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La Maldición de Howard Carter:
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6 cuentos / 1 novela / 310 páginas


Fragmento novela: Nahui (el que navega al mediodía)


Junto a la altiplanicie donde los años dejan de ser una carga para los hombres, desescombra los vidrios lunares regoldados por el ombligo del mundo (minerales expelidos por el volcán Popocatépetl). Un cóndor tremebundo aparece en el confín, quizá un ñandú cretácico (una avestruz espeluznante), o el zopilote fúnebre (un buitre surrealista), desciende en picado desde los avernos del cielo aborigen, obedece al hambre, al brillo de los oropeles que subyugan su instinto cazador, traza un vuelo ofensivo, balístico, fulgurante, hacia la presa erguida. El homínido acuciado pondera, infiere, dirime. Opciones: morir, luchar, huir. Entretanto, ha oído una voz, tan enfática y grave que busca en derredor a un hablante sólido. El lado salvaje de su conciencia poliédrica ha tomado el mando, impone un lema simple, válido, universal, ácrono (refractario a la leyes del tiempo), debe proteger lo más valioso, su vida y la de aquellos que no pueden hacerlo por sí mismos, conlleva ir contracorriente, luchar, copiar a los ancestros, fueron guerreros, místicos o artífices, fueron campeones, vencieron, ayudaron a vencer, alentaron el fuego, dejaron escrita la consigna del luchador en la prosa molecular de las dinastías. Precisa coraje, más una praxis (un enfoque práctico), encajar el presente, prescindir de aditamentos, camaradas, armas y componendas. El pensamiento crea acción, por consecuencia, estira los brazos al frente, los separa como si estuviera abrazando un tronco orondo y hace restallar una palmada única, tajante, sonora, conclusiva. No hay estridencias sobrenaturales o zarandajas eruditas, pero sí logró amedrentar al urubú saxátil del conformismo (la rapaz metafísica que se adhiere al ánimo, el buitre físico hospedado en los cerros peñascosos). Toda reacción intensa, tal vez un pico inverso de glucosa en su torrente sanguino, deja al mapuche entre propósitos y veredas absurdos, dubitando tras los presagios de las gemas oraculares cuyo consejo permite desandar la senda tomada por error. Desde otra manera de mirar el panorama, ha capeado el segundo incidente del día, luego, la suerte rola (gira, sube, tuerce, retrocede) como el viento, además, solo chispea y la barcaza podría estar lista en pocas horas. Sonríe invicto, asume la supremacía de los suyos sobre la selva y las otras especies; advierte la misma actitud confiada y alegre que tenía al cumplir la edad legal para emanciparse. Divaga. Hay acontecimientos únicos o experiencias o heridas inesperadas que alteran el curso del resto de una vida. Antaño había querido guerrear, cazar, tener esposas, criar prole, idolatrar al apocrisiario (emperador), contentarse, coleccionar lustros, servir a la patria y antes de todo alistarse en la enorme cabaña cuartel, donde los quintos se involucran en la ceremonia iniciática y el acto de clausura, entre ambos, un adiestramiento selectivo combina lo militar, el cariz cívico (normas que atañen a la convivencia pública), el aspecto docente y formativo, la cuestión religiosa y la dimensión ascética (orientada al perfeccionamiento espiritual). Hogaño (contrapuesto al pasado, distinto del futuro) evalúa en su totalidad lo aprendido y concluye que no le prepararon para repeler el ataque de las bestias, empero, sí asimiló el nivel teorético (el armatoste conceptual) y los conocimientos aplicados, al igual que los demás cadetes de cada promoción, iniciados en un curso preparatorio (propedéutica), sin distinguir oficio, especialidad o artesanía concretos. Para obtener el visado púrpura y la plena capacidad jurídica, tratan generalidades, lo fundamental, la mecánica del apareamiento, el valor dado a la familia, el origen de los clanes, un listado extenso de conocimientos, manipular el curare (paralizante), hacer mortífero el roce del dardo, el abatí analgésico, cómo neutralizar el tósigo (veneno) o elaborar charape (bebida con pulque, panocha, miel, clavo y pimienta), reciben adiestramiento sobre técnicas de combate y participan en torneos donde los luchadores pueden golpear con cualquier parte de su anatomía, excepto con la pierna que les trabaron a un árbol. Las asignaturas son ordenadas por la ancianidad rectora, permiten adoctrinar, instruir e ilustrar. Siembran una mentalidad de respeto escrupuloso a la ley, a los mayores, al barón soberano, inoculan la savia del odio hacia el enemigo y nutren el temperamento para conseguir una actitud responsable que ayude a sopesar, con templanza, los actos propios y sus consecuencias. Las sucesivas victorias militares del general vaivoda, Ochpantizli Cuatro Pico de Azor, han ido añadiendo estratos al bagaje consolidado del saber, por cuanto que rematan el saqueo, la invasión o las campañas de represalia, pero dejan intacto el orden establecido en las aldeas, más aún, absorben las costumbres foráneas, el acervo tecnológico, los ritos matrimoniales o funerarios, incluso el modo de copular, durante una transición que acultura a los vencedores y deja intacta la rutina social de los vencidos, completando así una paradoja histórica (una contradicción aparente o velada). La escuela, monasterio, cuartel y laboratorio, Calmécac, filtra al alumnado según sus aptitudes. Unos aprenderán procedimientos rituales y preservación del fuego, los novicios. Otros reciben entrenamiento específico que endurece el carácter y aumenta la tolerancia al dolor intenso: los cadetes. Una minoría, favorecida por influencias familiares, aprende a mandar, simplemente. Cada trienio, merced a un talento paladino (claro y notorio), alguien es promocionado a transportador especialista o accede a los entresijos del archivo notarial y la escritura anudada. El resto seguirá itinerarios diversos, empiezan a destajo como aprendices, atienden encomiendas, roles agropecuarios, serán lacayos que recogen las presas en las cetrerías y las partidas de caza con hurón, arriman capazos en las obras, cuidan el atrezo en los certámenes gladiatorios, portean, catan, empujan, arrastran, sirven, sostienen, recaudan, entretienen y lo que haga falta, atendiendo al criterio del caporal intendente.


FJ Padilla
Carpe Diem - javier @ estrella.ws