Una Vida o Libro de lo Natural o La Era del Descubrimiento

Primero, antes de organizarse políticamente cincelan sobre el duro lienzo a sus pies: SUPERVIVENTES AQUÍ.

Los excursionistas no aprecian el gazapo. Segundo, fabrican una alfombra con broza, matorrales y musgo, apropiada para acolchar el sueño fisiológico. Celebran una asamblea urgente, sentados alrededor de una fogata imaginaria. A lo lejos, en la lejanía, al fondo de la realidad, tras el véspero literario, ante el bosque de alerces y terebintos, bajo los presagios trémulos del arte aulla un dragón malherido, solloza, como un mal recuerdo. Brama. Muge. Carraspea. Está poniendo en cuarentena al virus de la fantasía ¡Despierten, Nenas!

El invierno, emulado por burujos de algodón y liebres domesticadas y cartulinas con forma estelar y atardeceres plegables, ha perdido consistencia y se esfuma durante los primeras evidencias de otra estación recién descubierta, estrecha y abigarrada.

El monitor, educador físico, oteador de talentos, el civil impertérrito, sin parafernalia castrense ni boato aristocrático o sofisticación filosófica ni glamour cinéfilo, sin ánimo lucrativo ni artificios circenses y no exhibe promesas electoralistas ni embellece la dialéctica para acaudillar, por antigüedad y escalafón, al tropel de circunstancias y a los púpilos que se incorporan del catre como resortes mecánicos. ¡Supervivientes aquí!. Pasaré lista, quiero oirles un sano y salvo, señor, después de oir su identificación y el número asignado. ¡Atentos! Diré nombre y referencia. ¡Espabilen, señoritas! ¡Hoy no vendrán los charlies!

Los once reclutas -son doce- están unidos por una traílla de compañerismo anterior a la locución cuyo tono y volumen les induce a recordar una escena triunfal en la capital, los vítores, los estallidos de confetti y serpentinas y sellos con la esfigie del libertador y un reverso engomado que al humedecerlo se convertía en una crisálida minúscula de criaturas evanescentes. El educador vocifera, pretende inculcar disciplina, hacerles inmunes a la derrota; modula una fusta inflexible que nadie podía recordar ni cree posible en un cabo convertido en oficial que tensiona retretas, maitines, toques de diana tempranera, sobre doce barbilampiños amodorrados. Increpa, asperge escupitajos de autoridad, arenga, cuadra un recordatorio sobre la exactitud y las palabras y el tesón. Aclara su lema: ¡Sano! Ratifica que hay salud para arrostrar acción. ¡Salvo! Nada, nadie, intimida o coarta. ¡Señor! Confirma la no existencia de iluminados con su particular destino mesiánico .

Afirman que ocurrió ayer, en realidad fue antier, junto al río, tras el desayuno y la concentración matinal, estalló una algarabía de jugadores que se disciplinó en dos equipos sobre la cancha de futbito. Entrenaban hasta que una tormenta monzónica, a traición y con mala fe, abrió esclusas para desagüar un tropel de aguas revueltas y batracios y anémonas de gelatina, sobre un cauce que empieza a rebosar el torrente licuado con rubíes, gemas y topacios. Las vías de escape por barlovento quedaron cegadas. El entrenador guió a los benjamines hasta el bosque de apriscos y cordilleras puntiagudas, la sierra con innumerables grutas donde antaño bastaba con hundir la mano en el barro para sacar puñados de oro macizo. Arribaron a una cueva, con nombre propio, aunque nadie recordaba cómo escribirlo. Están resguardados bajo el umbral de una aventura sorprendente.

Teóricamente, el tiempo es relativo, puede acelerarse, frenar con brusquedad, descomponerse en lentitud que la memoria reproduce después en secuencias fulgurantes. Exploran el dédalo de túneles en la montaña, sin nocion espacial o cronológica. Sus pies descalzos se esfuerzan por destrabar las zancadas hundidas en el fango. En el escobajo de ramales , son atufados por el alquitrán antediluviano que borbotea en mitad de los arroyos torcidos entre columnatas delineadas por espirales burbujeantes e hiedras sulfurosas; apartan a manotazos los helechos inciertos de partículas tóxicas, que dejan a los caminantes con el resuello agobiado.

El mundo, a las afueras del averno, ha sido alertado por la tardanza del equipo deportista y está en guardia. Los noticieros prodigan la futura efeméride por el globo terráqueo. Es oída, consumida y descifrada en la yema de los dedos; impresiona a la audiencia, a cinéfilos, asistentes, hinchas, Sautuola y su belleza usurera, la Dama del Mediodía; suscita curiosidad entre duques, clérigos, noveles, virreyes y emperadores, expertos en casuística, inversores que analizan la coyuntura, la tendencia más lucrativa, diseñan, planifica, promulga, reordena, concede ruedas de prensa, entrevistas, emplea frases ansiolíticas, exhibe el modelo blanco sobre blanco tras la sonrisa gentil y las maneras amables, corrobora que la excursión ha sido localizada, pregoneros y periodistas, situación bajo control, el Gobierno cuida a todos; los niños, bien, tal vez nerviosos y excitados porque desbordarán los índices de audiencia en las carteleras del ciberespacio.

El triunvirato legisla, juzga y administra contra las malas rachas del infortunio. Ha decidido consensuar un bando, publicar sentencia y presupuestar los acontecimientos con urgencia, el llamamiento a filas de licenciados y reservistas, la aplicación inmediata de las siete partidas dinerarias sobrantes del Certamen Bienal para Violines y Violonchelos; ha otorgado medallas al mérito, anticipadas por economía, a los bomberos, doctoras, médicos y policías que no titubearán en postergar su vida para curar al vecindario. Es un despliegue excepcional. Un batallón de voluntariado, administrativos y militares repiten la tarea incesante de achicar con baldes y barreños el fango líquido que desborda la ciénaga, las criptas, los túneles cuyo trazado natural pierde a los murciélagos recolectores de muérdago y atrapa al burgomaestre y su séquito. No saben si avanzan o retroceden o qué hora llega, transcurre y pasó en el día sin cuento de un mes corriente e igual a otros muchos lustros y décadas y lunaciones corregidos por el olvido, entre misterios inquietantes y médanos de techumbres polvorientas imbricadas por el desaliento. Resuellan sobre un caparazón gigante, un itsmo, un promontorio del Plioceno, donde los caminantes hichan los carrillos para resoplar atónitos, sobre una concreción formada por sedimentos de légamos endurecidos y estaño revuelto con volframio bajo las osamentas y los colmillos de las especies extinguidas.

La televisión moderna atrapa la realidad y la retransmite. Los periodistas meteorólogos gesticulan contra la predicción del mapa coloreado a distancia por la mano que señala la primera nieve en cotas altas y la presentadora cambia el ángulo de enfoque, dejando al cámara patidifuso. A continuación arremete contra borrascas y mar gruesa, indica proximidad del anticiclón, aquí y aquí, se desdobla ante la audiencia en dos climatólogos sagaces, que anuncian por los flancos del televisor una andanada de lluvia recia, relámpagos y centellas y nubarrones: Si deciden salir, no olviden los abrigos porque se espera una ola de frío intenso del Ártico.

La operación de rescate ha coordinado una orla fraternal entre municipios, provincias, comunidades, naciones, reinos, continentes, mundos, incluso, atrae al catalejo curioso de un jinete astronómico que recorre la materia oscura a lomos de un enorme cometa cuyo trote va dejando una frazada punteada por infinitos brillos titilantes. La emisión del reportaje, documental, noticiero, informe semanal, telediario, avance informativo, vadea tierra de nadie, pierde fuelle, el canal se desintoniza en el instante crucial, al borde de la revelación, antes del alegato inculpatorio, al filo de la verdad, con el último penalti, ante el umbral faraónico, durante la escena álgida que aclarará el sentido de la existencia a una muchedumbre en ascuas, que estalla en un arrebato colérico, insulta, defeca, profiere impertinencias. El canal estaba sirviendo una crónica por entregas con las portentosas desventuras del club regional de los Jabatos Indóciles, explaya y resume la casuística, el armazón histórico que contiene el argumento del drama, el extravío del equipo deportivo, la trabazón diaria, la simplicidad alambicada, los retortijones del corazón, la buenaventura. El televisor parpadea escenas de acuarelas desleídas, pausas oscuras, firmamentos punteados con carboncillo.

En la disfuncionalidad, los espectadores son informados: Han localizado a los trece supervivientes, nadando por el Mar de China. El acontecimiento se notifica venciendo el aire, con tinta impresa, embotellado en vidrios, estimulando reacciones magnéticas y eléctricas. Cada artículo se envía y reenvía en diferido o al instante, a través de foros, conciliábulos, listas, destinatarios adjuntos, preferencias, favoritos, grupos. La madeja argumental se devana con facilidad hasta un desenlace factible, entre otros muchos hilamientos, tardanzas, sucesos, coincidencias, episodios, sinergias, refinamientos, también ausencias, elipsis, sicalipsis, esperanzas ilusorias, simbología subliminal y esperas meditativas. Las cámaras encuadran una vista panorámica, con la docena de pequeños ovillados que sonríen entristecidos entre las mantas térmicas; el mentor protagoniza una respuesta visceral ante la multitud congregada en el enclave, improvisa un discurso -panegírico- frente al aire erizado de micrófonos. Los rescatados acatarán la hoja de ruta estándar y un avión panzudo les lleva hasta la capital, para chequeos médicos, observación clínica, condecoraciones, firma en el libro de visitas ilustres, etcétera.

Los doce intrépidos dormitan -son once, descontar un convaleciente en limusina-,resbalan por el agotamiento hacia las ilusiones deshidratadas por el sueño fisiológico.

El aerobús ha quedado suspendido un instante y levita como una alfombra mágica. Las dieciocho turbinas motorizadas han sido manipuladas hasta el desguace por una legión frenética de torbellinos, hipérboles, trombas avezadas en remover cáncamos, alcayatas y escarpias, durante un vértigo que anula la propulsión y el empuje necesarios para vencer las inconveniencias gravitatorias. ¡Atención! Una políglota virtual inicia un bucle sin fin : Pasajeros, Passagiere, Viaggiatori… La advertencia profesional, grabada en un estudio, parece tartamudear, irrita a los feligreses que optan por encomendar su pobre alma al patrón posibilitador de las causas inalcanzables, por ejemplo San Judas Tadeo o la taciturna Santa Josefa Prudente.

El orden del equipaje se desmorona ante las ventoleras cambiantes que remueve bolsos, neceseres, maletines, monederos. Una granizada, vertical y horizontal y oblicua, recorre los espacios vacíos entre el tutor cuya camisa está encharcada por sudor nervioso y los once niños petrificados en sus butacas. Son ajedrezados por los intervalos entre los destellos sucesivos del plafón de tres ocurrencias dispuestas sobre la entrada a cabina, el centro del pasillo y la salida de emergencia, en una atmosfera donde los pulmones se retraen por la falta de oxígeno y la cuadrafonía realza el martilleo intermitente de la alarma psicótica y estridente.

El avión dibuja una estela discontinua de restos combustibles expulsados a la atmosfera y prendidos por causas químicas en una deflagración de fósforo. El instructor mastica furia, tiene los puños ensangrentados, remueve, sacude, libera el travesaño de la compuerta por estribor y no le da tiempo a esquivar los manozatos huracanados que tumban su orgullo, se incorpora y vacila frente al abismo amasado a conciencia con harinas panaderas, que no le permite avistar tierra firme o mar abierto o cielo claro. En un momento inoportuno, exasperante, anticuado, prematuro, durante un minuto de silencio, con frecuencia, en el amén dominical, durante el sí quiero o el pésame o el besamanos o la extremaunción, suena eufónico un teléfono móvil, bivalvo, vibra, pinta melodías, musita ¡oh etérea dádiva! (Cambiar nombre en clave por un seudónimo fraterno para Ariana Grande) Swift somnolienta, Swift en los arpegios, Swift en las cítaras, los laudes, Swift callada, Swift enfurruñada, por la lluvia, por el café tibio, Swift a cualquier hora, en todas partes, Swift ausente, Swift autógrafa, entre bambalinas, sobre odas florales, entre jazmines vivos, bajo diademas melancólicas, Swift canta, en el tergal del pantalón planchado con parsimonia cada semana por una modista con la cabeza llena de acordes y estribillos de Maka y la Niña Pastori. El prócer agudiza el instinto, aprendió a disculparse en cuatro lenguas, a ganar al póker, a escribir caligrafía especular, a repeler las insidias del demonio, pero no atina a decidir bajo presión, contra reloj, a ojo de buen cubero, para armar, montar, ensamblar, un arreglo empírico acertado, en un plazo sensato y empleando recursos escasos; así que, el capítulo puede ser zanjado por un desenlace dramático o melodramático. El maestro de la desesperación tiene un costillar roto y el alma herida por las saetas pérfidas del infortunio; limosnea un indulto, suplica treguas, un milagro. Piensa fuerte. Inquiere. La realidad convirtió el funicular aéreo en un enorme juguete sin autonomía, que tiende a hundirse en las arenas movedizas del dorondón de espumas mitológicas donde ha resbalado el adminículo musical, desde la mano nerviosa del trovador, tuno o rapsoda que quiso desenfundarlo En la parábola, el auricular va expeliendo ruidos demoniacos, gruñidos, jadeos, arañazos. Presta atención a los grillos y su chisporroteo delirante y percibe estrellas remotas abriendo pétalos sobre corolas y escarcha y poetas musicales templando las fúlgidas liras, los claros laúdes y las tupidas mandolinas. Escucha. Percibe un llanto incomódo, un vagido inconmensurable. Mayea, a esa hora, pero en otra época, trisaban las golondrinas pávidas sobre las cándidas plañideras y la medialuna lírica y los fósforos fugaces y los adioses luctuosos de un trampantojo intinerante de prosistas, quijotes y comediantes. El teléfono desaparece como si nunca hubiera existido. El músico tardío apresura. Pasa revista al coro, un dodecasílabo hecho con la misma materia que la esperanza y los actos heróicos, doce copos, gotas, destellos, iguales en grandeza, iguales en dignidad, como hermanos, más que hermanos, gemelos consanguíneos, frágiles, poderosos, sometidos al mismo fatum, para bien o para mal. La escena televisada se ablanda y diluye como si estuviese hecha de cera vencida por el calor. Zamarrazo al lateral del televisor. Antes o después, un pelotón aerotransportado ruega al oficial al mando una pronta resolución, sus semblantes demudados piden en súplica que disponga y ordene al destino enderezarse entre los límites premonitorios y el sembradío de auroras mansas y la soledumbre afectiva y las gemaciones coralinas en el arrecife donde las almas errantes toman resuello, indagan, velan por la vida o encienden rumbos, luminarias..

--¿Creen en el Juez Supremo?
--No entendemos la pregunta, cabo.
--¿Han sido bautizados?
--Ninguno puede saberlo con certeza.
--Contesten rápido ¿Fueron bautizados?
--La pregunta viola el artículo treinta y cuatro del manual, compromete nuestra privacidad.
--¡Letrados! La cuestión es ¿Cada persona tiene un destino inmutable?
--Nacemos predestinados, sargento.
--Gran, grande error, reclutas. El porvenir se suda. Aquí, ahora, cada día, los pequeños esfuerzos acercan los grandes anhelos. Perserverar.
Asienten taciturnos, al unísono, como si fuesen un solo varón.
--Soldados ¿Quieren comodidad?
--No, teniente. Somos incómodos.
--¿Quieren triunfar?
--No, capitán porque somos el triunfo.
--Escribid vuestro renglón en la Historia. Seguidme.

Muchas horas después o pocos minutos más tarde, está cubiertos por mantas crujientes, les rodean corresponsales, fotógrafos, cronistas, una muchedumbre ávida de noticias truculentas, preguntan e insisten en saber cómo era dable asegurar que la vida humana no estaba comprometida. Nahui aspiró una vez el aire macilento y escarbó en su cabeza, buscando cada palabra: Sentí el olor a marisco revuelto con algas y me dije: El mar está a un palmo.


A continuación, como si fuese una verdad tan evidente que insultaba su listeza, añadió: Los chicos no saltaron. El hidroavión volcó en las olas y la marea los atrajo hacia mí.
Tras una larga pausa, acallando los murmullos, matizó: Los chicos usaron el libre albedrío, podían saltar o no. La situación apelaba a su sentido común.
El dilema bascula entre vida o suicidio, entre ser soldado o mártir. La heroicidad consistía entonces en aceptar la muerte para defender la vida, no podúa acarrear una privación voluntaria de la vida. Ese trimestre, todos aprobaron con nota y el club Jabalíes Indóciles ganó la liga regional.

Au: Francisco García.

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Ama a tu prójimo siempre y a ti mismo; respeta a los hombres pero, sobre todo, RESPETA a la mujer. Si te esfuerzas por entenderlas y hablas el mismo lenguaje, comprenderás que son criaturas singulares, con un halo de sensibilidad que puede ser casi angelical. Son dadoras de vida, propician la felicidad. Es un regalo especial. Aprende a escucharlas, en cualquier circunstancia. Quizá seas infeliz en un momento, pero al siguiente tal vez encuentres todo aquello que habías anhelado con una mujer distinta. Vive y permite vivir.

Tiberia. Anka. Solita. Banenciaga. Dasal. Amana. Riesa. Pulia. Aebral. Sincea. Mosa. Tuputsa. Matsa.