriñado una soldadesca caótica, solo vimos brazos y piernas y cabezas en marañas, vimos los cuerpos desmembrados saliendo de las aguas, señoría comandante, los engendros se arrastran por el desplayado, removiendo cangrejos y ceibas y esponjas, y por extraño que parezca, finalizan el asalto amontonados unos sobre otros. Están varados, al arbitrio del oleaje, mecidos por la estulticia.
Centurias después, un descendiente urbano del relator, parado sobre la acera en un barrio comercial, frente al escaparate de una sastrería, atinó a encontrar una relación entre los promontorios flotantes y una turba de maniquíes, sintéticos e inexplicables para esa época del bronce. Hasta entonces, nadie sabe a ciencia cierta qué clase de monstruosidad o amorfia o disparate, está arribando sin los permisos diplomáticos visados y en orden.
El comandante vaivoda estira del hilo juicioso y devana un segundo plan táctico. Avallada un frente de contención, en primera línea, a ras del suelo, coloca una línea de cerbatanas aprestadas con un dardo venenoso; detrás dispone una batería trémula que reune a los honderos más hábiles y, en retaguardia, una formación cuyos guerreros mantienen la mirada tensa y fija en la distancia y blanden un tomahawk o sujetan un chuzo, con la mano crispada y atentos a la voz cortante del caudillo, ansiosos por repeler la acometida de unos bárbaros que parecen dormidos o muertos o poseídos y tienen la expresión alelada y promueven la anarquía, con los cuerpos agarrotados y las extremidades rígidas. Unos parecen o son mujeres hembra y otros tienen o parecen tener los cabellos largos y brillantes como hebras preciosas que fulgen o refulgen bajo la luz cobriza e incipiente del alba. La incursión entra en punto muerto. Ante la pasividad hostil del contrincante, una patrulla ejecuta un reconocimiento de proximidad. El oficial, desde la distancia, certifica a gritos que son diferentes a las momias y los cadáveres, no parecen ni lo uno ni lo otro, pero sí tienen un aire hierático de estatuas o espantapájaros. Fríos al tacto y resbaladizos, poseen una dureza impropia en las gentes de la ciénaga. Sugiere que posiblemente fueron convocados mediante oficios tenebrosos, y elucida, al fin, que el asunto rebasa la jurisdicción castrense y procede, por consecuencia, someterla a la consideración del hechicero druida o mago regente.
Aquella clase de sucesos propiciados por el pensamiento mágico, alteraban la monotonía secreta del gurí, convertido en carnaza para la glotonería efectista del rumor que versiona innumerables creencias superpuestas, sucesivas,  contradictorias; se complementan o anulan,   añaden un matiz inusitado o una mentira palmaria, hasta que el siguiente bulo desmiente toda dolencia, deformidad o atildamiento  en Nahui,  lo transforma en un depravado, un llanero  contemplativo o  un heraldo maligno, con cabeza humana, pezuñas de uro y torso de bisonte. 
Toro Mandante,  suele convocar reuniones o asambleas a  todas horas,  solicita dureza con los  hijos  díscolos, intratables  o desagradecidos. Son un ejemplo pernicioso para la comunidad, asevera en tono apodíctico. El nagual   curador,  ensaya recetas y elixires nausebundos  que espantarán la sarna de la afectación, tisanas depurativas contra el hipo redundante y la  cacofonía, emplastos para corregir la imprecisión y encauzar la líbido torcida hacia las aimaras en edad de merecer.
El nativo, habitado por dos espíritus, es incapaz de resignarse, cede a la evasión, elude compromisos y dificultades y tutorías, deja   las estaciones transcurrir, aislado, ocioso, contempla  el océano destrizarse contra los acantilados. Esporádicamente, encuentra y recoge baratijas, objetos originales,  miniaturas hechas con bambú, casas de hojalata, pequeñas sombrillas fabricadas en papel montado sobre un armazón de mondadientes, que adornaron los cócteles  con el reborde  azucarado de colores, en una fiesta ibicenca organizada por París Milton.
El estilismo inspirado en la sensual Maru Duchicela  funciona  como un aliviadero ocasional a sus tribulaciones, se entretiene  meditando, sin excesivo rigor, sobre la manera con que hermosear la desnudez de aquella mujer que exhala un aroma sutil de promesas lujuriantes: pulverizar chinchillas, añadir resina, elaborar tinte capilar, adherir circonita  a las uñas, una manicura de fantasía,   pintar tatuajes, poner bezotes, arandelas en la nariz, teñir las cejas, etcétera. En el fondo, intenta eludir el estigma del sufrimiento al que cree estar predestinado, se plantea seriamente si alguna vez los dioses hiladores pueden errar y permitir a dos espíritus enredarse en un solo cuerpo biológico. Inquiere, desde la tribulación, acerca del creador supremo, pues no ha encontrado noticia cierta ni concordia determinante que permitan saber el paradero del obrador de todo aquello evidente y natural; debe ser fuerte, más que las tribus unidas en una sola o el jaguar, incluso, más que las montañas estruendosas. En el corolario a sus disquisiciones, ha decidido construir un cayuco, fugarse lejos, encontrar las Europas, los reinos asiáticos del refinamiento, aprender la escribanía para   alcanzar esa luna que fue tuya y mía, Irepani.
En la época de celo  del avetoro y su reclamo rotundo, Nahui enfiló a las playas, maquinando proyectos, travesías y declaraciones casamenteras, hasta encontrar, bajo la lumbre sangrienta del semilunio, la faz de una pesadilla disruptiva. Desconfiado, aguza los sentidos,   despierta otra vez, escudriña las arenas, el moridero sembrado de gelatinas inertes, como medusas engurruñidas, flácidas y transparentes. Apenas entonces, regresa con celeridad a la cabaña, se esfuerza por describir la escena a sus tutores, intenta ser creíble, evita las florituras, añadir adjetivación y apreciaciones subjetivas y pese al reparo inicial logra el propósito básico de la comunicación veraz. La madre, devota, atribuye la cosecha a Izmucane, una diosa espléndida, que  posiblemente entregó aquella cornucopia magnífica a quienes le rinden pleitesía. Eréndira y ñamandú, compelidos por el hijo, no consiguen morder la muestra y menos aún deglutir una porción del supuesto alimento. Deciden, pues, cocer la morralla, prenden un fogón y colocan una cazuela descascarillada que empezó a borbotear enseguida, desprende un vapor denso cuyo olor fue atrayendo a la vecindad. El acto familiar progresó hasta transformarse en un acontecimiento multitudinario. Vinieron, incluso, pobladores de alquerías distantes, convencidos por sus informantes y espías de que los kiowa tienen la sarten cogida por el mango y  están cocinando una ambrosía excelsa y prodigiosa, capaz de replicarse sin partipación humana, y en consecuencia, manejan la solución a las hambrunas causadas por los destrozos del huracán recurrente.
Al primer hervor, los cocineros extraen del caldero una piltrafa chorreante, preguntan si hay voluntarios para catar aquella sopa y  Xilabela, cándida,  por su afán de protagonismo, sale de entre la expectación agolpada, exclama que  ella misma probará un trozo y al cogerlo se quema, pero disimula por comedimiento, prosigue e intenta morder y masticar y digerir una ración, aunque  desiste, humillada, con una expresión de alivio y un mohín final. Entretanto, el tufo que desprende el puchero, de consistencia pastosa y tonalidades sucias, se ha vuelto mordiente, casi nausebundo, desalentando nuevos experimentos culinarios. Así, pues, resignados, guardan las futuras ambrosías bajo cobertizos y sombrajos, para dejarla madurar, sin saber que únicamente cosecharon plástico vulgar, pasado por agua, misterioso e incongruente.
Nahui, había agarrado un pedazo de aquel tegumento, para llevarlo consigo al exilio. La problemática, inherente al viaje, el aislamiento y la jungla, le mantienen atento y desconfiado; por necesidad, agudiza los sentidos varias veces en el trascurso de la jornada, reajusta la percepción de las amenazas y mira de reojo, por retaguardia, en derredor, con una perspicacia que a él mismo acaba sorprendiéndole. Sin oportunidad a la complacencia, examina el perímetro en busca de especies hostiles, después enfoca la mirada en el bote. Escueto de eslora, pero no tanto que impida extender en la cubierta a dos caimanes recios. Hay sitio suficiente. Abrió una geoda desde donde bregar y otra menor para víveres, aparejos y una valija profusa, píldoras curativas, fajos de pergaminos unidos con varias lazadas fáciles. Entre ambos habitáculos media un palo mayor, largo y grueso, como el cuello de una alpaca, finalmente sin congruencia ni desempeño, justificado por un ramalazo febril de creatividad.
La lógica moldeada por su acervo aprendido, enlaza las hortalizas arrancadas de cuajo ante los ventarrones con el genio bucólico Wiracocha, rubicundo, cabellos ensortijados, esplendentes, piel de algodón, ojos como centellas; al ser convocado hincha los carrillos y sopla a favor, desde popa, para propiciar la navegación fluida hacia los puertos de la sensatez culta. Así, pues, por tal idea motriz entreverada con muchas otras en una cabeza rebosante de calandrias y sirénidas, el astillero tenía decidido cinchar, replantearse el diseño completo de la embarcación, considera las capas de funcionalidad, ornamentación, aerodinámica, carenado, dar anchura, profundidad, empuje, clavar acá y acullá una triada, aquí una mesana, robustecer el armazón, airear la quilla, extender una botavara imponente. Durante un inciso, se sintió animado, pletórico, bordea la euforia y recordó al guajiro Pachacutith, un precursor andariego, que tiene el mérito de la polimatía: chamán, curandero, visir, acarreador de años, trotamundos. Aconseja templar el ánimo(5) ante los excesos de la ventura, buena o mala.
Pachacutith, recorre las alquerías y divulga métodos para elaborar tintes, fermentar bebidas, traducir glifos y manipular maderas y raíces; conoce la cábala de las piedras preciosas y entiende los trazos simbólicos que surgen al unir las aristas en el oráculo de ágatas, topacios y cornalinas arrojadas al tapete.
La primera vez que le oyó hablar, mencionaba una población donde decirle hembra a una mujer se considera ofensivo e importuno y en verano cortejan a las damiselas con bandurrias y sonetos. Fuera de la cabaña, el oyente apoyó los codos en lo alto del brocal de un pozo abrevadero y el rostro entre las manos, como si le pesara, intrigado por la plática del visitante, que, a su vez, miraba cómo su fámula prepara un dulce, bate leche y exprime fruta, separa la clara de las yemas y remueve todo, tras poner una pizca melosa y un aderezo con canela y algún pellizco de anís; después sirve la receta en una vasija de loza la misma cocinera, Menchu, una mujer extrañamente lívida y silenciosa, que parece feliz en la servidumbre permanente hacia el magister. El comensal atrapa con la urdimbre de la fantasía al hijo de ñamandú, tiene la dicción pausada, los bigotes lácteos del postre y una presencia amable, enumera el refinamiento de una sociedad culta, ordenada, que acostumbra a bautizar los barcos grandes como si fuesen personas. Había encontrado inspiración en el visitador, debía botar el pequeño buque, asignarle un nombre propio, igual que hacen los estamentos finos, aunque en la práctica, los buenos propósitos quedarán pospuestos, al menos hasta que sepa manejar una brocha, un pincel o el buril, y rotular desde una posición perpendicular al suelo. Las circunstancias, el enojo, la fatiga, o todo a la vez, precipitan el resultado inverso, pues acomete un arreglo superficial, obstinado y sin desafallecer, escandalla el varadero donde nadie tantea ni manipula el yute, los espartos o la rafia, ni teje las lonas ni zurce o recose los toldos de las velas cangreja.
Da unos pasos hacia atrás intentando distanciarse de sí mismo, sopesa los voluminosos troncos de oyamel y tejo vulgar, los tablazones pulidos con diorita, envueltos por montoneras de esquirlas y virutas que traban los pies al moverse. Contempla la piragua, inclinada ante las escolleras del oprobio, bajo ipecacuanas mustias y colgaduras de licopodios y trinitarias lacias, en un véspero similar a otros muchos encadenados a su imaginación, a la pleamar, a la mansedumbre del undísono en las leves olas coronadas con tiaras de espumas dóciles al trasiego del crepúsculo, que bucea entre las greñas ondeantes de las ovas y los fastos de las circonitas y las hélices de los escómbridos campantes y las madreperlas con la casa a cuestas, que entapizan las praderas marinas habitadas por filones de anémonas maleables y argonautas y nautilos alelados entre la bisutería del coral retorcido en sus adioses perpetuos, ajeno al mal olor dejado en tierra firme por los excrementos de los tapires y los carpinchos.
No antes ni después, el silfo resabiado, Koconochtle, por tedio, costumbre o inquina, chasca los dedos y enciende una centella con un trallazo que retumba y distorsiona la placidez del paisaje acromado. Los rabilargos que parecen pintados al fondo, inician un vuelo explosivo con otras aves cuyos plumajes intensos van dejando una estela iridiscente por el aire hialino del tiempo edénico, sobre los barrenadores y el herbazal lúgubre infestado por cocuyos que transmiten la rara enfermedad de la bella durmiente. El aleteo violento mueve la hedentina acumulada, remueve el vapor medicinal del toloache y la cicuta, que crecen, de mal modo, entre pamplinas y cizañas y flores robustas y apétalas, capaces de narcotizar a un hombre grande y fuerte, como Nahui. Un matiz pútrido se adhiere al torbellino de olores alargados con el frenesí de los pecaríes, desde las charcas cuyos borboteos y efluvios liberan pequeñas burbujas de azufre sobre las osamentas abandonadas en la rebatiña por las últimas piltrafas nutritivas. La reacción en cadena excita a los pelícanos que salen espantados, con sus grandes astiles a medio desinflar y transmiten la alarma a otros biotipos. Son urogallos, agamíes y dodos, están predestinados a convertirse en muestras, o reliquias o personajes encerrados en cofres o ediciones novelescas o cromos expuestos tras la vitrina manufacturera de las especies extintas. Un pedregal de caimanes abandona el sopor en los cantiles, se yerguen sobre sus patas traseras y enfilan hacia la espesura dando trancos por el barro endurecido, espantan a los clanes de iguanodontes, a las tuátaras, ensordecidas con la bullaranga de micos, zarigüeyas y tapires y la respiración áspera del puma. Durante la estampida, los animales azogan, chascan, convierten la jungla en una manada apabullante, una bestia instintiva que gruñe y vibra, relincha, no pía ni piola, cloquea, grazna, muge, barrita, chilla y brama, silba y ruge, gañe, berrea, aúlla y ulula y gime.
Debo partir al amanecer, repite para sus adentros y empieza a murmurar, como si estuviera orando, aunque el bisbiseo atiende necesidades más prosaicas, endurecer su coraza, espantar la indolencia y el temor, concentrarse en el devenir histórico. Por un escrúpulo maniático, exagera el camuflaje, reune abundante broza y enramadas y las disemina sobre la piragua, empareja la barda, a continuación borra las huellas y los rastros que dejaron los troncos al ser arrastrados por el escenario arenoso. Resopla, hace un penúltimo análisis, revisa los preparativos, balancea el inventario de útiles que llevara a bordo, considera los pormenores, se extravía entre conjeturas, repasa los asuntos cerrados y busca eventuales flecos sueltos. Al fin, concluye el preludio a su inminente y azarosa existencia de prófugo desterrado y regresa, entonces, a la alquería, por un remanente sin presagios. Deja atrás el pantano costero, cuyos inviernos duran un ocaso, el enclave ceremonial Tiwanaku, donde ingieren, por convicción religiosa, el cerebro a sus difuntos; el salar de Torrevieja, los manglares caldeados por la bruma austral, el bosque tétrico, plagado de ñandutíes, el Pongo de Mainique. Bordea lagos, elude géiseres, cruza las Marismas del Odiel. Tiene andares pensativos, como si las ideas fueran un azadón y pudieran ir marcando un lindero entre las espadañas que erizan los cañaverales del despecho. Evita pisotear, por un desfiladero, las algazules y otras plantas de porte rastrero que parecen haber sido sacadas un minuto antes del fondo marino. Mantiene una actitud humilde desde el anterior arrebato colérico, aunque por causas distintas a la educación reglada, el temperamento campechano o la disciplina del comediante. Es mera conveniencia que le permite desalentar con soltura los recelos del vecindario.
Más adelante, aburrido por la regularidad del sendero, aplica la imaginación como antídoto contra las picaduras de un presente vacuo, un pasado insulso o un porvenir desaborido. Fantasea. A sus espaldas el mundo se detiene, silente, calla, queda inmóvil, rígido, como un gigantesco dormidero compuesto por ringleras de plantas y criaturas y cosas. Después, nada más enfocar la atención, por ensalmo, abandonan la pose y renacen al estambre que mueve los pies desnudos de las casaderas exuberantes, cuyos pechos cimbran en los vaivenes de los bailes frenéticos, al son del tambor y el guirigay popular, en el aire oloroso a epazote que restriegan en la piel de las mujeres hembra, junto al dominio de los pitusos obedientes, que en cuclillas desenvainan legumbres, en pie muelen achicoria y a saltos domestican los árboles del caucho.
El huasteco, pocas veces sucumbe a la soberbia y solo cuando cede, carga un pellejo curtido, porta dos garras colgando sobre los hombros y detrás, alrededor del enorme testuz disecado, una vedeja tupida y copiosa enmarca los ojos aún atemorizantes y la dentadura intacta de la fiera animal, que únicamente existe en la imaginería de quien ha sido investido hombre dios emperador, con supremacía sobre todos los régulos, bajás y arcontes de cualesquier tribu, federación, liga, clan o alianza del alfoz. Hace inventario. Las amazonas, cabalgan sobre llamas y alpacas y manejan con fluidez el arco mortífero; las valquirias, anticipan la muerte y señalan a quienes salen indemnes del saqueo que perpetran a continuación; los jíbaros y pigmeos, reducen la cabeza, el tronco y las extremidades del prisionero; los rupestres, el protocolo diplomático les obliga a nombrar a sus respectivos ascendientes genealógicos, por ende, pueden pasar una mañana formalizando el saludo. Las florituras, procrean, por un capricho biológico, en tandas de trillizos, únicamente sietemesinos. Los maños, apresan cachalotes por la aleta caudal y compiten para medir quién logra ser el primero en arrastrarlos hasta el estuario; los moscovitas, espabilados para el trueque con ganancia; las melindres, tienen un insólito sentido comercial, transfirieron unos simples vidrios ahumados a cambio de una titularidad insular.
Termina el repaso censal y recupera la actitud desconfiada, necesaria para sobrevivir, quiere analizar todo sin pausa, endurece el gesto hasta el mismo punto de adustez que había tenido a primeras horas, en el bajareque o ante la barcaza. Enfila por una senda sinuosa, flanqueada, en ciertos tramos, por un cesped residencial idóneo para el juego de la pelota. El llanero repara en los detalles caprichosos del terreno asilvestrado, hace un seña protectora y saluda a las alturas donde un cóndor andino observa una silueta espigada, recortándose contra la enorme oblea crepuscular que hunde en lontananza su halo malva y carmesí, sus arreboles y colgaduras de amarantos y violáceas y gasas gualda.
El poblador, devorado por su fuego anímico, reflexiona con tanta intensidad que roza el estado meditativo. En consecuencia, olvida la campiña, el balompié, al predador impávido de las cumbres y únicamente percibe cada trecho por donde pasa, como si hiciera el camino mediante sus andares pensativos, considera, entonces, el sílex con que ahuecó las vetas duras del ombú, alentado por una expectativa, razonable o no, de conseguir desentrañar la ciencia atesorada en el templo, cuyo provecho ha sido negado a los bárbaros, los rudos y la casta humilde.
El tagarote Plinio, durante la trascripción de las crónicas locales, refiere el joyel trabado por la burocracia como los rudimentos básicos del progreso, en anotaciones marginales, perdidas entre las pilas de los médanos polvorosos archivadas por el sótano consistorial y las habitaciones sobrantes en la casa del cura, en un desorden que ninguna voluntad humana podría asir con prisas ni rudeza, porque al levantar los primeros estratos del hojaldre entintado, ceden a la presión digital y se desmigan en trozos menudos que caen de entre los dedos, como los sábulos inmemoriales en el reloj fabricado por el innovador Diógenes Smith.
Los días previos a la fuga, envuelto en el jaral de la condición humana, apenas logra balbucear una explicación coherente a las secuelas producidas por el esfuerzo intenso de los preparativos: callos y durezas en las manos, anda con afectación, escaldado, el espinazo rígido, los pies acribillado por las mataduras, los nudillos despellejados, las rodillas le chascan como a los viejos, guiña un ojo que se ulceró a causa de unas esquirlas traicioneras. Esta profusión de calamidades, según el meigo curandero, tienen causa cierta en dormir y no cerrar la boca si hay entes oportunistas que aprovechan la inconsciencia para deslizarse al interior del cuerpo caliente, señalo a la chamba ceniza, la infame estantigua o la arpía camandulera, que atraen ruina y fatalidad a quienes sin saber ni consentir les otorga hospedaje. Anacaona, una pariente propensa al rasgo hereditario de la exageración y la única persona enterada del propósito temerario, cada vez que encuentra a Nahui en una reunión de familia, aprovecha para exorcizar, discretamente, al infortunado, le arroja puñados de alcaravea molida por sobre la cabeza, como parte del remedio contra la saña de las ánimas que fueron expulsadas de sus frondas por una tala compulsiva. Era una verdad a medias. El armador primerizo llegó a desforestar, en parte, el soto, pues acumula piezas endebles, madera cañiza, encuentra demasiadas vetas, recortes con atronaduras, frangibles, anegadizas, claramente inadecuadas para la navegabilidad, tras aserrar chopos y pinos e higueras colmadas por la dehiscencia de las brevas a punto de caer y reventar con un estallido de pulpas. Empero, pese a las adversidades, ha logrado mantener una coartada homogénea. Suele volver con la escarcela vacía y se detiene a proporcionar detalles minuciosos a quienen muestran un interés hipócrita. Ante los recelos, esgrime un discurso historiado, repleto de matices y descripciones, ramifica las raspas argumentales, logra confundir mediante epílogos no deducibles y palabras inventadas, exagera lo creíble, hace trivial el pretexto más asombroso, explica cuán escurridizos se volvieron los siluros, cuyo pellejo al tocarlo centellea y expele una panoplia impredecible de calambres, que el meigo curador, Yaremka, sabe aplicar con pulcritud en las zonas tumefactas, en los flemones y podagras, a la vez que desaconseja manipular el remedio vivo a los advenedizos, pues un trallazo en mal sitio podría dejar alelado, incluso, a un caribú adulto.
La listeza de los humícolas más un estilo ampuloso apremian, conviene añadir alcatifa consistente a la narración, insuflar viveza y tono dramático. Por ende, las anguilas y tremielgas aprenden a esquivar las azagayas y escabullirse entre los juncos sumergidos, recorren las praderas alóctonas y rozan los acantos en el atolón profundo y las anchas rías sembradas de amapolas y lotos como ánades que invaden la ensenada del tentáculo fluvial, donde cada temporada el agua se tiñe con las migraciones de las criaturas abisales. Afloran a los bebederos en formación de ataque, son grandes como pequeñas granas, cascabillos troglodíticos de infusorios, amebas y protozoos, desaforados en su reproducción asexual, contaminan cualquier presa biológica que las ingiera. El asesino larvario madura pronto, tras completar la metamorfosis ataca en jauría, desde el interior del estómago, irá engullendo todo cuanto encuentra hasta la dermis, devora el esqueleto, los tendones, la musculatura, las vísceras, la magra; en un instante llega a la cáscara invertebrada de pellejos no digeribles para su metabolismo. Justo entonces, la miasma abandona al anfitrión, un guiñapo que se desmadeja chorreando el caldo tibio de sus humores, para deformarse por su propio peso hasta que únicamente queda una gárbula grotesca a la deriva; después, entre las idas y venidas del mar, unos pellejos traban a Nahui, casi pierde el equilibrio y se tambalea sobre el presagio de una pandemia inminente, apenas detectada en el poblado, pero que al menos servirá para disipar la sospechas ladinas y tensar los cordeles sueltos en la almadraba del enredo.

(4) Anhela los sembradíos de ocurrencias mágicas que levitan en la bóveda celeste. Amaron como si hubieran sido o fueron en verdad mujer y sintieron, sufrieron, lloraron como mujer los cilicios de las despedidas. La leyenda dice que antaño prendieron el firmamento, la leyenda dice que desde entonces esperan, trémulas, impacientes, para repetir una cita prima. Son musas estilizadas, sílfides tibias, fascinantes orondas, divas perfectas, normales, luminosas, etéreas, libres para encandilar, libres para flechar, dormir, cantar, versos, cuitas, suertes, sin cancerberos ni fundibularios pertinaces. El caminante puro que escudriñe con los ojos inocentes descubrirá esa materia cuajada de entelequias que aluza y mantiene y aviva el romance y las aspiracion más profunda y prístina del alma. La leyenda dice. Las vecinas murmuran.
(5) Someter el entusiasmo, no torear la suerte como quien se coloca delante del uro furibundo, sujetando un capote trenzado con adelfas, camelias y amarantas, pues incluso estando sobrio y templado, al corajudo diestro Ciclón de Jerez, en un descuido, un morlaco le vació un ojo para impedirle porfiar y concluir la faena.



Nahui, con las primeras migraciones del vuelvepiedras, aprovecha un intervalo túrbido del amanecer y zarpa cariacontecido. En la botadura, sopla a través de un cambute seco y el sonido bronco de la guarura mitológica atraviesa la selva, la luz rosicler, hasta llegar a la materia anquilosada del poblado, toca la migraña del lugarteniente Amacuro, los recuerdos más antiguos de los durmientes, roza el celo ardoroso entre los muslos curativos y los senos lactescentes prescritos para curar el extravío, frunce los entrecejos en la guardia ceremonial, despide a su divo doncel, que está afilando el puñal del encono, despide a Eréndira madre, omite al padre intransigente, dice no añoraré ese ir muriendo un poco cada día sin encontrar jamás el primer peldaño hacia los trece cielos, reniega del rol atribuido, maldice las zumbas y chanzas y el sudor perlado e inasible en Maru Duchicela, que a cualquier hora produce la sensación de haberse bañado un minuto antes en la alberca.
Empuja el bote hacia el imán del oleaje, inventariando la carga, las provisiones hídricas, las raciones de ñame y elote aztecas, prudencialmente envueltas en pellejos asoleados de caimán. Inicia, así, una travesía postergada por las rémoras de la mala suerte y el temor infundido por el consejero meridional, Atahualpa. En la tribu es venerado como un tótem, aunque nadie sabe a ciencia cierta si ese respeto solemne está justificado por su longevidad sapiencial, su astucia o la falta de una pierna que las hienas le arrancaron a mordiscos cuando intentaba alejarlas del ganado. Sentando en la posición del loto, de espaldas al ocaso, como un emblema protector contra la temeridad, refrena a las generaciones jóvenes, que le inquieren con un fulgor desafiante en la mirada y la misma curiosidad aventurera bullendo por sus humores sanguíneos. Señala con el dedo una ubicación distante, hace suponer que están contemplando la inmensidad oceánica, clava un susurro admonitorio en el oyente, cuidaos de batir los dominios del crepúsculo y la aurora, porque nadie sabe volver del averno donde los cayucos se tornan ingobernables y son arrastrados como cáscaras de guayaba hacia un piélago vertiginoso e insondable.
Con anterioridad, a esos pronosticos, el oyente había soñado con una región nítida, cálida, creíble, moderna y antigua, donde trabó entendimiento con sus habitantes y vio varones que se cogen la mano y pasean a través del cauce idílico por sobre calles bulliciosas y avenidas con líneas de árboles lánguidos a los lados. El recuerdo del idilio onírico más el coraje pionero le servirán como astrolabio entre el desespero para timonear aquel viaje épico.
Solo cuando superó los primeros tramos, adquiere conciencia plena de la empresa que acomete, la compleja soledad en derredor, la problemática aparejada al oficio navegante, el olor a muerte bajo la canoa. En conclusión, olvida el aplomo y la seguridad que confiere la teoría abstracta y el chamizo familiar y la planificación aséptica. Ha perdido la referencia del atolón y el acuario doméstico es ahora un vasto erial, amenazador, siniestro, de colores desconocidos, que resuella como una bestia apabullante y mueve al héroe disminuido hasta situarle en una marejada opaca a la voluntad humana.
La navegación autónoma pronto le deja ocioso, tira del primer cabo entre sus pensamientos y rememora a quien guarda un registro detallado con todo animal cubierto de pelo, plumas o escamas, más toda planta, curativa, venenosa, ceremonial o neutra. Es el chileno transportador más viejo y más sabio del continente, Atahualpa. Los forasteros, al volver a sus alquerías, pregonan y extienden la noticia del sabedor que sin fatiga ni titubeo puede enumerar cada ramal genealógico de cualquier solicitante, despliega una parafernalia intimidante, queda en trance, en un compás de arrobamiento, con los ojos entornados y vueltos hacia dentro, mientras deslía los embrollos del enredo en las tomizas del apodo y la fisonomía y los desempeños hilvanados por su bisbiseo trepidante, sin escatimar detalles sobre la ternura o la mezquindad o los hechizos amatorios propios del infierno celestial que hay en cada mujer hembra, incluye los denuedos y trajines diarios, los animales de matanza que ayudó a sacrificar, los alumbramientos prósperos o la manera en que murieron sus vástagos. El memorioso, Atahualpa, recolecta un precio a cada visitante de las afueras y por esa exigencia se le considera la primera exhibición comercial realizada en la comarca. Bajo un toldo de ramas y mimbre, muestra una facilidad pasmosa para resolver las cuestiones planteadas, el orden protocolario de las ceremonias nupciales, cuántas veces debe satisfacer una esposa los requerimientos carnales del marido, o el método más eficaz para reducir el amargor del cacao hervido; de modo que revela los detalles escabrosos, el anecdotario secreto, la biografía privada de la difunta esposa, induce en Powo la necesidad de retroceder en el calendario y susurrarle a Xina que qué pena, te marchaste sin una despedida, sin darme oportunidad a resollar siquiera y ahora te suplico lo que antes callé, desconfía de la jungla, vuelve pronto, te llevaste todo, la vida, el fragor del arcoiris, las sonrisas, hasta el modo de atravesar el fachinal de recuerdos levantado por este oficiante de mala sangre y sus tópicos sobre nuestros últimos instantes caducos.
El capitán y grumete y pasajero único divaga, sin un propósito determinado, recuerda al folclorista entretenedor, Lautaro. Transporta una profusión de misterios y leyendas que se remontan a la era marcada por el mes Quecolli, el ayuntamiento entre la diosa Toci y el héroe Ispirescu, los principios de la guerra eternal, causada por un rapto contra las hijas de los clanes Chiriguanos y Mojos, perpetrado en el error por los Guarayos, durante una batida para cazar braceros y esclavas concubinas. Desde el agravio, los pobladores no encuentran sosiego en las noches cerradas, ni se conceden un momento de paz. Entre la selección de estampas memorables, fabulas dinásticas, creencias ancestrales, bestiarios y primicias tardías, que declama, recita o entona Lautaro al auditorio de aprendices, hay una que precede al resto y colma la imaginación del curioso. Trata sobre la diosa señora de los senderos y las encrucijadas, Anahuac, cuyas lágrimas incandescentes hicieron germinar los maizales.
Nahui había escuchado al contador invernal cada noche antigua, todavía más, recordaba los pormenores, las pausas con que suscitaba intriga, el tono altilocuente, acompañado por el crepitar de una fogata estratégica, la disposición humilde con que baja desde la panorámica al nivel concreto, la señal en la voz atiplada, el esfuerzo por hacerla más aguda, menos grave, y despojarla de vanidad y ánimo deslumbrador; precisamente entonces, Lautaro, tras ratificar el interés del parvulario, revela el origen y la transmisión hereditaria en las facultades propias del sabedor y pionero que fue diferenciado mediante un o varios talentos para acometer tareas transcendentes o provechosas o imprescindibles al bienestar comunitario.
El exiliado hace un esfuerzo de síntesis, valora saber porqué una élite maneja poderes abrumadores y encauza el destino a los demás, asiente con la cabeza, sorprendido ante su propia resignación, entiende la utilidad pública de los arcontes celebérrimos y los transportadores titánicos. Cargan medidas y cuentas, números, recuerdos y volumen sapiencial, saben todo, leer y escribir, descifrar quipus, coinciden sobre la ubicación de una cornisa limítrofe, fuera del alcance visual, en cuyo reborde las embarcaciones son arrastradas hasta brincar sobre una cornisa y caer después sin remedio por sobre una pared de musgo y vidrios lunares y desechos calcáreos, una ladera sin fin, o peor aún, dan con la región de las penalidades. Así, pues, el mundo es una llanura finita y parece inminente tropezar contra el borde de la realidad. El marinero atribulado, conduce la falúa sin incidentes, rebasa la lejanía recursiva y pierde la cuenta digital de las sucesivas jornadas que, empíricamente, contradicen las creencias arraigadas. Asume que el horizonte no está fijo, le acompaña, por tanto, en el trayecto y parece desplazarse para evitarle morir de tedio o por la acedia.
El salvajismo del ecosistema marino le sensibiliza tarde sobre la conveniencia de resguardar mejor las provisiones. Solo cuando presiente, a través de la luz zodiacal, los remolinos tempestuosos que llegan sobre la mar encrespada, una tromba traicionera engulló la chalupa, para aturdirle con giros vertiginosos y vaivenes y descensos bruscos, hasta que, rozando el milagro, acabó indemne y perplejo en la misma playa desde donde había salido mucho antes, pero con el cucayo y la pitanza mermados.
Superada la contingencia, recompuesto y endurecido el ánimo y aprendida la lección, decide emprender, sin más dilaciones, el mismo periplo hacia la utopía. Ha incorporado nuevas tareas al quehacer rutinario y anotará el transcurso de las jornadas mediante una incisión redonda en el mastil, una muesca a la semana, un palote mensual, una línea recta por lunación, una raya oblicua cada trimestre, como si la contabilidad del decurso pudiera servirle, además, para tener una certeza orientadora entre la inmensa lámina ondulante donde chapotean los recuerdos y el instinto se pervierte por el hechizo cantado de las sílfides embaucadoras.
Cinco hendiduras después mar adentro, se pone en pie y contempla un escuadrón de orcas que está asediando a un ballenato huérfano, le mordisquean con una falsa ternura, sin prisas, entretenidas en degustar bocados superficiales del cetáceo, como si estuvieran apreciando su sabor y textura. Recién, estalla un chapoteo de aguas revueltas, una rehala furibunda empieza a descuartizar a la presa mediante tarascadas feroces, impregna la memoria del prófugo con una estampa violenta. No sabrá describir a Plinio Vidal el lienzo de la aguada, la espuma teñida entre las crestas fugitivas, los rebordes duros del agua, el nervio voraz de la naturaleza primitiva, los brotes rutilantes, indigo de ultramar, rubíes licuados y cornalinas acarminadas. Tras la rebatiña, para prevenir los incordios del hambre, recoge varios trozos del festín que flotan entre el marullo, logra superar la reticencia inicial y las náuseas de comer carne cruda y más tarde, incluso, llega a considerarla un manjar exótico.
En mitad del desierto acuoso, las cuentas del tiempo se amontonan hasta indicar una sola fecha, pesada, irreal, turbativa, que consume la salud y burla los sentidos. Ha revisado los palotes, rayas y puntos y añade la virguliña a fin de extender el vocabulario y señalizar una medida para los años. Al darse cuenta de que consigue domeñar las dificultades que plantean las circunstancias, fuerza una sonrisa, sorprendido también por la rapidez con que se adapta al entorno, pero demuda pronto al ser consciente de que el almanaque le permitirá medir el pasado pero no la distancia restante del crucero.
Desilusionado, cree atisbar un rebaño de islas dominicales en la distancia, mas un viento racheado deforma las siluetas, el paisaje se evapora con rapidez y al término del fenómeno solo queda una espiral de vapor sobre la reverberación del mediodía dramático. La frustración mal digerida enerva los ánimos del navegante, exasperado por las tardanzas del destino, necesita desfogar su humor colérico, destructivo, pero no encuentra cerca ningún objeto apropiado o prescindible, escarba entre los aparejos, coge los pergaminos, separa unos fascículos al azar, sin saber que contienen la edición original de una obra perdida del infame Diego Ordaz, enrolado en una misión exploratoria al mando del capitán don Hernando Cortés. Fue hombre cultivado, inquieto, con una difusa vocación religiosa y un carácter propenso al abatimiento si permanecía mucho entre las cuatro paredes de una misma ciudad. Nombrado a dedo comendador de la orden del Buen Hacedor, especificó con acierto en sus crónicas prohibidas que los indios, si bien asilvestrados, sangran como los demás seres, tienen emociones, un ciclo de nacimiento, juventud y vejez, sufren y gozan y en consecuencia es dable asegurar que su naturaleza a pesar de la opinión extendida, coincide con la condición humana.
Nahui no lee, no sabe, compensa la barbarie con más rudeza y empieza a trocear folios y cuartillas sueltas, arranca páginas arbitrarias, furibundo, divide la unidad en restos sucesivos, troza un todo en partes, como un autómata, repite la mecánica recursiva, Fragmenta, descompone la esencia en resultados menores, una vez, dos, cien veces, cada pedazo empequeñecido en briznas terapeúticas, arrojadas sobre la cubierta, con la rabia de estar anclado en la cizalladura del extravío, sin querer ni poder hallar el viento favorable del retorno o la maniobra certera para corregir el rumbo hacia la proa, de modo que persiste en la terapia, esparce el confeti de lástima, las tristuras musicalizadas por la cadencia del mar en calma, agarra más prosa incomprensible y tras una sucesión de manipulaciones papirofléxicas obtiene un diminuto balandro, sorprendido por su habilidad para escalar el mundo a su conveniencia, indulta al resto del papelorio y deja flotando en el desaire un artículo de opinión racional (6) que publicaron por error en la tirada semestral de la revista para adultos Playboy.
Al tocar el agua, el contacto con el torrente oceánico funciona como un bálsamo contra la exasperación, el impulso agresivo queda retenido, asume, entonces, su destino racional, incluso, llega a establecer un símil, reflexiona sobre la espiral que hay marcada en el caparazón del múrice y asocia cada vuelta geométrica con las adversidades que ha ido acumulando durante su corta e intensa vida de hombre adulto. Las circunvoluciones tienen un final, en consecuencia, su infortunio no puede durar eternamente.
Agotado por la adversidad, se adormece entre escolios y sátiras burlescas, hasta el instante crepuscular en que despierta sobre una chalupa enfangada por la bruma. Escucha un borboteo, las calenturas del gigante, la ventolera que anuncia los dominios del volcán enloquecido. A su lado, una columna gruesa de telinas, calamares y cabrajos, emerge a propulsión, alcanza las alturas, gira en un torbellino, ruge y a continuación se desbarata, como un pedrisco sobre el marinero que necesita cuerpear los proyectiles para salir indemne. La frazada marina en derredor se abomba, irrumpen pompas gigantescas que estallan y esparcen una miríada de lamparones ígneos y un olor pegajoso a tierra, cieno y azufre y carroña, escaramujos y mierda de elanio y otros muchos matices que el damnificado no atina a discriminar, porque una onda expansiva traslada la embarcación a la periferia, donde se hará inmune a la metralla y el enojo visceral del espíritu telúrico.
Otro día, la canícula convierte el hemisferio en un caldo hirviente; acribilla la piel del marino, subjetivamente, con vidrios pulverizados. No ha tenido un instante de sosiego ni el enemigo natural acepta una tregua, pues tras el desgaste térmico, ordena una tormenta fugaz e inunda el ambiente de electricidad, después las llamas celestes que ondean en la punta del mástil desarbolado inducen al observador a prepararse para el combate.
Más adelante, al narrar el episodio a Plinio Vidal, sabrá que los fuegos fatuos de Santelmo, en realidad, son inocuos, aunque en su momento, consideró oportuno encomendar su maltrecho espíritu a las deidades que adoran los clanes continentales(7) y en ese momento los recuerdos se le enredan, mezcló cielos y dioses, fue acortando la letanía que desgranaba sin pausas ni omisiones a causa del aprendizaje autómata del sistema educativo público: Omecíhuatl, Tonatiuh, Metzli, Tláloc, Ehécatl, Tlozaltéotl, Ctlalicue...
Solo tras confabularse con el empíreo, robustece una voluntad vacilante, entre resignado y estoico. Las punzadas del hambre le recuerdan entonces la conveniencia de buscar alimento y sustituir la dieta actual a base de cochayuyo crudo y esponjas. Nada que comer, susurra el estribillo de una canción antigua, despide a las sílfides etéreas, musita misterios, con pulso regular, para infundirse ánimos, Irepane no está conmigo, se acabó el mundo, condenado por siempre al sufrimiento, condenado, repite, a padecer un amor, una soledad, un poder, una nostalgia.
Luego consigue entretener la incertidumbre pastoreando recuerdos, clasifica cirros, rebate el paralaje, bautiza olas según su duración, altura, y sonoridad, hasta que un viento largo, con nombre propio, afecta a la navegación, enmaraña el rumbo, llevándole por derroteros idénticos a otros muchos anteriores hasta alterar la cuenta del almanaque trazado a cuchillo en las maderas corrompidas, cuyo ensamblaje terminó por descomponerse.
Durante el accidente, consigue aferrarse a unas tablas deleznables. Pasa la noche a flote, llevado por la inercia, con el cuerpo sumergido hasta los hombros, en un trayecto incómodo, pedalea esporádicamente para desentumecer las piernas y combatir los calambres.
Con el primer repunte del amanecer, un modorra irresistible evitará que muera por agotamiento, transformado en dos garfios que aprietan los restos flotantes de la barcaza. Tras un lapso, recupera la conciencia bajo una claridad cegadora. Tiene la sensación de haber vivido el momento, recuerda la realidad conforme ocurre, la blandura del lecho aguanoso, las arenas donde está embarullado entre algas; sin incorporarse, analiza la amalgama sensitiva, el tufo a miedo animal, el betún quemado, las reminiscencias juveniles. Hay torzales de humo, un chasquear de leños; se pone en pie y descubre la evidencia, una realidad simple y pasmosa. Ha vuelto a su origen, a la aldea natal desde donde partió. Tanto nadar y al final me ahogo en la orilla, sentencia, abatido.

(6) La red planetaria de máquinas computadoras hace trivial el intercambio masivo de mensajes de longitud arbitraria, si cumplen los parámetros impuestos por la tecnología concreta, el diseño programático o las especificaciones del entorno, o la mercadotecnia. Esta línea directriz tiende a eliminar la imposicion de la norma gramatical, recurre por economía a inventar códigos e ideogramas, al vuelo, capaces de expresar conceptos culturales complejos, por tanto, evolucionamos hasta las civilizaciones primitivas, que usaron convenios similares. Una heurística propone que el argot de las abreviaturas, en la población femenina, es proporcional a su ortografía y para el censo masculino, exactamente proporcional a su empobrecimiento léxico. La jerga, acomodada, sintética,  profusa, llega a requerir  diccionarios especialistas o a jóvenes traductores prácticos para que el receptor logre  un conocimiento cabal del significado transmitido. En síntesis, la escritura requiere un estilo adecuado al contexto,  sin duda, empero, sobre todo, al acto simple de la comunicación humana. Obviamente,  quien suscribe evita la intencion adicional de inducir a pensar sin abreviaturas ni limitaciones numéricas.
(7) Sol Invictus, Nanna, Eos, Baal, Huitzilopochtli, Yue, los Ocho Intemporales, Rafa Nadal y Tinia, Abuk y Bat, el Olimpo griego, Helios, Ponto y Tanatos, Krisná, Mitra y Buda, Mama Quilla, Indurain, Utu y Odín, Apolo y Chabela, Vargas Llosa, Atarrabi vasco, Mamiambo zulú; dioses etruscos, Alpa, Tinia y Linux, Ogoun, Agwe, el guaraní Jurupari; Osiris, Ra, Horus, Iris y Anubis y Arah.



El héroe anodino, ensayó un tercer viaje al exilio, malhumorado por las torceduras del destino y la índole traicionera que supone perseguir ideales potencialmente mortíferos y fábulas teóricas, brujulea a las bravas, sin mapas ni tripulación, por sobre el dédalo lineal de meandros, crespones y remaches espumosos de la cimera del acuario en calma, atento a los envites resonantes que terminan estrellados contra la embarcación. Parecen murmullos, toses, carraspeos, eructos, una carcajada, un reclamo seseante, estornudos, ventosidades, un eco apenado, un eco orgánico, un soniquete repite el anterior, a semejanza del siguiente, enfanga el ánimo del vigía marinero, quien avante en las cuentas, frente al erudito Efraín Malaspina, pronunciará el estribillo con esa afectación teatral del comediante, repite, incluso, la misma entonación acibarada: "Omnia vincit amor".
La letanía le roza como un limaco grande que repta por la cubierta y marca su frente con una duda lapidaria. Había tropezado con un redivivo castellano, según le aclaró Guadalupe Hidalgo, un embaucador que usa el estilo intrigante y la sorpresa para consumar sus fechorías, secuestra al incauto o la pasajera cándida, los zambulle en el averno de las aguas prehistóricas y en su redil convierte a la víctima en un esperpento dócil, un oyente más con que rellenar, sin interrupciones, sus farragosos soliloquios, pues no encuentra otro método para aliviarse el tedio abrumador de la fosa tectónica.
La voz martilleante y los continuos sobresaltos del periplo producen una reacción hormonal en el navegante, disparan los resortes que predisponen para luchar o huir, empero, ninguna de tales tendencias es factible ni tiene una salida natural, por consecuencia, cabecea esporádicamente, sin relajar el puño tenso en la alpaca. Vigila un perímetro desolador y exuberante, hasta la oscuridad nocturna. Apenas entonces, cede a su fisiología y cruza hacia la orilla opuesta al raciocinio, rehace el pasado según sus deseos más profundos, entre ensoñaciones recurrentes, departe con Irepane, Toro Mandante o el benigno Atahualpa y más nítida y sólida encuentra la planicie que le permite observar con cautela a un coloso trapezoedro, una montaña metalúrgica en descenso, que bufa y chirria con una resonancia estridente, enciende y apaga luminarias incrustadas por sus pellejos, arroja humaredas que casi podrían cortarse a cuchillo, maniobra en un tabalear corregido mediante eyecciones flamígeras. La aeronave queda suspendida una fracción y hunde los cascos en el suelo duro. Tras abrirse una compuerta, un extraño asoma. Su cabeza es como un bolo gigante de granizo, sobre un cuerpo voluminoso y torpe, sale al exterior y camina dando saltos y largas zancadas. Detrás, reconoce al tripulante de sonrisa fácil y nudillos impertinentes, pero justo entonces un maretazo copioso termina con el arrobamiento y le devuelve a una vigilia encharcada. Puesto en pie como un resorte, encuentra la actualidad atravesada por una tríade de bestias gigantes, mas, recién, enfoca mejor y advierte que son meras construcciones humanas. Vislumbra tres carabelas, nevadas con cenizas mortuorias, progresan con el velamen desharrapado y las arboladuras carcomidas por la intemperie, traen el casco invadido por las colonias oportunistas, pólipos, bígaros, cauríes y verigüetos. El convoy se aleja sin agravios, desplazando un clima sombrío, una fauna siniestra de verderoles cadavéricos y pintacilgos lívidos y una flora tupida donde flamea el pabellón imperial de los Reyes Católicos.

javier @ estrella.ws