Download

La Maldición de Howard Carter:
PDF (2MB) / EPUB (3.5MB)


6 cuentos / 1 novela / 310 páginas


Cientos de libros gratis. Auspiciado por openlibra.com



En camisa de once varas. A cada ONG que lucha por una causa legítima.



En el nudo capitalino, durante los esponsales del emir heredero y la inasible Sherezade, varias doncellas, desilusionadas por las imposturas, lisonjas y promesas hueras, vertidas por el funcionariado y los jerifaltes civiles, han decidido, con el alma encogida por la vacilación, abandonar la alcazaba, evadirse y poner rumbo hacia las únicas tierras conocidas donde toda mujer puede convertirse en princesa y reinar como ocurre en los cuentos mágicos.
Por tal acicate y otros motivos concomitantes, con sigilo, casi de puntillas, van siguiendo el trazado menos concurrido hasta una salida accesoria. Atraviesan un taller mal iluminado y las prisas, los nervios o las sombras o todo a la vez, les impide detenerse a remediar los regueros de colorinches bajo las hilazas que caen desde los sacos tambaleantes y las cestas dispuestas en hilera. Son los mismos tintes y pigmentos previstos para estructurar las grafías y símbolos que aplacan demonios y sirven, allende, de orientación a las almas erráticas.
La recua progresa, parece levitar por entre muros y paredes ornadas con relieves floridos y cábalas astrales y abecedarios ordenados sobre ataujías armoniosas; deja atrás los revestimientos sibaritas, la yesería fulgente, las incrustaciones polícromas en las puertas salpicadas de vidrios ahumados y cuarzos y sideritas. Durante el estallido feminista, cada mujer camina unida a todas las demás por una reata no tangible pero cuya trabazón marca una sincronía tan rígida que recorren parte del itinerario enclaustradas por la misma métrica equidistante. Como detalle adicional, muestran un solo mohín afectado, repetido en nueve cutis tras la muselina del velo, como una trenza de azucenas, más una muchacha ebúrnea y otra ensimismada en su propia fragilidad. Once fugitivas conforme a los burócratas ufanos que relataron la infamia, doce según la leyenda divulgada no poco después por los noticieros ambulantes, mediante pliegos que tendían en un cordel para atraer la curiosidad popular.
Las once o doce temerarias avanzan como una prófuga única. Pisa despacio el tablero del suelo, una ocurrencia cuadriculada mediante losas celestes y níveas; eluden cómodas, arcones, sillería, tinajas, ánforas, medialunas recortadas en estaño laminar y suspendidas por hilos sedales del techo; esquivan gabinetes científicos, instrumentación óptica, enciclopedias apiladas, volúmenes repletos con los mismos razonamientos que inferirán, varios lustros después, los algebristas extranjeros. Apartan astrolabios, espejos con la virtud de hacer más próximo el porvenir. Saltan por encima de autómatas pensantes y ábacos donde los geólogos guardan el cálculo preciso con todas las medidas del universo.
Las candidatas, con pudicia, entran a la atmósfera cuajada de hechizos amatorios en las alcobas menores, rozan apenas cada dosel bordado con los suspiros aprendidos de las odaliscas, tibias y a la vez discretamente ausentes entre las colgaduras vaporosas y los tules cortesanos; oyen las risas antiguas que permanecen reverberando entre las vaharadas a sándalo y el sedimento de los alcanforeros, hacen la señal del adiós a los lechos delicuescentes y las camas imperiales y los tocadores atiborrados de afeites y ung├╝entos para embellecer.
Cruzan antecámaras y vestíbulos anchurosos, pasillos bordeados con las dádivas y agasajos de conveniencia entregados por los diplomáticos ilustres y los próceres de antaño. Son panoplias con haces de esgrima, blasones que producen la ilusión visual del movimiento conforme las espectadoras cambian la perspectiva. Ven, sin tocar, un artilugio grande, quizá una gramola, que al girar su manivela podría esparcir un viento instrumental, atávico, como de sicus lánguidos y armónicas sonoras, entrelazadas por bajo un cantar que hace presentir la certeza patente del último llanero en su cumbre borrascosa, a quien no le queda nada por conquistar.
Las escudriñadoras apenas se entretienen ante el acuario donde habita cautivo un delfinario bullicioso, no dispensan atención a las bordaduras luminosas y la pasamanería lógica de las urdimbres atusadas para los tapices sensitivos bajo los pies descalzos, ni reparan en los epitalamios trabados con gubias sobre trípticos de latón abiertos y sujetos a las paredes por tachuelas y escarpias argénteas. Evitan aminorar el paso, ante la armadura medieval con la osamenta y los relicarios del adalid campeador, don Quijote, el desventurado, que según los crédulos, renace cada mediodía de entre los fierros y hojalatas, eternal, ambula, deambula, resuelve pleitos, compone hazañas, descompone entuertos, embiste a los ogros enormes como molinos y, al fin, siempre marcha, silueteado por la tristura, por cuanto que su amada no le atendió ruegos ni rondallas.
Caminan, las doncellas, aprisa, sin una pausa, sin un remilgo, compelidas por la verguenza y el miedo, estresadas, nerviosas, atentas al indicio del captor agazapado y difuso o firme y duro, con un cendal, dos trallas, tres vergajos. Ergo, improvisan un método de comunicación mediante señas, no hablan, no piensan dos veces la misma ocurrencia por temor a delatarse. Corren silenciosas, como las buenas intenciones, tras haber desestimado otras alternativas. Por ejemplo: pararse a restablecer el ritmo ordinario a su respiración.
Al rebasar la halconería, por una coincidencia exasperante, se cruzan con unos músicos cargados de crótalos y timbales que han emergido desde una carpa y a pesar del imprevisto siguen su camino, ajenos a la intención evasiva de las muchachas. A consecuencia del susto, trémulas y resabiadas, imprimen a sus andares un algo artificioso, tras establecer otro pacto tácito, sorprendidas por esa facilidad recién descubierta para la improvisación histriónica.
Así, pues, fuerzan la paciencia, refuerzan la cautela, ante el taharí y los virotes de un entorno variable, insuflan temple a una criatura prodigiosa, capaz de anticiparse al humor y los movimientos del enemigo, los jenízaros, los machos otomanos. Podrá hacerse invisible a voluntad tras los biombos, ante la ronda del centinela; podrá enderezar el rumbo tanteando, como una anciana vetusta tantea la tibieza de las ascuas mortecinas en los braseros y las lámparas untuosas, sabrá percibir el sonido distante del azogue de las bestias enjauladas, para abrir una trocha por entre el desamparo.
El simbionte hembra se disgrega en una docena de pensamientos convergentes, adivinan la ubicación de las aldalbas, los resortes, el pestillo, la cancela, el siguiente escaque lógico, contiguo, yuxtapuesto, ramificado, paralelo, escalonado, construido entre vanos humildes, bajo escalinatas que se bifurcan, tras postigos cuyas jambas y bisagras amortiguan las tribulaciones del poeta errante, quien solitario canta al convite, desmiga cuitas, se pregunta si la puerta del amor permite entrar o acaso se cierra una vez para no dejar salir jamás.
La facción rebelde va ovillando el hilo musical en la rueca de su memoria, casi obsesionada durante el esfuerzo por mantener una coherencia interna, un movimiento sincronizado, un reparto proporcional de oruga articulada. Necesita ir agachándose al pasar por bajo los vitrales de las ventanas a medio abrir y las celosías reservadas y la expectación servicial del cubiculario, humedecida por el vapor de las aguas calientes que salen a chorro desde el manantial de géiseres sembrados ante los baños termales. Evitan demoras, al quedar expuestas en la amplitud de las salas y antesalas y vestíbulos y recibidores y piezas accesorias sin utilidad práctica. Adivinan los ojos de vidrio del ocelote embalsamado en la galería abiótica, donde, a cada paso dado, las espectadoras retroceden una era geológica, en sentido figurado, a través de las especies momificadas a tamaño natural. Caminan entre faunas extintas, urogallos, linces, lobos, bisontes.
Hallan un límite impuesto por la arquitectura, paralelo a la pareja que precede a todas las demás y sigue a las anteriores. Está erguida en un pedestal hierático, tras una vitrina hermética, sobre una leyenda discreta: Homínidos númidas. La madre y el padre de las generaciones advenideras, usufructuarios de una huerta maravillosa, fueron condenados a vagar por los confines del mundo, hasta que una helada repentina, intensa y demoniaca, los dejó con la palabra en la boca, durante la pose de una despedida que nunca se produjo, convertidos desde entonces en dos amantes, para siempre, jóvenes y decrépitos.
La greña de mujeres traspasa cortinajes, pisa zofras, tapices, alfombras voladoras; alcanza los pomos que permiten acceder a otros castillos ilusorios dentro del palacio sin término cuyas habitaciones concretas son más grandes en el mundo físico que en la imaginación, seguidas por un tintinar de aluminios y oropeles, abiertos a su paso en los lienzos constelados y el rumor de las escolopendras sobre los florones hechos a buril sobre las pérgolas y el artesonado del techo o el armazón de maderos como barcas vistas desde abajo, entre lacunarios rellenos con piñas enormes laqueadas y caparazones fósiles, más trigales, nebulosas y luz zodiacal extendida con albayalde, mampostería y esmalte cosmético por sobre los pabellones del refinamiento y la opulencia.
Despiden a los albañiles y menestrales del medievo, salen a la intemperie, todavía faltan largas avenidas y corredores y galerías amuralladas por setos laberínticos. Gatean bajo los dinteles y los arcos festoneados y los diseños mocárabes que conducen al patio principal, por donde arrastran su precaria humanidad, como una camada de lobeznas temblorosas, para conjurar todo mal, todo daño, toda soberbia innecesaria.
Saludan, al unísono, con un roce o una caricia a las bestias leoninas cuyas garras soportan la pila bautismal de una fuente cuyos resortes hidráulicos van modelando, continuamente, las aguas hialinas del manantial que brota desde unas fauces abiertas sobre el alabastro, son esculpidas para siluetear amapolas y espigas y proponer faunas mitológicas y figuraciones fugaces e irrepetibles.
El hilo infinito con que el azar se teje a sí mismo, ha terminado enredado sobre la rueca del equívoco, ante una puerta ungular y similar a otras adyacentes, repetidas como los espejismos que rodean al alcázar. Olenka, reticente a la improvisación, dotada de una capacidad organizativa sin depurar, había girado sobre sí misma, de súbito, cambió la dirección por que avanzaban, por error, hacia los balnearios.
Al desbaratar el orden lineal, tropezó contra el eslabón anterior, en concreto, Berenice, seguida, a paso ligero, por casi un tercio del pabellón amotinado. La columna, pierde el rigor cohesivo, se disgrega por su propia dinámica de reacción en cadena y oleadas en sentido contrario y múltiples colisiones, aturullada, sin saber a ciencia cierta cuál es la espalda que deben seguir ni quién marca el sentido de la marcha o dónde está la fila y el norte, por los siete profetas del zigurat: una turba que ninguna cree posible durante un intento de fuga serio. Contienen la risa, se reordenan, invierten la marcha, con disciplina castrense, y seleccionan el ramal adecuado.
Con el ímpetu renovado, la lección aprendida y el deseo incandescente, franquean una carpintería trufada de taracea y filigranas refulgentes. Apenas entonces, asumen el ritmo del ajetreo de las calles y avenidas y callejas en el sultanato. Primero se unen a una cáfila de peregrinos, empero, no logran mimetizarse entre la muchedumbre, pues son bellas, excesivamente, juveniles y magnéticas, de modo que las sílfides griegas, íberas, celtas y arábigas, deciden abandonar el camino principal y eligen una bifurcación para adentrarse por los andurriales del misterio.


FJ Padilla
Carpe Diem - javier @ estrella.ws